jueves, 14 de mayo de 2015

LYOTARD RELEE A AGUSTÍN DE HIPONA

CONFESIONES DE UN POSMODERNO
JEAN FRANCOIS LYOTARD 
RELEE A SAN AGUSTIN

El último libro del papa de la posmodernidad, Jean Francois Lyotard, está lejos de las tendencias que supo imponer a mediados de los ochenta. Reconocido lector de las 'Confesiones' de San Agustín, el teórico francés avanza sobre un texto conocido y demuestra cómo aislar ahí eso que todavía no había sido estudiado.Jean Francois Lyotard (Versailles, 1924-1998), el venerado autor de 'La condición posmoderna', dedicó, paradójicamente, sus últimos días de trabajo a San Agustín: lejos de las mezclas, los reciclajes, el fin de las ideologías y la fragmentación subjetiva que supo promover, defender y publicitar.

Partiendo de los libros VII, X y XIII de las 'Confesiones', el filósofo galo reinterpreta, escriba, borra y juega con los diversos conceptos y etimologías de las palabras en una arriesgada apuesta ontológica y poética por transformar el desesperado diálogo con Dios del santo de Hipona, en un texto que clama la insuficiencia del lenguaje como territorio de batalla por la significación.

Lyotard no se interesa por la conversión, las cuestiones de la fe y de la culpa. Lo suyo es el ahogo de aquel que tendrá que encontrar las palabras dónde no están. En esas circunstancias (de imposibilidad sin testamento), tanto San Agustín como su comentarista o hermeneuta se embarcan con el mismo destino: nombrar.

Así, el texto del filósofo francés (recientemente distribuido en la Argentina por la casa Losada bajo el nombre de 'La confesión de San Agustín'), insiste en los juegos de lenguaje, las asociaciones y las etimologías como una huida ante la tragedia de no encontrar respuestas a los interrogantes del ser.

Lyotard, se nota, ha quedado fascinado por un descubrimiento: San Agustín no sólo era un converso sino también un estudioso de las formas de expresión, de los tropos retóricos y las poéticas. Era un estudioso que luchaba (y a veces conseguía) reunir en sus escritos exactitud, precisión y belleza. En esos tres términos se conjugaba su tarea contra la muerte, y contra el silencio que impedía que fuera Uno con el Eterno.

Extraña deriva del príncipe de la posmodernidad. Acaso escondiera un místico. Por los resultados de este libro, donde avanza y quiebra el orden establecido por las 'Confesiones', logra dar forma a un stylus, estilo que oscila entre la inestabilidad recíproca del objeto y su manifestación.

Esa estrategia le alcanza (y le sobra) para inscribir este estudio en la órbita de la estética contemporánea cuando se pone a trabajar sobre otra, anterior, sin pretensiones fundacionales o de superación ideológica o metafísica, esas dos caras de la misma moneda.

FUENTE: ARGENPRESS - AUTORÍA: Pablo Chacón (12/06/2003)

JUANA DE ARCO EN LA HOGUERA

JUANA DE ARCO 
EN LA HOGUERA

Un recordatorio de la lucha y dignidad de la doncella de Orleans, Juana de Arco, condenada a morir en la hoguera, en uno de los tantos crímenes de la Iglesia Romana.

Hace 572 años, un 30 de mayo, ardía en un cadalso de Rouen una joven analfabeta, que escuchó voces del cielo, se armó como caballero y salvó la dignidad de Francia, animando a un soberano melifluo (Carlos VII), para después romper el sitio de Orléans con un ejército barato. 

Su fe pudo más que la poderosa arquería british que resultó humillada. Los ingleses con su regente Bedford (como ese que visitó las playas de Quilmes en 1806) rápidamente se pusieron de acuerdo con el obispo Cauchon (debió llamarse Cochon o Porcus, como lo denomina Honegger en la cantata 'Jeanne d'Arc au boucher'), acusando a Jeanne de bruja y herética. 

Traicionada en Compiegne, se lo sometió a infamante proceso inquisitorial presidido por el obispo cerdo y 75 implacables jueces, asesorados por teólogos de la Universidad de Paris y supervisados por la férrea disciplina británica, que exigía la condena de la imputada para descalificara como servidora del Diablo, en la creencia que- de ese modo- se afectaría su popularidad. 

Las impecables y rotundas respuestas de la procesada enardeció a sus fiscales, los que finalmente lograron el objetivo decidido 'ab initio'. El rey que le debía su corona Jeanne no hizo nada por salvarla. 

Por su parte la iglesia de Roma necesitó 437 años para revisar el proceso y finalmente beatificar a Jeanne, que de bruja pasó a santa y mártir. 

Por supuesto que para el pueblo francés la valiente pastorcita, fue considerada santa desde que la asesinaron. Una santa verdadera, no como esos pseudo nobles de pacotilla, verba insustancial y raudas finanzas, que en pocos años, doppo la morte, son consagrados santos de altar . ¡Qué lo parió!, diría Inodoro Pereyra.

FUENTE: ARGENPRESS. AUTORÍA: Horacio W. Bauer (02/06/2003)



EL ÚNICO TEMPLO DIGNO DE SER LLAMADO TEMPLO DE DIOS



"La unidad del mundo y no la unidad imperial de una hipócrita mundialización, sino la unidad sinfónica de todos los pueblos, de todas las comunidades, es el único templo digno de ser llamado templo de Dios. Nuestra primera tarea de hombres de fe es la de ser sus constructores".

Roger Garaudy


Roger Garaudy (Marsella, 17 de julio de 1913- Chennevières-sur-Marne, Isla de Francia, 13 de junio de 2012) fue un filósofo y político francés, autor de una cincuentena de libros que tratan particularmente de la historia de las grandes figuras del comunismo y la religión. 
Fue un destacado intelectual marxista que abandonó el Partido Comunista Francés tras condenar la invasión de Checoslovaquia por los tanques soviéticos en 1968. 
Poco después se convirtió al catolicismo y en 1982 al Islam, siendo a partir de entonces uno de los más firmes defensores de la causa palestina. 
En 1995 publicó Los mitos fundadores de la política israelí.

DE "EL TERROR OCCIDENTAL", LIBRO DE ROGER GARAUDY

JESÚS, MAHOMA Y MARX,
TRINIDAD FILOSÓFICA
Este texto es parte del prólogo de El terror occidental, libro del filósofo francés Roger Garaudy. La traducción es del profesor Francisco J. Peña Torres. 
El libro, de unas 500 páginas, tiene nueve capítulos y un prefacio en que Garaudy entrega su visión sobre los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington. Sostiene que han servido a Bush y al lobby militar, industrial y petrolero norteamericano para iniciar una “cruzada contra el terrorismo” destinada a superar las dificultades que afronta la economía de Estados Unidos.

"Mi vida está hecha de rupturas. No lamento ninguna de ellas. Porque ninguna fue la negación de la precedente, sino la superación de un límite.

Mi familia me educó con un ateísmo que me liberó de las concepciones antropomórficas de Dios y me preservó de toda religión tribal, aquellas que pretenden tener el monopolio de lo absoluto y nos imponen mitos, ritos y dogmas, como si tuvieran un valor universal, como si fuesen propiedad de un pueblo elegido.

Su frontera era la razón hermética, es decir, inconsciente de sus postulados y de sus límites.

Cuando tomé conciencia que estos límites eran la cultura y la filosofía que me habían enseñado en la escuela, tuve la necesidad de escapar de esa prisión cientista. Gracias a Kierkegaard, a quien descubrí gracias a algunas amistades protestantes, me di cuenta que existían más allá de nuestra pequeña lógica y moral, sacrificios parecidos a los de Abraham, aparentemente dementes, puesto que rompían con todas las normas de la tribu.

Pude entonces franquear otra brecha, tal vez la más grande abierta en la historia de los hombres y de los dioses: Jesús. Con El, la ruptura, la superación y la trascendencia no estaban contaminadas por nuestra mezquina visión espacial de la exterioridad.

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Con Jesús en el corazón devine marxista, considerando que Marx había elaborado para un siglo determinado, leyes de desarrollo que permitirían al hombre alcanzar no un “fin de la historia”, sino salir de la prehistoria, en la cual la riqueza y el poderío de algunos están basados en la miseria y la dependencia de muchos.

Nunca he lamentado haber tomado esa opción, porque continúo pensando que sin el método de análisis empleado por Marx en su época, no es posible comprender hoy en día la división del mundo entre el colonialismo unificado existente desde la última guerra -coalición formada por los antiguos y nuevos colonialistas- y la creciente fractura entre los que tienen y los que no tienen.

Una vez más escogí mi campo contra la ideología dominante de los dominantes. Escogí el Islam, la ideología dominante de los dominados, no para compartir las nostalgias del pasado o la imitación de Occidente, sino como una manera de tomar partido y seguir el ejemplo de la Teología de la Liberación. Esta nació en América Latina, en Africa, en Asia, allí donde los seres humanos mueren de miseria al ritmo de un Hiroshima cada dos días, debido al “modelo de crecimiento” occidental que sigue agravando su “subdesarrollo”, corolario de la dependencia.

La unidad del mundo y no la unidad imperial de una hipócrita mundialización, sino la unidad sinfónica de todos los pueblos, de todas las comunidades, es el único templo digno de ser llamado templo de Dios. Nuestra primera tarea de hombres de fe es la de ser sus constructores. 

El fracaso provisorio de la gran esperanza de los excluidos -el socialismo- vino de aquellos que traicionando el pensamiento de Marx, no comprendieron que una verdadera revolución tiene más necesidad de trascendencia que de determinismo. Ese determinismo que los devotos llaman “Providencia” es llamado “mano invisible” por los amos del “pensamiento único” con Adam Smith a la cabeza; “progreso” por los ordinántropos o “materialismo dialéctico” por aquellos que han empobrecido el marxismo de Marx.

Tal ha sido la historia de mis rupturas que la secta del “pensamiento único” llama la historia de mis variaciones. 

Sólo la muerte interrumpirá su desarrollo.

Y la acogeré con el mismo fervor porque el hombre no vive para morir. El hombre muere para vivir, iluminando su muerte con la alegre certeza que otros tomarán el relevo y la antorcha.
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En Marx, al que leía en ese entonces con una pasión únicamente intelectual, no encontré una nueva “concepción del mundo” ni una nueva concepción religiosa, ni metafísica ni positivista. En Marx encontré una exigencia, la de no pretender resolver solo y únicamente con ideas los problemas nacidos del desorden mundial, y entonces me uní a la fuerza que resistía al caos, militando en ella, corriendo el riesgo de compartir el maniqueísmo, con sus errores, sus excesos y tal vez sus crímenes, en un mundo donde el crimen era universal.

Así fue como me convertí en militante durante cuarenta años de un partido que reivindicaba como propio el método de Marx y que la situación histórica verificaba plenamente. Combatí desde München hasta la Resistencia, contra los amos del mundo que habían sojuzgado a Europa. Consideré que era el partido menos malo de todos, porque bueno no había ninguno.

Vivir en una sola vida a Marx y a Kierkegaard era sin duda un problema de la época, ya que alguna vez le escuché decir al propio Sartre que esa era su ambición. Es cierto que habíamos sacado conclusiones diametralmente opuestas. Sartre, partiendo del dramático cara a cara entre la subjetividad y la trascendencia, trató intelectualmente de adherir a un marxismo teorizado por él mismo, en el que veía “la filosofía insuperable de nuestro tiempo”. Tomó en general una posición humana ante grandes situaciones inhumanas de nuestro tiempo. En favor de la resistencia y contra la guerra de Argelia, pero sin que esta posición puramente intelectual, lo llevara a compromisos más allá que aquellos contraídos con grupúsculos en los cuales proyectaba sus fantasmas de política teórica.

Mi camino fue rigurosamente opuesto. Lo que me pareció primordial fue la encarnación. Con la cabeza no se transforma el mundo y tenemos que mancharnos las manos en los inevitables combates que lo desgarran. Uno no puede “sentarse en el techo”, no puede contentarse con “proclamar el bien”, sino que debe tomar partido por el mal menor, en general, igual que en la época de Jesús, al lado de “los que no tienen”, de los pobres.

Al menos debemos empecinarnos en abrir en los combatientes una brecha de cierta trascendencia, como lo han intentado las experiencias militantes más profundamente humanas y divinas de nuestro tiempo, las de los “curas obreros” y aquella emprendida por los “teólogos de la liberación”, que tratan de reconciliar la historia con la trascendencia.

No sé si mi apuesta inicial la gané, pero no lamento haberla mantenido durante cuarenta años en un partido en el cual llegué a ser uno de sus dirigentes. Yo no renuncié. Fui expulsado en 1970 por haber afirmado que la Unión Soviética no podía ser considerada como un país socialista.

El balance de esos cuarenta años de fidelidad no me parece negativo.

En primer lugar por el recuerdo siempre presente en el plano teórico -y siguiendo el sentido del pensamiento de Marx- que no se podía definir el marxismo como una suerte de determinismo económico. Por el contrario, es el capitalismo y su consiguiente alienación del hombre, el que ha hecho de la economía el motor de la historia, abandonando al mercado la regulación de todas las relaciones sociales. El determinismo (no el determinismo sectorial de las ciencias, sino la extrapolación de un determinismo total, totalitario) no puede fundar más que una política conservadora, puesto que si el porvenir está contenido en el presente y puede deducirse de él, ninguna irrupción de algo nuevo, ninguna ruptura, ninguna revolución es posible.

Contra viento y marea nunca dejé de proclamar que la revolución tiene más necesidad de trascendencia que de determinismo.

Fue al interior del partido una lucha permanente contra toda interpretación “positivista” de la noción de “socialismo científico”. El socialismo puede ser “científico” en sus medios, en el análisis de la economía capitalista (ya que no hay otra “ciencia económica” que la del hombre alienado por el sistema), en la estrategia correspondiente a este análisis, pero a condición de no hacer nunca abstracción como lo señalaba Marx, de la posibilidad permanente de romper con la alienación, por más profunda que ésta sea.
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Si Dios creó el mundo de una vez por todas (sea en seis días o en un solo bang), es sacrílego pretender modificar este orden eterno. Pablo de Tarso agregó al cristianismo esta visión lineal de la historia proveniente de los hebreos: “Dios produce en vosotros el querer y el hacer; vosotros no hacéis nada”, (Filipenses, II, 13). Pablo fue así el fundador de la teología de la dominación. Marcó con su impronta la historia de la Iglesia hasta la actual “teología de la liberación”, que al contrario, se esfuerza por encontrar el mensaje liberador y contestatario de Jesús, en su “alzamiento” entre los pobres, a quienes aportó prioritariamente la “buena nueva” de su humanidad plena, luchando contra la sumisión y las prohibiciones impuestas por los grandes sacerdotes de todas las religiones en todos los tiempos.

El Islam también tiene su San Pablo en la persona de Hanbal y sus despóticos herederos espirituales o integristas. El Islam también necesita una teología de la liberación.

Esta decadencia dogmática e inquisitorial de las religiones debido a su alianza con el poder y la justificación ideológica que aportan a esta dominación, no debe hacernos olvidar su primer despertar ni su proclamación de la finalidad última, a condición que ellas no se excluyan mutuamente, sino que reencuentren la vida en su fecundación recíproca y humilde. Porque la exclusión de esta dimensión trascendente de la vida, que es el alma de toda fe, ha provocado un caos todavía peor que las cruzadas y la Inquisición. Una contrarreligión que no osa decir su nombre -el monoteísmo del mercado- ha conducido a la partición del mundo entre el Norte y el Sur, estableciendo una jungla donde se enfrenta la voluntad de crecimiento con la voluntad de poder de los individuos y de los estados.

Para medir el grado de barbarie del sistema, recordemos que en 1994, luego de cinco siglos de colonialismo, el 80% de los recursos naturales del planeta están controlados y son consumidos por un 20% de privilegiados de la población mundial, mientras el hambre y la desnutrición causan en los países no occidentales treinta mil muertos por día. Es decir, el modelo de crecimiento occidental le cuesta al mundo el equivalente de un Hiroshima cada dos días. No podríamos encontrar otra prueba más irrefutable que ésta, al mostrar que los hombres no están guiados por la búsqueda de la trascendencia, sino por el deseo de saciar sus apetitos individuales. Esta irrisoria y falsa libertad desemboca en el aplastamiento de los débiles por los poderosos y la guerra de todos contra todos. No hay prueba más irrecusable de la superioridad de Marx sobre Adam Smith. Según este último, si cada cual persigue solamente su interés individual, el interés general quedará satisfecho. Una “mano invisible”, escribía, realizaría dicha armonía.

Marx reconocía que el capitalismo creaba grandes riquezas -y en El Capital no calla su admiración por este dinamismo-, pero, dice, creará todavía más miseria y desigualdad con una polarización creciente de la riqueza en manos de una minoría y la alienación e indigencia de la mayoría. El mundo, dividido hoy entre el Norte y el Sur, es una verificación manifiesta de sus previsiones.

Lo que hemos tratado de hacer vivir bajo el nombre de diálogo de culturas entre marxistas y cristianos, luego, diálogo entre las civilizaciones de Oriente y Occidente, debe ser la obra de todos en un plano de receptividad mutua, teniendo la certeza fundadora de todo diálogo: cada uno de los dialogantes tiene algo que aprender del otro y debe estar dispuesto en consecuencia a cuestionar sus propias verdades, para poder avanzar hacia una verdad siempre más lejana e inaccesible que un horizonte determinado, pero siempre más global, quiero decir, una verdad más universal y plena de amor.

Sólo entonces, cada uno -al recibir gracias a su participación en la comunidad los medios económicos, políticos y culturales de su pleno desarrollo-, sentirá nacer en él, superando al hombre prehistórico y alienado que aún somos, “la auténtica comunidad de los seres vivientes”. 

El paso del hombre a una historia verdaderamente humana comienza con la regla de oro, que de Lao Tse a Heráclito, es el alma de todas las sabidurías y de la fe: Ser Uno con el Todo. 

La sabiduría de Jesús como la de los Upanisads, de Lao Tse y Cankara, de los profetas de Israel y de los sufíes del islam, de San Francisco de Asís, Gandhi, Martin Luther King y de la Teología de la Liberación nacida en las comunidades de base: “el poema comenzado del Universo”.
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Donde sea que se hayan inspirado aquellos que durante casi un siglo fueron mis guías y modelos, mantuvieron alumbrada la misma llama. El obispo brasileño Helder Camara que me escribió cuando yo era dirigente comunista: “Tenemos sed de lo mismo”. El padre Chenu que escribió: “Más trabajo, más creador es Dios”. Y entre mis camaradas, Maurice Thorez, quien me mostró en el martirio del teólogo Tomás Müntzer, las raíces cristianas del socialismo moderno; hasta Louis Aragon, cuyo poema La rosa y la reseda aún resuena en mi corazón.

Estábamos al borde del mismo abismo, al borde de la misma nada silenciosa poblada de una infinidad de posibles. Sentíamos el vacío que nos rodeaba y el inextinguible deseo de explorar la selva virgen.

No sé cómo hubiera podido vivir sin ellos, sin esas voces y llamados que venían de diversos horizontes. Sin ellos, no sé cómo podría haber vivido lo que se llama vida. Desde el nacimiento de mi fe hasta sus últimos e inaccesibles resplandores, me siento encandilado, iluminado en mi noche por mil ensayos contradictorios y fraternales.
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Mahoma puso en el centro de su mensaje la opción preferencial por los pobres: “Cuando quiero destruir una ciudad -dijo en nombre de Dios- le doy el poder a los ricos” (Corán, XVII, 16). Todos los preceptos económicos del Corán tienden a crear una sociedad igualitaria. El zakat es un impuesto a la fortuna y no sólo sobre los ingresos, de manera que nadie puede vivir gracias a la riqueza de sus antepasados. El riba, es la prohibición de poseer toda propiedad que no esté fundada en el trabajo, con el fin de impedir que la riqueza se acumule en un solo sector de la sociedad y la miseria en el otro.

Yo me convertí en musulmán sin renegar de Jesús ni de Marx. Por el contrario, mantengo la voluntad de serles fiel. Todas las religiones (que son lo contrario de la fe, puesto que ahí se trata de “creer” y no de actuar) y los jerarcas musulmanes -los príncipes y los doctores de la ley a su servicio- deshonoran al Islam. Igual que el judaísmo y el cristianismo, que prefieren los ritos y dogmas al mensaje de Abraham, Jesús y Mahoma, con el objeto de hacer creer en nombre de una observancia estricta, que “practicar” es obedecer a sus prohibiciones y no luchar por la liberación divina y humana, es decir, no luchar contra la miseria, la humillación y contra toda situación en la cual el rostro del hombre se encuentre desfigurado, en lugar de asemejarse a la faz de Dios.

No se puede contar con ninguna de las religiones dominantes institucionales si queremos evitarle al siglo XXI un suicidio planetario. Y sin embargo, afirmamos que sin perder nada de la herencia espiritual de los tres últimos milenios, herencia transmitida por los rebeldes de estas tres religiones “reveladas”: -los profetas de Israel, los que siguen fieles al mensaje de Jesús, los sufíes musulmanes y sobre todo, el diálogo entre las sabidurías de Asia, Africa y América Latina y su Teología de la Liberación que luchan contra la teología de la dominación-, es posible construir un siglo XXI con rostro humano y divino.

El mayor problema no es técnico ni económico ni político. Sin olvidar estas tres dimensiones, se trata de encauzarlas hacia fines humanos, buscando la unidad sinfónica del mundo, en la diversidad de sus culturas, frente a una “mundialización” que apunta a la unidad imperial del mundo, escondiendo en realidad la creciente división del mundo entre el nuevo poder colonial unificado de Estados Unidos y sus vasallos europeos, y un mundo al que este “crecimiento” le cuesta debido al hambre, según la Unicef, más de treinta millones de muertos por año, de los cuales trece millones son niños.

¿Qué hacer para pasar del suicidio planetario a una resurrección del hombre y de la unidad del mundo?

Si este siglo prosigue ciegamente este camino, no durará cien años. No sólo a causa de la matanza humana que esto significa, sino también debido a la destrucción de la naturaleza y al agotamiento de las riquezas fósiles del subsuelo; a la contaminación y disminución de la capa de ozono que conducirá a la transformación del clima y a la exterminación de la fauna de la tierra y del mar; también a causa de la manipulación genética, el abuso de pesticidas y la desforestación. En Amazonía y en Indonesia por ejemplo, se destruyen los pulmones de la humanidad construyendo represas aberrantes en función únicamente del interés mercantil. Se saquean los mares empleando técnicas que significan el aniquilamiento de especias enteras de peces, y por otro lado, la escasez creciente del agua y de sus redes de distribución, reducen las posibilidades de la agricultura. En una palabra, en la superficie de la tierra, bajo tierra, en los océanos, en el cielo, en la relación con los demás seres vivientes, la destrucción ocasionada por esta nueva barbarie -llamada productividad tecnológica, modernismo e incluso progreso- termina con el despliegue de la vida y de la humanidad que se habían desarrollado durante millones de años.

La manipulación de las conciencias de las gentes -infantilizada y fascinada por la TV y las tecnologías de la “comunicación”, del teléfono celular a Internet- permite anestesiarlas hasta tal punto que olvidan el abismo y la muerte al que les conduce el “pensamiento único”. Es el resultado de la ausencia de reflexión acerca de los fines y del sentido de la historia humana.

Una decadencia tal nos la muestran los Estados Unidos con una imagen mortífera: doscientos cincuenta millones de armas y doscientos cincuenta millones de habitantes, los miles de presos que se hacinan en sus cárceles, los condenados a muerte y los treinta y tres millones de indigentes. En el “país más rico del mundo”, un niño de cada cuatro sufre de hambre. De este magma emerge un 1% de ricos que dispone del 70% de la riqueza nacional, con sus miles de millones de deudas (más que el conjunto del Tercer Mundo), viviendo por encima de sus recursos, con niños asesinos a los seis años y especuladores espumando los mercados, además de una panoplia militar capaz de destruir la infraestructura y la población de los países recalcitrantes, haciéndoles volver atrás varios siglos. Para eso emplean la llamada guerra “cero muerto” (muerto norteamericano por supuesto), es decir, guerras llevadas a cabo mediante una tecnología que no tiene equivalente en la capacidad de respuesta del adversario, la guerra de la ametralladora contra la azagaya, como durante las guerras coloniales del siglo XIX. Es una guerra depredadora de cobardes, signo de la decadencia moral de un mundo donde ha desaparecido completamente la noción de “honor”.

La magnitud de esta crisis exige algo más que una revolución política. Las verdaderas y más profundas transformaciones de la historia son obras que emanan del surgimiento de nuevas “religiones”. Sin embargo como lo observamos hasta nuestros días, luego de haber causado una renovación radical en el corazón y en el espíritu de las masas, todas las religiones (particularmente en Occidente, el judaísmo, el cristianismo y más tarde en el Cercano Oriente, el Islam) están vinculadas y a veces integradas al poder dominante, tanto, que lejos de producirse su renovación, ellas han contribuido al mantenimiento y afianzamiento de éste, desencadenando enfrentamientos políticos a los que se atribuye un “aroma” espiritual.

Lo que necesitamos es algo completamente nuevo, no una renovación de tal o cual religión, sino la toma de conciencia de la fe como dimensión constitutiva del hombre en su unidad, para salir de esta sórdida prehistoria depredadora en que nos ha sumido el desarrollo de la técnica -viga maestra de la “religión de los medios”- que nos ha hecho perder hasta el deseo de reflexionar en la finalidad y sentido de nuestra vida y de nuestra historia común.

Es en la cabeza y en el corazón de los hombres donde no sólo comienzan las revoluciones, sino que las verdaderas mutaciones de la historia. Desgraciadamente, muchos revolucionarios tienen prisa por cambiar todo, salvo cambiar ellos mismos".

ROGER GARAUDY

lunes, 11 de mayo de 2015

DEMONIO MERIDIANO Y OTRAS EXPRESIONES VINCULADAS

MODISMOS SOBRE EL 
DEMONIO MERIDIANO 

En Francia se usaba la frase démon du midi (demonio del mediodía, demonio meridiano) para hacer referencia al rey Felipe II de España: demonio que todo lo trastorna produciendo malestar y acedia. 

La expresión between good and evil se utilizo característicamente para señalar la rivalidad entre Francia e Inglaterra allá por los siglos XVII y XVIII. Ahora bien, luego de lo anterior y especulando, la expresión "entre el diablo y el mar azul" podría provenir de una frase del ingles quizá semejante a la siguiente construcción: between blues and blue, que aquí logramos mediante un juego semántico: Blue, entre otras cosas significa por sustitución, el mar, y por asociación, cualquiera de los miembros del ejercito confederado de los Estados Unidos durante la guerra de secesión.

En cambio blues, como blue, significa un estado de depresión y melancolía, pero también resulta de la forma corta (apócope) de blue devils, expresión informal para designar los sentimientos suscitados en dicho estado anímico. Y no sólo eso, blues es el nombre de un estilo de jazz desarrollado por los esclavos negros del sur de Estados Unidos. Entonces, es posible que tal frase, between blues and blue, acuñada aquí a partir de una especulación idiomática, haga referencia sobre todo y más bien a una situación (ideológica) indeterminada entre el liberalismo y el esclavismo (por no decir conservadurismo). 

De existir alguna relación entre nuestras especulaciones y la frase originalmente utilizada por Usigli, esto daría mayor sentido, creemos, a la frase de Gilda citada más arriba, en la obra de Usigli que aquí se analiza, cuando alude a Carlos como "el Lincoln de la familia".

En castellano existen otras frases semejantes, una de ellas la utiliza el mismo Usigli: "entre azul y buenas noches"; pero quizá la más antigua es aquella que versa: "está como el alma de Garibay", modismo que quiere significar la falta de estabilidad, de lugar fijo o adecuado a la condición social, moral o física de una persona. También suele aplicarse tal locución a los individuos vacilantes, boquiabiertos, irresolutos o totalmente abúlicos. 

Esta frase, repetida desde el siglo XVI, se refiere a la figura de un supuesto noble vascongado que fue objeto de los amores de una mujer fea, vieja, maldiciente, chismosa, avara, contrahecha y vengativa, a la que correspondió con excesiva benignidad. Una vez muerto Garibay, añade la leyenda (que rescata, entre otros autores, Miguel Ángel de Quevedo), en el cielo no le admitieron por pecador y en el infierno tampoco le dieron entrada por tonto y majadero. 


Esteban Garibay y Zamalloa fue un eminente historiador vascongado, llamado por el rey Felipe II a Valladolid para hacerse cargo de la biblioteca de cámara y como cronista del reino. Falleció cuando acababa el siglo XVI después de haberse distinguido por una gran labor historiográfica. 

El caserón donde vivió permaneció en silencio y olvido durante muchos años, corriendo el rumor de que por las noches este caserón se poblaba de numerosos ruidos que además se aseguraba a nivel popular eran producidos por el alma errática del ilustre Garibay, de quien aseguraban las gentes, no hallaba reposo ni en el cielo ni en el infierno, siendo ésta la causa de que nadie se atreviera a ocupar dicho caserón. 

Pero esto no hubiera tenido importancia, y pasado de ser una anécdota más del chismorreo popular, si no fuera porque esta leyenda tomó forma de refrán alusivo a todo aquél que, indeciso o intranquilo, ni hace ni deshace, ni toma partido por nada, es decir: “Como el alma de Garibay, que no la quiso ni Dios ni el diablo”. 

Muchas son las citas en nuestra literatura hispana que hacen mención a este refrán, el cual lo encontramos en boca del archidiablo personaje creado por Francisco de Quevedo quien dice: 

“... es el alma de Garibay, que nunca fue lo bastante loco ni lo bastante cuerdo, ni lo bastante malo. En cosas de Justicias y Gobiernos tampoco se atrevió a estar entero con ninguno de los dos bandos. Y ahora no lo quieren ni en el cielo ni en el infierno”.

Tomado de http://www.cem.itesm.mx/dacs/publicaciones/logos/mcluhan/dos.htm





EL ESPÍRITU QUE CIRCUNDA EL MEDIODÍA (LE DÉMON DU MIDI)

DEMONIO DEL MEDIODÍA

El demonio del mediodía es una entidad introducida en la tradición cristiana a partir de un error de traducción de la Vulgata. En efecto, en el Salmo 91 el texto hebreo dice: «No temerás […] el azote que devasta a mediodía» (Sal. 91, 5-6),[1] pero la Vulgata tradujo daemonio meridiano («demonio del mediodía»)[2] a partir del texto griego que en la versión de los LXX había incluido δαιμονίου μεσημβρινοῦ. Y es que en el hebreo se dice jasud y al parecer, el traductor griego leyó jesed.

El hecho es que en los manuscritos hebreos que poseemos actualmente se lee יָשׁוּד (yashûd), que significa "que destruye", y probablemente en un estado más antiguo, cuando aún no se escribía ningún tipo de vocales, la palabra escrita sería ישד (yshd), que se puede leer tanto yashûd como yeshed (יְשֵׁד), que significa demonio.

La traducción causó diversas versiones incluso en aramaico. El Tárgum traduce: «la compañía de los demonios que destruyen a pleno mediodía». Y en siríaco: «el espíritu que circunda a mediodía».

En las primeras reglas y escritos monásticos de Oriente se habla de este demonio asociándolo al mal humor y aburrimiento que se hacían sentir sobre los monjes durante las cálidas horas del mediodía. Autores como Atanasio de Alejandría y Juan Casiano en su obra Instituta coenobiorum trata ampliamente este tema. 

Se le asociaba con aquellos espíritus que, según se creía, actuaban en el hombre en tiempos de sequedad, sueño o siesta. Es la base para la posterior indagación acerca de lo que hoy se conoce como acedia.

La aplicación de esta expresión tomando «mediodía» como la mitad de la vida humana, viene de una novela escrita por Paul Bourget, Le Démon de midi, relato de tinte psicologista que presenta a un personaje de cuarenta años con una fuerte crisis amorosa.

BIBLIOGRAFÍA

Gianfranco Ravasi, Il libro dei Salmi. Commento e attualizzazione, vol. II, EDB, Bologna 1985, ISBN 88-10-20536-7, p. 912 
G.R. Palenque – G. Bardy – P. de Labriolle, Dalla pace Costantiniana alla morte di Teodosio (Augustin Fliche – Victor Martin (ed.), Storia della Chiesa, vol. III/2), Editrice S.A.I.E., Torino 19773 

FUENTE: WIKIPEDIA



ACEDIA: CONJURAR EL DEMONIO DE LA MELANCOLÍA

CONJURO DEL DEMONIO MERIDIANO
(Notas sobre Agamben y Foucault para una fantasmofísica)

por Rafael Toriz

Hoy es preciso pensar toda esa abundancia de lo
impalpable: enunciar una filosofía del fantasma.
M. Foucault.

La vida se desgasta y con ella la esperanza. La vida acontece y en su fuga irrevocable sólo va dejando el légamo, escueto sedimento amasado con tristezas: cobijados por Saturno, expuestos a los rayos despiadados de un sol oscuro, la melancolía se ofrece como la única morada para contemplar, espectadores de nosotros mismos, el pesado y categórico paso del tiempo: el horrendo dictamen de que todo es el del gusano. Nada queda entonces sino dialogar con fantasmas, fantasías de dolores y alegrías —no siempre nocturnas— que en silencio escoltan el presente envenenado de memoria, promesa postergada de un futuro fracturado. Es la portentosa vitalidad de la muerte, entre otras causas, la razón por la cual nos aferramos a fotografías, tardes, cartas, besos y relámpagos que alumbran soledades. Nada duran las centellas. Los recuerdos son siempre incendios diminutos.

En este ensayo intentaré empatar y debatir el capítulo primero de las Estancias de Giorgio Agamben analizando la configuración y presencia del demonio meridiano —la acedia/tristitia— en la contemporaneidad así como sugerir, siguiendo al Foucault del Theatrum Philosophicum, una filosofía del fantasma fundada en la materialidad de lo incorpóreo, en la ausencia como topos y la voz como lugar de aparición y representación de los espectros.

Este ejercicio será una tentativa por asimilar la melancolía como una filosofía de duelo capaz de ofrecer, en su teatro sobre el viento armado, un lugar para (con)vivir con lo(s) que ha(n) sido.

 Del pecado imperdonable

Yo soy el tenebroso, el viudo, el sin consuelo.
Nerval.

En Estancias, libro de imprecisa belleza, Agamben recuerda una presencia, sutil en su incorporeidad, que logró inmiscuirse en las fortalezas del espíritu. El entonces llamado demonio meridiano, aguda sensibilidad que respondía (como responde) al nombre de acedia, tedium vitae o desidia, es el mismo personaje, abrasador y demandante, presentado bajo las máscaras del ennui, el spleen, la depresión y la tristeza; santo patrono del Óblomov de Goncharov, del infinito Des Esseintes de Huysmans, facilitador del sentimiento trágico unamuniano, del sindicato de escritores aglutinados en Pessoa, de los Dipsálmata kierkegaardianos o de la visible oscuridad de Styron. Es la presencia de este demonio con su llama oscura la que derrama su poder sobre los temperamentos metafísicos, inyectando la bilis negra que atormenta al corazón mundano.

Conviene transcribir, por la similitud con el lector contemporáneo, la sintomatología de este vicio imperdonable que conformaba, según los antiguos, el octavo pecado capital:

La mirada del acidioso se posa obsesivamente sobre la ventana, y con la fantasía, se finge la imagen de alguien que viene a visitarlo; ante un crujido de la puerta, salta sobre sus pies; oye una voz, y corre a asomarse a la ventana (...); y sin embargo no baja a la calle, sino que vuelve a sentarse donde estaba, embotado y como amedrentado. Si lee, se interrumpe inquieto, y un minuto después, se desliza en el sueño: se frota la cara con las manos, distiende los dedos y, quitando los ojos del libro, avanza algunos renglones, farfullando el final de cada palabra que lee; y mientras tanto se llena la cabeza con cálculos ociosos, cuenta el número de las páginas y los folios de los cuadernos (...), finalmente vuelve a cerrar el libro y lo utiliza como cojín para su cabeza, cayendo en un sueño breve y no profundo, del cual lo despierta un sentido de privación y de hambre que debe saciar.1

Todo estudiante de literatura, toda naturaleza melancólica, padecerá la condena del hastío y el desasosiego. Al menos al interior de los textos.

¿Qué hacer entonces para combatir el desconsuelo?, ¿cómo sublimar, por decirlo con Víctor Hugo, “la alegría de estar triste”? En La suspensión política de la ética Slavoj Zizek ha sugerido una respuesta. El esloveno ha dimensionado políticamente la potencia de la desolación al sostener que lo mejor que se puede hacer es abandonarse a la apatía y el desgano, viendo en la abulia una forma de resistencia cultural, tomando la pasividad como posibilidad auténtica de inconformismo. Bajo esta perspectiva todo esteticismo/existencialismo —deturpado por la experiencia del capitalismo tardío— dejaría de ser la ideología de una burguesía en decadencia para ofrecerse como posibilidad crítica del hombre, la modernidad y la angustia que lo devora. (Piénsese en W. Benjamin sobre Baudelaire y en París como capital del s. XIX).2

Y aunque Pierre Bourdieu lo vería como un fundamento de la mitosociología literaria, es un hecho que la creación, como la filosofía misma, no sólo intenta nombrar los dolores sino también habitarlos y arder con ellos. El desencanto de Soundgarden en “Black hole Sun” como la depresión psicoanalítica de Kristeva en Soleil noir son formas de vestir la ausencia, nocturnas luminiscencias expositoras de dolores compartidos, testimonios meridianos de la entidad que nos ocupa, que habita en la profundidad de la piel y la espesura de la mirada. Escribe la búlgara: “La tristeza es el humor fundamental de la depresión... La creación literaria es esta aventura del cuerpo y de los signos que da testimonio del afecto: de la tristeza como señal de la separación y como esbozo de la dimensión del símbolo”.3 Después de un tiempo uno aprende a gozar con sus demonios, a ensanchar y cantar las tristezas con encendida certidumbre. Algo así hace Concha Urquiza en su “Job”, altísimo soneto:

“Él fue quien vino en soledad callada,
y moviendo sus huestes al acecho
puso lazo a mis pies, fuego a mi techo
y cercó mi ciudad amurallada.

Como lluvia en el monte desatada
sus saetas bajaron a mi pecho;
Él mató los amores en mi lecho
y cubrió de tinieblas mi morada.

Trocó la blanda risa en triste duelo,
convirtió los deleites en despojos,
ensordeció mi voz, ligó mi vuelo,

hirió la tierra, la ciñó de abrojos,
y no dejó encendida bajo el cielo
más que la obscura lumbre de sus ojos”.4

Una vez que se ha contemplado al daimon éste deja una impronta imborrable. Entre las variadas señales de su visita ninguna tan categórica y representativa como poner la cabeza sobre la mano en clara y volátil reflexión. Lichtenberg heredó, para el ocio contemplativo, sus notas sobre las 62 formas posibles de evocar la tristeza del ángel de Durero, un nítido inventario meditabundo y cabizbajo de la expresión melancólica.

Notas para una fantasmofísica

En un ensayo que no admite acotaciones, demasiada es su luz y riqueza, Giorgio Manganelli —barroquista descarado— escribe y describe una rutinaria preocupación del ser humano en general y de los escritores en particular. Con su “Discurso sobre la dificultad de comunicar con los muertos” nos recuerda que toda filosofía de la muerte es una meditación sobre la vida, evidencia que por esa misma razón se nos escapa y consigue sumirnos en un olvido esencial: la certeza de que hacer literatura o filosofía es conjurar a los demonios, invocar a los fantasmas y sus imágenes (imagines en latín, phantasmata en griego): leer literatura, pensar filosofía, es habitar el lugar donde acontecen los espectros, registrar por escrito sus apariciones.

En su glosa a Lógica del sentido y Diferencia y repetición, Michel Foucault bosqueja y delata los cimientos para una fantasmofísica, es decir, una filosofía capaz de rescatar al fantasma de la consigna signada por Hamlet, “es preciso, pues, liberarlos del dilema verdadero-falso, (del) ser-no ser y dejarlos que realicen sus danzas, que hagan sus mimos, como “extra-seres”... Es inútil ir a buscar detrás del fantasma una verdad más cierta que él mismo y que sería el signo confuso... Los fantasmas no prolongan los organismos en lo imaginario; topologizan la materialidad del cuerpo”.5 Su proposición enarbola un discurso metafísico, un decir sobre la materialidad de lo impalpable. Evidentemente no es fortuito que el lugar de esta filosofía, de toda fantasmofísica por venir, sea el escenario: la filosofía no como pensamiento sino como teatro; la filosofía entonces como representación homologada entre lo real y el simulacro, ritualidad que se ejecuta en su intangible circunstancia.

En el breve desarrollo de este texto se ha equiparado, sin mayor distinción que un señalamiento nominal, al demonio con el fantasma, entidades “metafísicas” perfectamente diferenciadas por inconfundibles rasgos cualitativos. Los he igualado por los lineamientos que seguiría un director de escena. En un teatro, si bien los personajes son distintos, acontecen y devienen en un mismo espacio y en sí mismos. El lugar de las apariciones, el territorio de su actuación —ya sea transfigurado o sostenido— es un topoi konoi: la tristeza, la depresión y la melancolía, distritos contiguos en los que operan, con distintas máscaras, los mismos actores. Centinelas no de lo que el hombre es sino de la materia que lo consume.

Asumir la necesidad de una fantasmofísica, además de trazar la cartografía sensible en el proceder filosófico, será una manera de conjurar al demonio meridiano, tanto para invocarlo como para retraerlo.

La posibilidad de una fantasmofísica, más que extinguir la tristeza o poner en manos del hombre el control sobre sus embates, será una vía para hacer de la desesperación y la congoja una afirmación de la voluntad a través de sus debilidades.

Después de todo, y regreso a Walter Benjamín, no nos ha sido dada la esperanza sino por los desesperados.

A Mariana Treviño

Notas
  1. Sancti Nili, De octo spiritibus malitiae, cap. XIV, citado por Agamben.
  2. Y para honrar a López Velarde séame permitido, en abono de la intertextualidad, el siguiente verso: “En abono de mi sinceridad séame / permitido un alegro. / Entonces era yo seminarista, sin / Baudelaire, sin rima y sin olfato”.
  3. En Sol negro. Depresión y melancolía, Monte Ávila, Caracas, 1991.
  4. En El corazón preso, Conaculta, México, 1990.
  5. Theatrum Philosophicum, Anagrama, Barcelona, 2005.


SOBRE EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA "SÍMBOLO" Y EL PENSAMIENTO SIMBÓLICO

Introducción al estudio de los símbolos
Una reflexión sobre el significado de la palabra “símbolo” y acerca del fundamento del pensamiento simbólico


“Cuando el símbolo es una realidad, 
es imposible descubrirlo sin la Ayuda de Dios”. 
(El Mensaje Reencontrado II, 44)


René Guénon había formulado la siguiente pregunta en su obra Les Symboles fondamentaux de la Science Sacrée: “¿Por qué se encuentra tanta hostilidad, más o menos confesada, respecto al simbolismo?” “Ciertamente, decía, porque es un modo de expresión que se ha convertido en algo completamente ajeno a la mentalidad moderna, y porque el hombre está naturalmente inclinado a desconfiar de aquello que no entiende,… el simbolismo es todo lo contrario de lo que le conviene al racionalismo y todos sus adversarios se comportan, algunos sin saberlo, como auténticos racionalistas”.

En efecto, el símbolo se dirige a la intuición de la fe y no a las especulaciones de la razón, puesto que el símbolo encierra una realidad que sólo puede conocer aquel que la ha experimentado. Por ello, mientras sea el símbolo objeto de fe, el hombre no puede sino explicar un símbolo mediante otro, y corre así el riesgo de contentarse con este juego, olvidando que los símbolos sólo existen para recordar los misterios de la ciencia divina.

Hablando de símbolos, es necesario en primer lugar comprender de qué se trata, y para este fin se precisa, como siempre, buscar el sentido etimológico de la palabra. Símbolo significa “signo de reconocimiento”, pues, éste es el sentido exacto de la palabra griega symbolon, del verbo symballo, juntar, reunir; symbolé significa ajuste. El término se refería primitivamente a “un objeto partido en dos del que dos personas conservaban cada una mitad, y que transmitían a sus hijos. Estas dos mitades reunidas servían para que aquellos que las llevaran se reconocieran, y para demostrar las relaciones de hospitalidad que habían existido anteriormente”. Las dos partes separadas, una vez reunidas se ajustaban exactamente la una con la otra, para formar de nuevo el objeto primitivo. Es necesario pues que el símbolo sea reunido con su otra mitad natural, para poder constituir “el signo de reconocimiento”.

Existe un símbolo esencial al que se refieren todos los demás de la ciencia sagrada y este símbolo por excelencia es el hombre, creado “a imagen (en hebreo: bidmut) de Dios” (1). Comparemos este versículo que se refiere al hombre después de la caída, con otro versículo del Génesis I, 26 que habla de la creación del hombre original, es decir, antes de la caída: “Haremos el hombre a nuestra semejanza como a nuestra imagen (betzalmenu kidmutenu)”. En el principio, Dios creó al hombre uniendo su semejanza con su imagen (tzelem y demut).

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió la semejanza divina, que se refiere al primer término, tzelem, y se quedó sólo con la imagen divina. el demut, lo que representa precisamente el símbolo incompleto del hombre original. De ahí el epígrafe que origina esta reflexión: “Cuando el símbolo es una realidad, es imposible descubrirlo sin la ayuda de Dios”. Esta realidad que no puede ser reconocida, sino mediante la reunión con su otra mitad substancial y representada por la ayuda de Dios, es el secreto del hombre esencial, símbolo o mitad de la Divinidad, que está sepultado en las tinieblas del exilio de este mundo.

Al releer el capítulo II, 18 a 25 del Génesis, vemos que esta ayuda de Dios consiste en algo concreto. Así dice el Profeta: vers.18 : “Y dijo el Señor Dios: no es bueno que el hombre esté solo, le haré una ayuda conforme a él…”. Vers. 20: “El hombre pronunció los nombres de todos los animales domésticos, de las aves del cielo y de todos los animales salvajes del campo, pero no encontró ayuda conforme a él”. Vers.21: “Y el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un sueño (tardemah) (2) y durmió, y cogió una de sus costillas, tzela (3). Vers. 22 : “Y el Señor Dios construyó a partir de la costilla que cogió del hombre, una mujer, y la hizo venir hacia el hombre”. Vers. 23: “Y dijo el hombre: Ésta, esta vez es hueso de mis huesos y carne de mi carne, y se llamará Ishah, ya que del hombre, Ish, ha sido cogida.”

Por sí mismo, el hombre no había podido encontrar a la ayuda conforme a él; era necesario que Dios interviniera, que cayera su sueño, tardemah, sobre él; entonces dijo el hombre: Esta vez sí, esta vez he encontrado mi complemento. Asimismo, para descubrir el símbolo o sea el hombre esencial, es necesario reunirlo con su “ayuda conforme a él.” Y esto, dicho de otra manera, viene a ser lo mismo que la “semejanza” reunida con la “imagen”, que aparece en Génesis I, 26.

Encontramos la misma enseñanza en la tradición islámica: Después del pecado, Adán y Eva cayeron en dos lugares diferentes de la tierra (alusión a la pérdida por Adán de su Ayuda conforme a él). Arrepentido, Adán, como todo buen musulmán, emprendió el peregrinaje a la Meca y allí, muy cerca de la ciudad santa, en el monte Arafa, encontró y reconoció a Eva que erraba tras su caída. La palabra Arafa significa precisamente: ‘conocer’, ‘reconocer’ (4). Ahí, sobre la montaña santa “se reconocieron”, y Adán pudo pronunciar esas palabras: “Esta, esta vez, es hueso de mis huesos…”

Descubrir el símbolo, o sea, el hombre, consiste en reconocer la realidad física que encierra, y ello mediante la ayuda de Dios, es decir, lo único que permite este reconocimiento (como la llave y la cerradura). Reconocer es “renacer con”, lo que implica una experiencia sensible. Los que han hablado o escrito sobre este conocimiento experimental o Gnosis, se llaman pues Conocedores, porque describen este nacimiento y este crecimiento natural; y todas las imágenes que utilizan, no son más que los símbolos de esta única experiencia, cuyo sentido no podemos descubrir mientras no la hayamos vivido.

De lo dicho se deduce fácilmente que existe gran peligro en intentar explicar y especular por nosotros mismos sobre el sentido de los símbolos tradicionales, ya que no “conocemos” (etimológicamente) a qué se refieren; así es como nos engañamos y engañamos a los demás. Eso no significa que no haya que estudiar los símbolos, sino que debemos dejar sólo a los conocedores el cuidado de explicárnoslos, ya que ellos siempre nos volverán a conducir al único símbolo que es el hombre esencial, reconocido y experimentado, mediante la ayuda que le es natural. Y todos los símbolos tradicionales no son más que las diversas expresiones de este único misterio interior. En cambio, nosotros, los proyectamos al exterior, es decir, intentamos aprehender la revelación física que transmite el símbolo con nuestros sentidos impuros y exteriores, resultado de la caída original.

Hay que resaltar que en las Escrituras con mucha frecuencia encontramos las siguientes advertencias: “¡Que aquel que pueda coger, que coja!”, o, “¡Que aquel que tenga oídos, que oiga!”, etc. ¿Cuáles son estos sentidos? Son los sentidos purificados que nos permiten oír, ver y captar las cosas de Dios, pero los sentidos del hombre exiliado se han vuelto groseros y carnales y por ello, el ídolo del que hablan las Escrituras se refiere al hombre carnal que no puede oír, ni ver, ni asir la vida. Por ejemplo, en el Salmo CXV, 4 a 8, está dicho: “Sus ídolos son plata y oro, obra de la mano del hombre. Boca tienen y no hablan, ojos tienen y no ven, oídos tienen y no oyen, olfato tienen y no huelen, manos tienen y no palpan, pies tienen y no andan, y no echan voz de su garganta; semejantes a ellos serán los que los hacen, todo el que en ellos confía”.

Encontramos en el libro de Ezequiel VIII, 3 algo interesante sobre el ídolo: “Y vi la figura de una mano extendida que me cogió de una guedeja de mi cabeza y, levantándome en espíritu entre cielo y tierra, me envió a Jerusalén en una visión de Dios, junto a la puerta interior del Templo que miraba hacia el Norte, donde estaba colocado el ídolo de los celos, para provocar los celos del Señor (5)”. Este ídolo ciertamente es el hombre; está situado en la entrada del Templo para representar su modo grosero de entender la imagen simbólica de la revelación, sus figuras y ritos, que provocan continuamente la cólera del Santo bendito sea. Y esto ocurre precisamente porque el hombre-ídolo tiene ojos y no ve, oídos y no oye, boca y no dice las cosas de Dios.

El ídolo está colocado al Norte del Templo, porque representa el lugar donde no hay luz, aunque es de allí de donde procede. Así comprendemos que el ídolo, la imagen, es lo mismo que el símbolo, separado de su complemento, de su ayuda natural.

Por todo lo dicho, podemos concluir afirmando que el símbolo es una realidad sensible que debe ser reunificada para convertirse en el “signo de reconocimiento”. En caso contrario, no es más que un ídolo inútil. El símbolo es como la cerradura de la puerta que nadie puede abrir, sino es con la llave que le corresponde exactamente

Todos los símbolos se refieren a una realidad física, pero escondida, a la que todos nos podemos aproximar por la fe y que luego se puede experimentar mediante una revelación de Dios.

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NOTAS
1. “Si se considera más particularmente al hombre, ¿acaso no sería legítimo afirmar que él también es símbolo, por el hecho mismo de haber sido creado de Dios?” R. Guénon, op. cit., p. 37.
2. Tardemah: ‘sueño’, la Biblia griega de los Setenta, traduce: ‘éxtasis’.
3. Los comentaristas hacen hincapié en que la palabra tzela, ‘costilla’, significa también ‘lado’.
4. El Coran. Traducción  y comentarios del Cheik Si Hamza. Sura XXII (nota del vers.129).
5. Ver también Salmo LXXVIII-58 : “Con sus ídolos han excitado sus celos…”


FUENTE: ARS GRAVIS. AUTOR: CARLOS DEL TILO