martes, 17 de marzo de 2015

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN DE LAS RELIGIONES

Hacia una Teología de la Liberación 
de las religiones

PAUL F. KNITTER

Este texto es el capítulo final del libro coordinado por John HICK y Paul F. KNITTER titulado “The Myth of Christian Uniqueness. Toward a Pluralistic Theology of Religions”, Orbis Books, Maryknoll, Nueva York 1987, pp. 178-200. Aquí ha sido traducido y publicado con el permiso explícito del editor Maryknoll, a quien agradecemos cordialmente este servicio a los lectores de habla hispana. Hemos dejado en el texto las huellas de esta procedencia. La traducción ha sido realizada por Pedro Rodríguez, en Chicago.

Entre los muchos “signos de los tiempos” que retan hoy a las religiones, hay dos que plantean a los cristianos exigencias particularmente urgentes: la experiencia de los muchos pobres y la experiencia de las muchas religiones. No es sorprendente, por tanto, que dos de las más creativas y revitalizantes expresiones de vida y pensamiento cristianos son la teología de las religiones, que responden al problema del pluralismo, y la teología de la liberación que responde al problema mayor y más urgente del sufrimiento y de la injusticia.

Los defensores de estas teologías, sin embargo, han crecido y siguen viviendo en dos vecindarios de la iglesia cristiana. No que existan barreras naturales entre ellos; sencillamente, es que, dadas sus múltiples actividades y preocupaciones, no han tenido ni el tiempo ni la oportunidad para conocerse.

En los últimos años, sin embargo, ha habido señales de que los viejos territorios están cambiando o se están extendiendo. Hoy, los miembros de estos dos campos teológicos deben llegar a conocerse, a aprender el uno del otro, y a trabajar unidos en sus diferentes proyectos. Si pueden hacer esto, creo que podrán contribuir más creativa y eficazmente a la vida de la iglesia y del mundo.

En este capítulo, voy a intentar mostrar por qué el diálogo entre la teología de la liberación y la teología de las religiones es necesario, y qué es lo que este diálogo promete. Partiendo de mi identidad como teólogo de las religiones y, especialmente partiendo del título de este libro, me concentraré en lo que la teología de las religiones tiene que aprender de la teología de la liberación. En particular, espero mostrar cómo los principios y directrices de la teología de la liberación pueden ayudarnos a navegar hacia lo que en el subtítulo de este libro se ha llamado “una teología pluralística de las religiones.” Mientras que John Hick y yo buscábamos personas que pudieran contribuir a este libro, descubrimos que existe una cantidad imponente de incertidumbres, dudas y objeciones con las que hay que enfrentarse para endosar o meramente explorar la afirmación según la cual otras tradiciones y figuras religiosas pudieran ser tan válidas como Cristo y el cristianismo. Algunas de las cuestiones que no permitieron a algunos escritores unirse a nuestro proyecto eran: “¿es este movimiento realmente necesario?”, “¿es oportuno?”, “¿promoverá o debilitará el diálogo inter-religioso?”. Y especialmente: “¿podemos aceptar este movimiento sin abandonar ni diluir lo que es esencial a la vida y al testimonio cristiano?”

Me gustaría sugerir cómo el conocimiento y los procedimientos de la teología de la liberación pueden ayudarnos a comprender e, incluso, a responder a muchos de estos interrogantes. Pero primero quisiera ofrecerles algún precedente sobre por qué el terreno teológico de la liberación y el pluralismo de las religiones se entremezclan.

NECESIDAD DE UN DIÁLOGO ENTRE LOS TEÓLOGOS DE LA LIBERACIÓN Y DE LAS RELIGIONES

1. Cada día se hace más claro cuán urgentemente la teología de la liberación y la teología de las religiones se necesitan mutuamente. En primer lugar desde la perspectiva de los que se preocupan por la liberación. La última década ha mostrado la importancia y el rol tan poderoso que la religión puede ejercer, ya para sea el bien o para el mal, para la transformación de las estructuras socio-políticas. (Como ejemplos diversos, tenemos el papel del Islam Shiíta en la revolución de Irán, el de la Mayoría Moral en la instalación y defensa del gobierno de Reagan, el de las comunidades cristianas de base en la implementación de la revolución en Nicaragua y la lucha por la misma en El Salvador). Algunos incluso llegarían a suscribir la amplia afirmación filosófica-antropológica de los historiadores Arnold Toynbee y Wilfred Cantwell Smith, según la cual solamente por medio de la visión, la motivación, el poder derivado de los símbolos y experiencias religiosas podrá la humanidad vencer su egoísmo innato y luchador: solamente por medio de la esperanza y amor dispuesto al sacrificio de sí mismo nacido de la experiencia religiosa los seres humanos “podrán poseer la energía, devoción, visión, resolución, capacidad para sobrevivir al desaliento que será necesario -que son necesarios- para el reto de construir un mundo mejor y más justo”[1]

Lo que eso implica, y especialmente lo que los teólogos Latinoamericanos de la liberación necesitan ver más claramente, es que el movimiento de liberación necesita no sólo religión, sino religiones. La liberación económica y política, y especialmente la liberación integral es demasiado grande para una sola nación, cultura o religión. Se necesita una cooperación intercultural e inter-religiosa en una praxis liberadora, y un compartir la visión teórica de la liberación. Harvey Cox defiende esto mismo con gran persuasión en su libro La Religión en la Ciudad Secular. Después de mostrar en la mayor parte del mismo que la gran esperanza para la relevancia del cristianismo en la ciudad secular no está en el fundamentalismo, sino en la teología de la liberación, en el último capítulo arguye que la teología de la liberación solamente podrá conseguir lo que pretende si “se separa de los contornos regionales” del cristianismo occidental y abraza “con mayor seriedad no solamente la experiencia religiosa de su población indígena, sino también las experiencias de las religiones del mundo”[2]

De hecho, si la teología de la liberación quiere echar raíces en Asia y no solamente en Latinoamérica, no le queda otra opción que entrar en diálogo con las religiones Orientales. Como Aloysius Pieris, de Siri Lanka, recuerda sus colegas latinos:

La irrupción del Tercer Mundo (que clama por la liberación) es asimismo la irrupción del mundo no-cristiano. La mayor parte de los pobres de Dios percibe como su preocupación fundamental y simboliza su lucha por la liberación en el idioma de las religiones y culturas no-cristianas. Por tanto, una teología que no se dirige a y por medio de esta humanidad no-cristiana (y sus religiones) es un lujo de la minoría cristiana [3]

En otras palabras, una teología de la liberación solamente cristiana tiene la peligrosa limitación de desarrollarse hacia dentro, de enriquecerse solamente con una visión exclusiva del reino. Un encuentro con el potencial liberador del budismo y del hinduismo revelará a los teólogos latinoamericanos, por ejemplo, que han sido influenciados por los puntos de vista negativos sobre religión expuestos por dos poderosos “Karis” de Occidente: Barth, que negaba que la religión pudiera canalizar la revelación, y Marx, que no logró entender que la religión pudiera ser vehículo de revolución. Dos teólogos latinoamericanos de la teología de la liberación -por ejemplo Segundo y Sobrino- andan cerca del “potencial liberador y revolucionario de las religiones no-cristianas”[4]. Un movimiento mundial de liberación necesita un diálogo inter-religioso mundial.

2. Por la otra parte, los teólogos de las religiones, en los últimos años, han reconocido –de una manera todavía más clara y menos confortable- no solamente cuánto pueden, sino cuánto deben aprender de la teología de la liberación. Un número creciente de teólogos del Primer Mundo, en el campo de la academia y de las iglesias, se siente sacudido y retado por la opción liberadora por los pobres y los no-personas. Los teólogos del Primer Mundo son muy conscientes de que el diálogo inter-religioso entre ellos frecuentemente ha tenido lugar desde las cumbres de las montañas desde las que se observan las favelas y los escuadrones de muerte. Gracias a las amonestaciones y al ejemplo de sus vecinos liberacionistas, los teólogos comprometidos en el diálogo se están dando cuenta que no es auténtica una religión que no se dirige, como preocupación primordial, a la pobreza y la opresión que infesta a nuestro mundo. El diálogo entre religiones inauténticas fácilmente se convierte en mera búsqueda mística o en un pasatiempo interesante que solamente los místicos y eruditos del Primer Mundo pueden permitirse el lujo de desarrollar. Algo esencial falta en tal diálogo ultramundano, o superacadémico.

Los teólogos que toman parte del diálogo religioso también están dándose cuenta de los límites y peligros que pueden existir en una afirmación demasiado entusiasta del pluralismo. La tolerancia de mente abierta de otros y la ardiente aceptación de la diversidad puede muy fácilmente llevar, tal vez sin darse cuenta, a la tolerancia de lo que Langdon Gilkey en sus ensayos ha llamado “lo intolerable”[5]. El diálogo y el pluralismo no deben ser nuestra primera preocupación; ni deben ser el fin en sí mismos. Dorothee Sölle señaló los límites del pluralismo y la tolerancia: “Los límites de la tolerancia se manifiestan en las víctimas de la sociedad. Donde los seres humanos están lisiados, privados de su dignidad, destruidos, violados, ahí es donde termina la tolerancia”[6]

Salimos al encuentro de otros -nos urgirían los teólogos de la liberación- y encontramos otras religiones, no primariamente para gozar la diversidad y el diálogo, sino para eliminar el sufrimiento y la opresión: no sólo para practicar la caridad, sino, sobre todo, para trabajar en favor de la justicia. La justicia, nos dicen, tiene precedencia sobre el pluralismo, sobre el diálogo y hasta sobre la caridad.

En vista del presente estado de nuestro mundo, por tanto, ambas básicas preocupaciones humanitarias, así como la soteriología de la mayor parte de las religiones parecerían imponer que una opción por las pobres y los no-personas constituye tanto la necesidad como la finalidad primaria del diálogo inter-religioso[7]. Las religiones deben hablar y actuar unidas, porque solamente así podrán contribuir de manera decisiva para eliminar la opresión que contamina a nuestro planeta. El diálogo, por tanto, no es un lujo para las placenteras clases de religión; ni es la “más importante prioridad” después de habernos ocupado de las cosas esenciales. El diálogo inter-religioso es esencial a la liberación internacional.

Partiendo de la suposición de que los teólogos de la liberación y del diálogo inter-religioso tienen mucho que decirse unos a otros, quiero ahora concentrarme en cómo la teología de la liberación puede ayudar a explorar el nuevo terreno de la teología pluralista de las religiones. Más específicamente, intentaré mostrar (1) cómo la metodología de la liberación proporciona el contexto y un punto de partida para un diálogo que evite posiciones absolutistas y que respete las genuinas diferencias y la validez de los otros, mientras que, sin embargo, no se precipita por “las laderas resbaladizas del relativismo”; y (2) cómo los ingredientes de la teología de la liberación nos ayudan a progresar “apropiadamente” hacia una cristología pluralista (o sea, que va más allá tanto del exclusivismo como del inclusivismo) sin abandonar el contenido y el poder de la tradición cristiana y su testimonio.

Ofreceré una especie de esqueleto seco de cómo se vería una teología de la liberación de las religiones. Al hacer esto, aclararé –supongo- lo que los teólogos de la liberación han estado diciendo desde hace tiempo: que su método teológico no ha sido diseñado solamente para Latinoamérica o para el Tercer Mundo, sino que puede y debe afectar al modo como se practica la teología, en sus diferentes disciplinas, en el Primer Mundo. Tanto en el enfoque como en la metodología, la teología de la liberación es para la iglesia universal.

BASES PARA UN DIÁLOGO PLURALISTA, NO-RELATIVISTA

Los teólogos que defienden que el cristianismo necesita un nuevo modo de relacionarse con las otras religiones quieren promover un diálogo inter-religioso que sea genuinamente pluralístico, es decir, que evite posiciones pre-establecidamente absolutistas y definitivas, para permitir que todos los participantes tengan una voz igualmente válida, y que cada participante escuche, hasta donde sea posible, lo que los otros están exponiendo. Y, sin embargo, los promotores de ese diálogo pluralista conocen perfectamente el peligro de que esta clase de diálogo pueda fácilmente reducirse a una especie de papilla relativista, en la que “muchos” significa “algunos” y en la que nadie puede hacer juicios evaluadores. La teología de la liberación de las religiones puede ayudar a los teólogos del diálogo de tres maneras para mantener la riqueza del pluralismo sin permitir que se desintegre en una papilla de relativismo.

1. Los teólogos de la liberación entran en el círculo de la hermenéutica -el proceso por el que se interpreta y se escucha la palabra de Dios- con una “hermenéutica de sospecha”. Suspicazmente se recuerdan a sí mismos qué fácilmente, sí, qué inevitable es que la interpretación de las Escrituras y la formulación de la doctrina se conviertan en ideología, o sea, el modo de promover los intereses propios de uno mismo a costa de los de otras personas. Con mucha frecuencia la verdad que presentamos como “la voluntad de Dios” o como revelación divina son, en realidad, nuestros intereses disfrazados subconscientemente para mantener el status quo o para proteger nuestro control de la situación o nuestra superioridad cultural-económica. Tal abuso sutil de la tradición viva, nos dicen los liberacionistas, es siempre un peligro que acecha, o tal vez es un hecho camuflado, en toda doctrina. Por tanto, su primer paso al emprender la tarea de interpretar la palabra de Dios, es sospechar o buscar el rastro de ideologías que puedan estar actuando en un determinado contexto cristiano. Esto lo hacen basándose en su praxis liberadora. Las doctrinas y prácticas ideológicas deben ser detectadas y revisadas primero, para poder realmente escuchar la voz de Dios, tanto en la tradición como en el mundo[8]

Los teólogos de las religiones pueden ganar mucho si adoptan las hermenéuticas de la sospecha. Esto exigiría de ellos -como primer paso para elaborar una teología cristiana de otras religiones o para acercarse a otros creyentes- ser hermenéuticamente sospechosos de sus asumidas posiciones cristianas respecto a los de fuera. La tradicional teología de las religiones, especialmente su base cristológica, ha servido en gran parte para cubrir o condonar un deseo ideológico inconsciente de mantener la superioridad, o para dominar y controlar, o para devaluar otras tradiciones cultural o religiosamente. ¿Por qué, en realidad, los cristianos han sido tan insistentes en mantener la doctrina según la cual extra ecclesia nulla est salus (“fuera de la iglesia no hay salvación”), o para proclamar que Cristo tiene que ser la norma definitiva para todas las otras religiones? Ciertamente no se puede negar que en el pasado estas doctrinas y esta cristología han sido usadas para justificar la subordinación y explotación de otras culturas y religiones.

Aun cuando no sea la intención consciente o subconsciente de los cristianos usar ciertas doctrinas para subordinar otras culturas o para violar sus sensibilidades religiosas, sin embargo, si ésos son los efectos de estas enseñanzas, entonces estas doctrinas se encuentran bajo la sospecha hermenéutica de los liberacionistas. Las doctrinas “ortodoxas” que dan frutos no éticos son, por así decirlo, muy sospechosas. Es, principalmente y solamente en el diálogo, en las voces de otras culturas y religiones, donde los cristianos pueden empezar a sentir tales sospechas. Los teólogos asiáticos del Tercer Mundo, por ejemplo, nos dicen en términos inconfundibles que la cosecha de expansión misionera en culturas no-europeas produce una abundancia de frutos no especialmente éticos. Señalan cómo los modelos[9]tradicionales para un entendimiento cristiano de otras religiones -aun los más inclusivistas (“el Cristianismo anónimo” de Rahner) y los modelos liberales (“el catalizador crítico” de Küng)- promueven una teología de las religiones “cripto-colonialista”, y “un imperialismo cultural de Occidente”[10].

Tales modelos liberales inclusivistas para el diálogo con otras religiones son muy parecidos al modelo de desarrollo del Primer Mundo para promover el bienestar económico del Tercer Mundo. Como han señalado los teólogos de la liberación, tal “desarrollo”, sutil pero eficazmente, lleva a una mayor dependencia y subordinación económica, más bien que a una verdadera liberación. Esto, en verdad, es una forma de colonialismo. Y, como Tyssa Balasuriya expone con gran franqueza, hace que uno sea sospechoso: “¿Puede ser teológicamente verdadero el auto-entendimiento de las iglesias que legitiman la opresión sexista, racista, clasista y religiosa?”[11].

Precisamente esa “sospecha hermenéutica” sobre la teología cristiana de las religiones, particularmente su base cristológica, es la que ha empujado a muchos teólogos cristianos a comenzar la búsqueda de una teología pluralística de las religiones.



2. Si las hermenéuticas de la sospecha de los teólogos de la liberación pueden ayudar a los teólogos de las religiones a aclarar los obstáculos ideológicos para un diálogo más eficaz, otra piedra fundamental de la teología de la liberación, la opción por los pobres (o el privilegio hermenéutico de los pobres) pueden ayudar -sugiero- a resolver las cuestiones complejas y controvertidas sobre presuposiciones y procedimientos para el diálogo inter-religioso. Muchos debates eruditos han quedado estancados en “las condiciones de posibilidad” del diálogo, es decir, en cómo debemos entender el pluralismo religioso y empezar a conversar, de manera que cada uno tenga pleno derecho a hablar, y a la vez una capacidad “genuina para escuchar”. La postura tradicional ha sido que para un fructuoso diálogo inter-religioso hay que disponer, por lo menos hipotéticamente, de algún tipo de terreno común que sea compartido por todas las religiones -tal vez una “esencia común” dentro de todas las tradiciones (estilo A. Toymbee) o una “fe universal” (estilo W. C. Smith, B. Lonergan) o un “centro místico” común, aún no definido (estilo W. Stace, F. Schuon, T. Merton)[12]

Los críticos contemporáneos, sin embargo, advierten el peligro de suponer en las religiones algo -cualquier cosa- como base para el diálogo. Filósofos como Jeremy Bernstein y Richard Dorty, así como teólogos filósofos como Francis Fiorenza y George Lindbeck[13], lanzan la alerta en términos de peligros de “fundamentalismo” u “objetivismo”. Dice Bernstein:

Por “objetivismo” entiendo la convicción básica de que hay o debe haber alguna matrix permanente a-histórica o una estructura a la que últimamente podamos acudir para determinar la naturaleza de la racionalidad, del conocimiento, de la realidad, de la bondad o de la corrección (y de la experiencia religiosa)... El objetivismo se relaciona muy de cerca con el fundamentalismo y la búsqueda de un punto de Arquímedes. El objetivista defiende que, a menos que podamos encontrar un terreno filosófico, conocimiento, o idioma (diálogo inter-religioso) de una manera rigurosa, no podremos evitar el escepticismo radical[14]

Los filósofos nos urgen a que resistamos el canto de sirena del objetivismo y a que abandonemos la búsqueda de un “terreno común” por encima o fuera del pluralismo de perspectivas. La madurez filosófica exige que aceptemos la realidad de que todo conocimiento está “cargado de teorías”; cada sociedad tiene diferentes estructuras de credibilidad; cada religión habla con su propio idioma dentro del “juego del idioma”; las “afirmaciones de protocolo” de los positivistas -que dicen reportar lo que todos observarían- tal vez no existen. De modo que no parece existir una esencia o terreno común, “ni hay modo de apreciar, desde fuera de una tradición, el significado y la verdad de la afirmación hecha desde dentro. Las diferentes tradiciones y esquemas religiosos de creencia e increencia reflejan estructutras que, en última instancia, son inconmensurables, no tienen medida”[15]

Desde una perspectiva experimental más práctica, teólogos como John Cobb y Raimundo Panikkar se hacen eco de los filósofos. Si realmente queremos tomar en serio el pluralismo -nos advierten- tendremos que abandonar la búsqueda de “una teoría universal” o “una fuente común” de la religión -y hasta de “un Dios” en todas las religiones. En su ensayo en este volumen, Panikkar habla muy claro: “El pluralismo no deja lugar a un sistema universal. Un sistema pluralista sería contradicción en sus propios términos. La inconmensurabilidad de sistemas absolutos hace imposible tender puentes para unirlos”[16]. Cobb nos corrige a John Hick, a Wilfred Cantwell Smith y a mí: “El problema es la búsqueda de lo que es común. Si nuestros teístas liberales realmente quieren ser abiertos, sencillamente: que sean abiertos. La apertura se inhibe ante la necesidad de proponer por adelantado lo que tenemos en común”[17]

El peligro, según estos críticos, está en que en nuestro deseo de establecer o revelar una esencia o centro común, con demasiada facilidad perdemos de vista lo que es genuinamente diferente, y por tanto lo que es genuinamente retador y aterrador en otras religiones. Como Cobb ha sugerido, tal vez no existe un “Absoluto” dentro o detrás de todas las religiones del mundo; tal vez hay dos, y lo que pasa es que tenemos miedo a enfrentarnos con esa realidad[18].Cobb también ha criticado duramente el modelo teocéntrico de John Hick y mío para el acercamiento cristiano a otras religiones, mostrando, con bastante convencimiento -lo confieso-, que al proponer a Dios, en lugar de la iglesia de Cristo, como base para el diálogo, implícitamente, inconscientemente, pero imperialísticamente, estamos imponiendo nuestros conceptos de Dios o del Absoluto a otros creyentes que, como muchos budistas, tal vez ni siquiera desean hablar de “Dios”, o que tienen la experiencia del Absoluto como Sunyata, que nada o muy poco tiene que ver con la experiencia que los cristianos consideran como experiencia de Dios[19].

El punto de vista de los críticos está claro. Y, sin embargo, cuando lo exponen, cuando nos alertan contra las faltas del fundamentalismo y las esencias comunes, también nos alertan contra las faltas igualmente amenazadoras del “escepticismo radical” o del relativismo, que de tal modo encerrarían a las religiones o culturas en sus propios juegos de lenguaje o especiosas estructuras, que harían imposible toda comunicación entre ellas. Los filósofos y teólogos mencionados antes, son todos ellos, paradójicamente, firmes creyentes en la posibilidad y en el valor de la comunicación y el diálogo entre las aparentemente “inconmensurables” tradiciones. Buscan un camino difícil, paradójico, entre el fundamentalismo y el relativismo; aunque no haya bases comunes preestablecidas, podemos hablar para entendernos.

No está claro cómo funciona esto. Cobb y Panikkar (y también Bernstein) parecen adoptar el método abermasiano; se lanzan sin pensarlo al diálogo confiando que, en la praxis de la comunicación, se descubrirá o se creará el terreno común o los puntos de vista compartidos. Aunque este terreno común no es todo él terra firme, aunque sigue siendo “terreno movedizo”[20], puede ser suficiente para vencer la inconmensurabilidad, hasta llegar a la “transformación mutua” de las religiones, como dice Cobb.

Al afirmar su fe en el valor del diálogo, muchos de los autores que antes evitaban cualquier clase de “terreno común”, ahora quieren señalar qué es lo que hace que el diálogo sea posible y valioso y cómo se debe proceder en la comunicación. Al hacer esto, suenan, debo decirlo, como si estuvieran buscando algo “común” en la historia de la religión o en la experiencia de la religión. Al negar cualquier teoría universal para la religión, Panikkar todavía invoca una aspiración (en el sentido literal de una respiración) o una inspiración (un espíritu) para todas las religiones[21]. Bernstein propone un modelo de diálogo basado en la razón que puede ser compartida por la pluralidad de las voces[22]

Otros filósofos invocan una “cabeza de puente” de percepciones compartidas y standares lógicos que proveen la base para la traducción entre las diferentes perspectivas[23]

Heinrich Ott, a pesar de que ve el budismo y el cristianismo como dos caminos claramente distintos, tiene la confianza de que están caminando por el “mismo bosque” o por un “barrio” común para los dos[24]

Lo que estos autores perciben es que las diferentes religiones no pueden, al fin, ser manzanas y naranjas, porque si lo fueran, ¿cómo podrían, o por qué deberían hablar y trabajar juntas? Quien afirma el valor del diálogo inter-religioso, afirma implícitamente que hay algo que une a las religiones del mundo. El problema es ¿cómo indicarlo? ¿Cómo se puede descubrir? ¿Cómo trabajar creativamente con ello?

Aquí es donde la teología de la liberación de las religiones puede servirnos de gran ayuda. Si no existe un terreno común preestablecido o una esencia común que podamos establecer antes del diálogo, tal vez exista un modo común de buscar o un contexto común con el que podamos comenzar el diálogo para crear nuestro “terreno movedizo” compartido. Para los teólogos de la liberación este contexto común sería la opción por los pobres y las no-personas, es decir, la opción por trabajar con y por las víctimas de este mundo. Harvey Cox lo dice con su típica claridad: “Para los teólogos de la liberación, la base para el diálogo inter-religioso es la lucha por los pobres”[25]

La razón por la que la opción por los pobres proporciona tal base es por su afirmación epistemológica de la teología de la liberación, o sea, con el privilegio hermenéutico de los pobres. “La teología Latinoamericana de la liberación, la teología negra, la teología feminista, todas ellas, afirman que la experiencia de los oprimidos es un terreno hermenéutico privilegiado, que la identificación con los pobres es lo primero para lograr entender tanto la Biblia como nuestro mundo actual”[26]. Y nosotros podríamos añadir: “el primer paso de los creyentes religiosos para comprenderse unos a otros”. Los liberacionistas nos están diciendo que, sin un compromiso con los oprimidos, nuestro conocimiento es deficiente -nuestro conocimiento de nosotros mismos, de los demás, del Absoluto-. Con esto no quiero implicar que solamente podemos llegar a la verdad por medio de tal compromiso, sino, más bien, que sin la opción por los pobres, la verdad a la que podemos llegar es, cuando más, incompleta, deficiente, peligrosa.

Por razón de su prioridad hermenéutica y su potencia, por consiguiente, la opción por los oprimidos (al menos en el mundo como existe hoy) nos sirve como condición eficaz para la posibilidad del diálogo; hace posible que las diferentes religiones puedan hablar entre sí y llegar a entenderse mutuamente. Si las religiones del mundo, en otras palabras, pueden reconocer la pobreza y la opresión como problema común, si pueden compartir un compromiso común (expresado de diferentes maneras) para acabar con tales males, habrán hallado la base para superar sus inconmensurabilidades y diferencias, en orden a poder escucharse y, posiblemente, ser transformados en ese proceso.

Si todo esto tiene sentido, creo que podemos dar un segundo paso: en lugar de la búsqueda de “un Dios” o “un Absoluto” o “una esencia común” o un “centro místico” en todas las religiones, podríamos reconocer un locus compartido de experiencia religiosa disponible ahora para todas las religiones del mundo. Dentro de la lucha por la liberación y la justicia con y por los muchos diferentes grupos de personas oprimidas, los creyentes de diferentes tradiciones pueden experimentar, unidos, y a la vez diferentemente, lo que da raíces a sus resoluciones, inspira sus esperanzas y guía sus actos para vencer la injusticia y promover la unidad. Aloysius Pieris sugiere que en nuestro mundo contemporáneo, la lucha por la liberación y por la transformación de este mundo proporciona una base transcultural e interreligiosa para definir y compartir la experiencia religiosa entre todas las religiones: “Propongo que el instinto religioso sea definido como una urgencia revolucionaria, un impulso sico-social para generar una nueva humanidad... Este nuevo impulso constituye y, por tanto, define la esencia del homo religiosus” [27].

Tal vez, mejor que el monasterio o el monte del místico, la lucha por la justicia puede ser el lugar donde hindúes, budistas, cristianos y judíos pueden sentir y comenzar a hablar sobre lo que los une. Lo que hace posible una comunicación en la doctrina entre los creyentes de diferentes procedencias no es solamente lo que Tomás Merton llamó una comunicación de experiencia místico-contemplativa[28]sino también y especialmente una comunicación de la praxis liberadora. En palabras de M. M. Thomas:

La respuesta común a los problemas de la humanización de la existencia en el mundo moderno, más que cualquier religiosidad común, o sentido común de lo Divino, es el punto más fructífero de entrada a una reunión de las religiones en profundidad espiritual en nuestro tiempo[29]

Tal propuesta corresponde a la insistencia de los teólogos de la liberación: que teoría y claridad doctrinal pueden ser conseguidas solamente en y por medio de la praxis liberadora. Por tanto, para entrar en la difícil discusión sobre si existe una “esencia o terreno común” en todas las religiones, para llegar a conocer si “Dios” o “Sunyata” puedan, después de todo, tener algo en común, debemos, no solamente orar y meditar juntos, sino que primero tenemos que actuar juntos con y a favor de los oprimidos. John Cobb, por tanto, tiene razón: no podemos conocer lo que es “común” a todas las religiones antes de comenzar a dialogar; sólo que por diálogo ahora se entiende no sólo conversación u oración compartida, sino praxis compartida. “Para los partidarios de la teología de la liberación -dice Harvey Cox usando imágenes occidentales- esta realidad no vista (la hipotética unidad transcendente de las religiones) se encuentra más allá, no abajo o detrás. Es escatológica, no ancestral. Requiere amor y servicio fiel, no esotéricas reflexiones”[30]

Este entendimiento del papel de la opción por los pobres y las no-personas en el diálogo inter-religioso significa que la evolución en las actitudes cristianas hacia otras religiones que yo describo en mi libro No other name? está incompleta. La evolución -me atrevería a sugerir- está siendo invitada a pasar un escenario más amplio. Si las actitudes cristianas han evolucionado del eclesiocentrismo al cristocentrismo y de éste al teocentrismo, deben evolucionar ahora hacia lo que en símbolos cristianos podría ser llamado “reinocentrismo”, o más universalmente, “soteriocentrismo”. Para los cristianos, lo que constituye la base y la meta del diálogo inter-religioso, lo que hace posible (la “condición de posibilidad” de) el entendimiento y la cooperación mutua entre las religiones, lo que une las religiones en un discurso y praxis común, no es cómo se relacionan con la iglesia (invisible a través del “bautismo de deseo”), o cómo se relacionan con Cristo (anónimamente [Rahner] o normativamente [Küng]), ni siquiera cómo responden y conciben a Dios, sino más bien hasta dónde están promoviendo Soteria (en lenguaje cristiano, la basileia), o sea, hasta qué punto están promoviendo el bienestar humano y realizando la liberación con y a favor de los pobres y las no-personas.

Una teología cristiana de la liberación de las religiones, por tanto, propondrá como terreno “común” (aunque todavía “inseguro”) o como punto de partida para el encuentro religioso, no Theos, el misterio inefable de lo divino, sino más bien Soteria, “el misterio inefable de la salvación”[31]. Este acercamiento soteriocéntrico, parece, está menos inclinado a (aunque nunca inmune del) abuso ideológico, porque no impone sus propias ideas sobre Dios o el Absoluto en otras tradiciones; de esta manera responde al criticismo del teocentrismo de Cobb. Un acercamiento soteriocéntrico a otras creencias también parece ser más fiel a los datos de las religiones comparadas, porque aunque las religiones del mundo poseen una divergente variedad de modelos para el Absoluto -teísta, metateísta, politeísta y ateísta- “la confianza mutua, sin embargo sigue siendo soteriológica, siendo la preocupación de la mayor parte de los seres religiosos la liberación (vimukti, mokÕa, nirvana) más que la especulación sobre un hipotético [divino] liberador”[32].

John Cobb, sin embargo, en su crítica del primer borrador de este ensayo, continuaba advirtiendo que “proponer tal condición [a saber, la opción por los pobres] sobre el diálogo unilateralmente desde el lado cristiano es una continuación del imperialismo que Knitter rechaza... parece decir que busca el diálogo solamente con los que comparten su modo de entender la salvación”. Las advertencias de Cobb son importantes. Nos ayudan a aclarar que la opción por los oprimidos no se puede imponer como condición absoluta para el diálogo inter-religioso; más bien, es ofrecida, o sugerida, como una invitación a un diálogo más auténtico y eficaz. No estoy exigiendo que otras religiones acepten la preocupación por el sufrimiento de las naciones oprimidas como punto de partida para el encuentro inter-religioso; pero, sospecho, y sugiero, que pueden y querrán hacerlo. Mis sospechas se refuerzan por la afirmación de Pieris que las religiones del mundo tienen muchos más puntos de partida en común en sus soteriologías que en sus teologías. También, como se enfatizará en la próxima sección, al proponer la Soteriología como contexto o punto de partida para el diálogo, ciertamente no implico que exista una sola manera de entender la “salvación”, o que mi modo cristiano de entenderlo sea definitivo y normativo. Se empieza en terreno “movedizo” que tiene que hacerse firme en el diálogo; el punto de partida puede clarificarse o se puede corregir después de haber empezado. Sin embargo, al menos, ya tenemos un punto de partida.



3. Harvey Cox resume las ventajas prácticas de un acercamiento soteriocéntrico y aporta otra posible contribución a la teología de la liberación de las religiones:

A la luz de esta visión “centrada en el Reino”... todo el significado de la discusión entre las personas de diferentes tradiciones religiosas cambia. La finalidad de la conversación es diferente. El diálogo interreligioso no se convierte en meta por sí mismo ni en una búsqueda estrictamente religiosa, sino en paso en anticipación de la justicia de Dios. Se convierte en praxis. Las similitudes y diferencias que antes parecían importantes se desvanecen, mientras las diferencias reales -entre aquellos cuyas historias sagradas son usadas para perpetuar el dominio y aquellos cuya religión los fortalece para luchar contra la dominación- emergen más claramente[33].

“Las diferencias reales emergen más claramente”: Cox está sugiriendo que la opción por los oprimidos podría ayudar a los académicos y a los participantes en el diálogo para habérselas con otro problema en la discusión sobre el pluralismo religioso, a saber: al afirmar la validez independiente de todas las tradiciones y el peligro de juzgar la verdad de otros según los criterios inapropiados de uno mismo, ¿cómo se puede evitar el escepticismo radical o el relativismo sofocante?, ¿cómo puede uno oponerse resueltamente a lo que Langdon Gilkey, en su ensayo en este mismo volumen, califica como “formas intolerables de religión y de lo religioso”?[34]. Hasta ahora, he discutido cómo las diferentes religiones podrían llegar a un entendimiento mutuo. ¿Hay la posibilidad de que también puedan llegar a juzgarse unas a otras? En sus estudios y conversaciones religiosas, incluso los académicos se están dando cuenta de que tanto el estado de nuestro mundo como la naturaleza del espíritu humano (Lonergan dice el entendimiento no es más que el primer paso hacia el juicio) exigen de nosotros hacer juicios, aunque sólo sean tentativos, sobre lo que es verdadero o falso, bueno o malo -o al menos sobre lo que es preferible-. John Hick dice que no podemos evitar la necesidad de “calificar por grados a las religiones”[35]

Pero al pedir tales juicios evaluadores es volver a encender los temores del fundamentalismo, el neocolonialismo, y el abuso ideológico. ¿Dónde vamos a encontrar los criterios para juzgar o para “calificar por grados” (criterios que tengan una protección interior innata contra la posibilidad de que se conviertan herramientas de explotación, y que puedan obtener el consenso general en el mundo de la academia y en el campo del encuentro inter-religioso)? Los criterios doctrinales -sobre las cualidades del Absoluto, o la actividad de un Logos universal, o la presencia de un Cristo o un Buda anónimos -resultan demasiado controvertidos y proclives a la ideología. Los criterios basados en la experiencia mística -la idea de Merton de “comunión antes que comunicación”- ayudan pero frecuentemente, al fin de cuentas, son difíciles de aplicar.

¿Podría una base soteriocéntrica para el diálogo -la opción por los pobres y las no-personas- proporcionar los criterios generales que la variedad de religiones pueda aceptar para trabajar como base para calificarse por grados a sí mismas? Hick mismo sugiere un criterio de “eficacia soteriológica” -aquello que promueva “la mejor calidad sin límites de la existencia humana, mejor calidad que se realiza en el paso de estar centrado en sí mismo a centrarse en la Realidad”[36]. Stanley Samartha defiende que las religiones del mundo pueden formular una “ética global” o un “consenso de conciencia” que resultaría ser “una ensalada de frutas religiosas”... (sino) una serie de principios sobre cómo compartir poder y recursos tanto con la comunidad nacional como entre las naciones de la comunidad global”[37]. Hans Küng ha propuesto que el primer ingrediente en una “criteriología ecuménica” para determinar la “verdadera religión” es lo Humanum, es decir, aquellos “valores y exigencias fundamentales” esenciales a todo ser humano. “¿No sería posible formular un criterio ético fundamental general que apele a la humanidad común de todos, que tenga su base en lo Humanum, lo verdaderamente humano, concretamente en la dignidad humana y en los valores fundamentales que le corresponden?”[38].

La teología de la liberación de las religiones suscribiría tales sugerencias pero no sin advertirnos que son peligrosas por no ser suficientemente específicas. ¿Del Humanum de quién estamos hablando? O, como preguntan persistentemente los teólogos de la liberación: ¿Quién es el interlocutor para estos teólogos? “La efectividad soteriológica”, “la ética global,” lo humanum… necesitan referenciarse prioritariamente con los oprimidos, los marginados, los privados de poder en el mundo, lo cual significa que estos criterios han sido formulados y concretizados en la praxis actual de la liberación de los oprimidos. De otra manera, tales criterios corren el riesgo de hundirse en una teoría ineficaz o en ideología del Primer mundo. ¿Pueden las religiones del mundo estar de acuerdo en la necesidad y valor de tales criterios liberadores? La declaración de la Conferencia Mundial sobre Religión y Paz en Kyoto (1970) es una indicación esperanzadora; entre las convicciones que las religiones “poseían... en común” había “un sentimiento de obligación de ponerse de parte de los pobres y oprimidos contra los ricos y opresores”[39].

Tales criterios soteriocéntricos, aunque se concentran en los pobres y las no-personas, no llevan necesariamente a nueva forma de fundacionalismo o a un punto de Arquímides ético, fuera de la praxis de la liberación y del diálogo. Y como ya se ha subrayado, no estamos empezando con absolutos preestablecidos. En su contribución en este mismo volumen, Marjorie Suchocki señala con lucidez la pluriformidad compleja y persistente de llegar a un entendimiento común de la “justicia”[40]. Los criterios soteriocéntricos, por tanto, son válidos como instrumento heurístico, más que como base definida. Los criterios -qué elementos contribuyen a una liberación plena y auténtica- pueden ser reconocidos solamente en la praxis de la lucha por vencer el sufrimiento y la opresión, y solamente en la praxis del diálogo. ¿Cuáles son las causas del sufrimiento y de la opresión? ¿Cuál es el mejor modo de eliminarlos? ¿Qué tipo de análisis socio-cultural se necesita? ¿Qué tipo de transformación o alteración personal de la concientización se requiere? La opción por los pobres no proporciona respuestas prefabricadas a estos interrogantes. Y, sin embargo, el punto de partida para luchar unidos en busca de respuestas se encuentra en la opción fundamental por los pobres y el compromiso con los oprimidos[41].

Más aún, como ha indicado Hick, al aplicar los criterios soteriocéntricos de la teología de la liberación en el diálogo inter-religioso, no hay que esperar que se pueda graduar in globo a toda una religión o que se puedan categorizar las religiones en una especie de jerarquía ética[42]. Como W C Smith ha expuesto muy claramente, la realidad de la religión está más allá de nuestras ideas racionales, Occidentales sobre la “religión”[43]. Pero, al aplicar los criterios de la praxis liberadora, al preguntar, por ejemplo, cómo una creencia hindú o un ritual cristiano o una práctica budista promueve el bienestar humano y conduce a desterrar la pobreza y a la promoción de la liberación, se podría llegar a juicios comunes sobre lo que es verdadero o falso -o lo que es preferible- entre las diferentes afirmaciones o prácticas religiosas.

Al defender Soteria como fuente de los criterios éticos para el diálogo inter-religioso, no hay que ser ideológicamente ingenuo. Aunque tal vez se esté de acuerdo general sobre la promoción de la justicia y contra la opresión, cada religión o tradición entenderá de manera peculiar qué es lo que Soteria y religión suponen. Aquí, como Gavin D’Costa ha señalado en su crítica a mi libro, cualquier acercamiento teocéntrico o soteriocéntrico permanece, en cierto modo, inherentemente cristocéntrico (o budacéntrico, kishnacéntrico, quranocéntrico)[44]. Cada uno de nosotros tiene puntos de vista propios, sus propias perspectivas, o diferentes mediadores. Los criterios según los cuales entendemos el significado de la liberación o lo que constituye la salvación auténtica o engañosa nos son proveídos por nuestros mediadores particulares. Lo Universal, por tanto, ya sea theos o Soteria, siempre es experimentado, entendido y seguido por medio de un símbolo o mediador particular. De ninguna manera dejamos a Cristo a un lado. Él sigue siendo el camino, la verdad y la vida del cristiano.

Pero que hace que el acercamiento soteriocéntrico sea diferente del cristocentrismo o del teocentrismo es el reconocimiento explícito de que antes que el misterio o Soteria, ningún mediador ni sistema de símbolos es absoluto. La perspectiva sobre Soteria dada por cualquier mediador está siempre abierta a ser clarificada, completada, tal vez corregida por los puntos de vista de los mediadores. Por tanto, de nuevo, el absoluto, al que todo lo demás de estar a su servicio y clarificación, no es la iglesia, ni Cristo, ni siquiera Dios, sino más bien, el reino y su justicia. Y aunque los cristianos entienden y se ponen al servicio del reino por medio de Cristo, es precisamente en el buscar primero el reino y su justicia donde todo lo demás se da por añadidura, incluyendo un entendimiento más claro y, tal vez, más correcto, del reino y de Cristo. Lo cual nos lleva a considerar cómo el método de teología liberadora podría clarificar el componente cristológico de la teología de las religiones.



LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN DE LAS RELIGIONES Y LA UNICIDAD DE CRISTO

Además de clarificar el contenido y el punto de partida para el diálogo inter-religioso genuinamente pluralístico -más allá tanto del exclusivismo como del inclusivismo- el método de la teología de la liberación puede también ayudar a resolver problema aún más difícil de la unicidad de Cristo. Para evitar posturas absolutistas preestablecidas que impiden el diálogo genuinamente pluralístico, los cristianos deben -así parece- o renovar o incluso rechazar su modo tradicional de entender a Jesucristo como la voz final, definitiva y normativa de Dios. ¿Es posible hacer esto y seguir llamándose cristianos? Para mostrar cómo la teología de liberación de las religiones puede ayudar a responder estas incertidumbres cristológicas, ofrezco las cuatro reflexiones siguientes.



1. Como ya hemos dicho, la teología de la liberación insiste que la praxis es, a la vez, origen y confirmación de la teoría o de la doctrina. Todas las creencias cristianas y reclamos de la verdad deben nacer de y luego ser confirmadas en la praxis, o ser experiencia vivida de estas verdades. Según la teología de la liberación no se conoce primero la verdad para ser aplicada después a la praxis; en la acción, en el hacer es donde se llega de verdad a conocer la verdad y probar su validez. Lo que esto significa para la cristología lo han dejado claro teólogos como Jon Sobrino y Leonardo Boff: no podemos empezar a conocer quién es Jesús de Nazaret a menos que seamos sus seguidores, poniendo en práctica su mensaje en nuestras vidas[45]. Este el proceso en el que fueron formulados los títulos de Jesús en el Nuevo Testamento; fueron el fruto, el gozoso kerygma, derivado de la experiencia de su seguimiento. Y porque esta experiencia cambiaba según se diera en diferentes comunidades y contextos de las primitivas iglesias, los títulos de Jesús fueron muchos y variados.

La praxis, consecuentemente, fue el punto de partida de toda cristología. Y sigue siendo el criterio de toda cristología, porque todo lo que sabemos o decimos sobre Jesús debe ser continuamente confirmado, clarificado y tal vez corregido en la praxis de vivir su visión en el cambiante contexto de la historia. En este sentido, por tanto, como dice Boff, nada de lo que decimos de Jesús es final; “ningún título que le demos a Jesús puede ser absolutizado”[46].

Lo que esta primacía de la praxis significa para una cristología de diálogo inter-religioso lo implica Sobrino en la siguiente observación:

La universalidad de Jesús no puede ser demostrada o probada a base de fórmulas o símbolos que, en sí, son universales: por ejemplo, las fórmulas dogmáticas, el kerygma como evento, la resurrección como símbolo universal de esperanza, etc. La realidad de Jesús se encuentra solamente en su concreta encarnación[47]

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En otras palabras, la convicción y la proclamación cristianas de que Jesús es la palabra final y normativa de Dios para todas las religiones no puede descansar solamente en una doctrina tradicional o en una experiencia personal, individual. No podemos conocer que Jesús es la afirmación final y normativa de Dios sobre la base de que así se nos ha enseñado o sobre la base de haber experimentado que él es eso en nuestras propias vidas. Más bien, la unicidad de Jesús solamente puede ser conocida y después afirmada “en su encarnación concreta”, solamente en la praxis del involucramiento histórico, social. Esto, concretamente, significa que a menos que nos metamos de lleno en la praxis del diálogo cristiano con otras religiones, siguiendo a Cristo, aplicando su mensaje, en diálogo con otros creyentes, no podemos experimentar y confirmar lo que significa la unicidad y normatividad de Cristo.

Pero ¿se ha dado ya esa praxis? ¿Han aprendido activamente los cristianos de otras religiones y han trabajado con ellas hasta el punto de que hayan experimentado la unicidad y la normatividad de Jesús sobre todos los demás? ¿Ha sido su praxis de diálogo con otros creyentes suficientemente extensiva como para hacer la afirmación universal que Jesús sobrepasa y, por tanto, es normativo para otras religiones? Creo que no.

Aunque es cierto que, durante siglos, la iglesia “ha estado yendo a todas las naciones” y religiones, ha sido solamente en este siglo cuando la Iglesia Católica en el Vaticano II, y las Iglesias Protestantes, por medio del Consejo Mundial de las Iglesias, han comenzado un diálogo consciente, extenso con otras tradiciones religiosas. Desde la perspectiva de una cristología liberadora de las religiones, por tanto, los cristianos tendrán que admitir que, al menos en el presente, es imposible hacer afirmaciones de finalidad y normatividad respecto a Cristo o al cristianismo. Lo cual significa que tenemos “permiso” -tal vez hasta obligación- de entablar diálogo con otros creyentes sin nuestras tradicionales pretensiones de que “no hay otro nombre” o “ningún otro mediador”. Al dar este paso nos confirma y apoya que Boff nos recuerde que ningún título cristológico es absoluto; aun aquellos títulos que reclaman finalidad o normatividad para Jesús, tienen que ser revisados como resultado de nuestra praxis del diálogo religioso.



2. Relacionado con esto, otro ingrediente de la teología de la liberación -la primacía de la ortopraxis sobre la ortodoxia- asegura a los cristianos que si las afirmaciones sobre la finalidad de Cristo y del cristianismo no son posibles actualmente, tampoco son necesarias. La más importante preocupación de una teología de la liberación soteriocéntrica no es la “creencia correcta” sobre la unicidad de Cristo, sino la “práctica correcta”, para con las otras religiones, de extender el reino y su Soteria. La claridad sobre si y cómo Cristo es un solo señor y salvador, así como la claridad sobre cualquier otra doctrina, puede ser importante, pero está subordinada a llevar a cabo la opción por los pobres y las no-personas. La ortodoxia se convierte en una apremiante preocupación solamente cuando es necesaria para la ortopraxis -para ejercer la opción y la promoción del reino-. Si la claridad la en ortodoxia no es necesaria para este objetivo, puede esperar.

Pienso que puede esperar. Los cristianos no necesitan claridad ortodoxa sobre Jesús como salvador “único” o “final” o “universal” para experimentar la liberación de la verdad de su mensaje y comprometerse con ella. Lo que los cristianos sí saben, a base de su praxis de seguimiento de Jesús, es que su mensaje es un medio seguro para hacer realidad la liberación de la injusticia y de la opresión, que es un modo eficaz, lleno de esperanza, universalmente significativo para realizar Soteria y promover el reino de Dios. El no saber si Jesús es único, si él es la palabra de Dios final y normativa pata todos los tiempos, no interfiere con el compromiso a la praxis de su seguimiento y trabajo con otras religiones en la construcción del reino. No es necesario dar una respuesta ahora a esos interrogantes. De hecho, como acabamos de ver, esas cuestiones no pueden ser respondidas ahora. Mientras tanto, hay mucho que hacer. No los que claman “Señor, Señor,” sino los que hacen la voluntad del Padre entrarán en el reino de los cielos” (Mt 7, 21-23).

Estas conclusiones cristológicas sacadas de la insistencia de los liberacionistas en la primacía de la ortopraxis sobre la ortodoxia terminan sonando igual que las recomendaciones de H. Richard Niebuhr, ya en 1941, según las cuales los cristianos adoptan acercamiento confesional a las personas de otras creencias. Él urgía a sus compañeros de fe en Cristo a relacionarse con otros creyentes “exponiendo en forma sencilla, confesional, lo que nos ha sucedido en nuestra comunidad, cómo llegamos a ser creyentes, cómo razonamos sobre lo que nos rodea y qué es lo que vemos desde nuestro punto de vista”. Y hoy él podría haber añadido: “y llevando a la praxis lo que hemos llegado a creer”. Neibuhr insistía que tal confesión, de palabra y de obra, no necesita, no debe necesitar ir acompañada por ningún intento de “justificar al Cristianismo como superior a todas las otras religiones”. Tales pretensiones de “ortodoxia” acerca de la superioridad o normatividad de Cristo sobre todas las otras religiones no solamente no era necesaria para vivir la fe cristiana; eran, usando las mismas palabras de Neibuhr, “más destructoras de la religión, del cristianismo, y del alma que lo pudiera ser cualquier ataque del enemigo”[48]



3. Las posibilidades, descritas anteriormente, de usar la opción por los pobres como criterio de trabajo para “poner por grados a las religiones” contiene más implicaciones cristológicas. Si la praxis liberadora con y por los pobres y las no-personas es indicador y medida de la auténtica revelación y de la experiencia religiosa, entonces los cristianos, les guste o no les guste, tienen a su alcance los medios para discernir no solamente si son, sino también en qué grado son genuinos “caminos de salvación”; más aún, si pueden y en qué grado pueden ser genuinos liberadores y “salvadores”. En otras palabras, los criterios soteriocéntricos para el diálogo religioso contenidos en la opción por los oprimidos ofrecen a los cristianos las herramientas para examinar críticamente y posiblemente revisar el modo tradicional de entender la unicidad de Cristo.

Sencillamente, por sus frutos (éticos, soteriológicos) los conocerán. Podremos juzgar si otros caminos religiosos y sus medidores son salvíficos y cuán salvíficos sean. Los juicios pueden tomar diferentes direcciones. En el encuentro académico y personal con otros creyentes y otros caminos, al aplicar los criterios de la praxis liberadora, los teólogos cristianos pueden encontrar que aunque hay otros “salvadores” en otras tradiciones, sin embargo, Jesús de Nazaret aparece ante ellos -y tal vez ante otros creyentes también quizá- como un liberador especial; o como el que unifica y da sentido a todos los esfuerzos hacia la Soteria. O, los cristianos pueden descubrir que otras religiones y figuras religiosas ofrecen un medio y una visión de liberación igual a la de Jesús, que hace imposible “graduar” a los salvadores o seres iluminados por orden de importancia. Por ejemplo, ellos pueden concluir que el poder liberador, transformador de las ideas budistas sobre iluminación, co-origen dependiente, y compasión, tal como se practican en las “reuniones familiares” del Movimiento Sarvodaya en Sri Lanka, son tan salvíficas como los símbolos del reino de Dios y la redención y la gracia de la manera como las viven las comunidades de base de Nicaragua. Jesús, en ese caso, sería único, junto con otros liberadores únicos. Jesús sería salvador universal, al lado de otros salvadores universales. Su universalidad y unicidad no sería exclusiva, ni inclusiva, sino complementaria.

Y, ciertamente, según una teología cristocéntrica de la liberación de las religiones, que tales discernimientos sobre la unicidad y finalidad lleguen o no a ser realidad, a fin de cuentas no es tan importante, con tal de que nosotros con todos los pueblos y religiones estemos buscando primero el reino y su justicia (Mat 6, 33).



4. La teología de la liberación de las religiones ofrece ayuda para manejar otro obstáculo con el que se enfrentan los que exploran las posibilidades de una comprensión no-absolutista o no-definitiva de Cristo. La piedra de toque -se puede decir- para la validez y la adecuación de una nueva comprensión de Cristo como “uno entre muchos”, en relación de “unicidad complementaria” con otros, es si tal planteamiento pueda ser, eventualmente, recibido (receptus) por los fieles. La aceptación por parte de los fieles era el criterio final para la validez de los primeros concilios ecuménicos, y sigue siendo en la actualidad para los Papas, concilios y teólogos[49]. Los teólogos cristianos, en otras palabras, no pueden ejercer su oficio desde confortables torres de marfil; al pertenecer, como en realidad pertenecen, al “público de academia” deben también poder comunicarse y encontrar su lugar en lo “público de la iglesia”[50].

Pero precisamente ésta es la razón por la que muchos de los teólogos de mente abierta creen que no pueden suscribir una teología pluralista de las religiones y pasar a una visión de Jesús que disminuiría su unicidad “de una vez para siempre” (epaphax, Heb 9, 12). Tal planteamiento nunca sería aceptado por el “sentido de los fieles”. Monika Hellwig y Frans Josef van Beeck insisten, con delicadeza pero a la vez con firmeza, que “reclamar solamente que Jesús nos ofrece un camino de la salvación que es uno entre muchos es quedarse cortos en la fidelidad a las afirmaciones clásicas sobre Jesús en la biblia y en la tradición”[51]. Avery Dulles arguye que cualquier disminución de la lex credendi (la ley de fe) sobre la “absoluta unicidad y transcendencia de lo que ha sucedido en la vida de Jesús” debilitará de la lex orandi (la ley de la oración) de la comunidad”. “Si ésta (absoluta unicidad) es oscurecida, el gran evento que fue Jesús no producirá la clase de culto y acción de gracias necesarias para mantener a la comunidad Cristiana en su vibrante relación con Dios[52]. Y Hans Küng me ha dicho a mí personalmente, y también lo ha dicho en público, que aunque caminar hacia una cristología no-absolutista pueda tener sentido lógico, él personalmente no podría dar ese paso, principalmente por dos razones: “le apartaría de su comunidad de fe y tendería a disminuir la profundidad y la firmeza del compromiso personal de los cristianos con Jesucristo”[53].

Todas estas reservas, que vienen no de los Falwells y Ratzingers, sino de algunos de los pensadores más liberales en nuestras comunidades, se basan en el choque aparente entre los nuevos planteamientos no-absolutos Cristo y del sensus fidelium. Por tanto, si estas nuevas cristologías van a tener algún futuro en la teología cristiana, necesitan una mejor mediación eclesial para poder ser recibidas por los fieles.

La teología de la liberación puede echar una mano para resolver este problema de mediación eclesial. En primer lugar, aunque los teólogos de la liberación son extremadamente sensibles en lo que se refiere a trabajar con y desde el sentido de los fieles -la teología de la liberación nació del seno de las comunidades cristianas de base- no estarían tan preocupados por agitar y retar a los fieles. Lo que pasa en las comunidades cristianas de base no es sencillamente una reflexión sobre las creencias cristianas sino un afinamiento, más aún, una transformación del sentido de los fieles. Los teólogos de la liberación se consideran a sí mismos no sólo maestros y discípulos, sino también cuando es necesario, profetas. (Gustavo Gutiérrez ha dicho: “En Estados unidos me llaman teólogo. En Perú soy un activista”.) Los teólogos de la liberación podrían sugerir a Hellwig y a Küng que deben estar preparados para empujar y aguijonear a los fieles en vez de solamente reflexionar sobre sus experiencias. (¡Como si Küng necesitara que se le animase a ello!)[54]. Del mismo modo que los obispos de Estados Unidos han experimentado recientemente con sus cartas pastorales sobre la guerra y la economía, también los teólogos a veces tienen que apresurarse a entrar ahí donde los fieles tienen miedo de poner el pie. Especialmente en esta cuestión de la unicidad de Cristo, me he dado cuenta de que el miedo y la duda comunitaria pueden ser vencidos; de hecho, muchos fieles se sienten felices cuando alguien finalmente los empuja y los reta[55].

Pero la teología de la liberación puede ofrecer mucho más que exhortaciones para solucionar este problema de la mediación eclesial. La máxima básica liberadora según la cual la ortopraxis tiene la primacía sobre la ortodoxia no sólo no es una idea epistemológica retadora, sino que también es una herramienta pastoral apropiada para ser mediadora de las nuevas cristologías no-absolutistas para la ecclesia. Al entender y afirmar la primacía de la ortopraxis, los fieles pueden -estoy sugiriendo-, ser ayudados a ver que precisamente al “recibir” estas nuevas ideas sobre Jesús, no sólo permanecen fieles al testimonio del Nuevo Testamento y a la tradición, sino que están siendo retados a un compromiso mucho más profundo con Cristo y con su evangelio.

Sospecho, por ejemplo, que el “sentido” de la mayor parte de los fieles cristianos -en cuanto que han sido puestos en contacto con su propia experiencia por medio de una praxis liberadora de la fe- responderá a la afirmación expresada más arriba, de que la práctica del seguimiento de Jesús y el trabajo por el reino es más importante para la identidad cristiana que el conocimiento correcto de la naturaleza de Dios y de Jesús mismo. A aquellos cristianos a los que se les reta y se les facilita hacer conexión entre su propia experiencia, el evangelio y la praxis liberadora, estarán de acuerdo -estoy seguro- en que la esencia del ser cristiano es hacer la voluntad del Padre más bien que conocer o insistir que Jesús es el único o el mejor de todos. De hecho, la psicología del amor y del compromiso parecería sugerir que cuanto más profundo y seguro sea el propio compromiso con un camino o con una persona particular, más abierto se está a la belleza o a la verdad de otros caminos o personas. Los cristianos pueden ser ayudados a darse cuenta de que ni su compromiso con Jesús ni su libertad para darle culto (la lex orandi) van a ser puestas en peligro solamente porque puedan existir otros como él. ¿Por qué, en realidad, tiene algo que ser “único y exclusivo” para merecer nuestra devoción y nuestro compromiso? El fiel cristiano también se dará cuenta de que un acercamiento no-absolutista a Cristo tiene mucho más sentido: cuando otros vean a los cristianos dando un testimonio sencillo de lo mucho que su salvador ha hecho por ellos, se convencerán más fácilmente que si los cristianos insisten en que “nuestro salvador es mayor que el de ustedes”.

El reconocer la primacía de la ortopraxis sobre la ortodoxia también puede servir pastoralmente para ayudar a los cristianos a entender la naturaleza del lenguaje del Nuevo Testamento y lo que significa la fidelidad al lenguaje. Sobre la base de su propia experiencia de meditar y orar las escrituras, los creyentes cristianos pueden entender que el poder y la finalidad del lenguaje bíblico es, sobre todo, una llamada a un estilo de vida, más bien que a un almacén de conocimientos sobre la fe. Con mayor precisión, el lenguaje cristológico y los títulos del Nuevo Testamento no intentaban primariamente ofrecer afirmaciones definitivas, ontológicas sobre la persona o el trabajo de Jesús, sino ayudar a hombres y mujeres a sentir el poder y la atracción de la visión de Jesús para que después “vayan y hagan lo mismo”. Esto no quiere decir que las comunidades del Nuevo Testamento no quisieron decir algo real sobre Jesús; hacían afirmaciones cognitivas sobre él. Pero estas afirmaciones no fueron su primera meta; fueron, en cierto sentido, medios hacia una meta, llamadas al discipulado.

En mi libro, al modo de hablar sobre Jesús del Nuevo Testamento lo llamé “lenguaje de supervivencia y amor” para distinguirlo del lenguaje filosófico[56]. Sería más exacto y pastoralmente eficaz -creo- denomimar a las afirmaciones sobre Jesús del Nuevo Testamento como “lenguaje de acción”. Él fue llamado el “único” o “único engendrado” no primariamente para darnos una definición teológico-filosófica definitiva, y no primariamente para excluir a otras, sino, más bien, para urgir a la acción o a la práctica del compromiso total a su modo de ver las cosas y vivir como él. Para urgir a la acción, los autores del Nuevo Testamento usaron el lenguaje de “uno y solo”. Ahora, si los cristianos actualmente continúan esa misma acción, si continúan siguiendo a Cristo y trabajando por el reino sin el lenguaje tradicional de “uno y solo”, se estarán manteniendo fieles al contenido medular del mensaje original. El reconocer la posibilidad de otros salvadores o mediadores no impide esta praxis, por tanto es compatible con la identidad y tradición cristianas.

De hecho, hay que defender que hoy tal reconocimiento de los otros es necesario para permanecer fieles al testimonio original sobre Jesús. Los teólogos que buscan una cristología no-absolutista lo hacen no meramente por ser novedosos o por el deseo de unirse al estimulo de un diálogo inter-religioso verdaderamente pluralístico; más bien, lo hacen porque “el amor de Cristo los impele” (2 Cor 5, 14). Quieren ser fieles al mensaje original del Nazareno -al cual Jesús mismo siempre se subordinó-: el reino del amor, de la unidad y de la justicia.

Para ponerse al servicio del reino y promoverlo, queremos dialogar y trabajar con otros y estar abiertos a la posibilidad de que haya otros maestros y liberadores y salvadores que pueden ayudarnos a comprender y trabajar por el reino de modos aún más allá de lo que oímos o imaginamos. “Quien no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9, 40). Este primer volumen ha sido recopilado con la sospecha y confianza de que hay otros, tal vez, muchos más, junto con Jesús -y muchos otros caminos religiosos, junto con el cristianismo-. Cada uno muy diferente, cada uno único -pero junto a los otros.


[1] Wilfred Cantwell Smith, The Faith of Other Men (New York: Harper & Row, 1962), p. 127.
[2] Harvey Cox, Religion in the Secular City: Toward a Postmodern Theology (New York: Simon & Schuster, 1984), pp.223-233.
[3] “The Place of Non-Christian Religions and Cultures in the Evolution of Third World Theology”, in Irruption of the Third World: Challenge to Theology, Virginia Fabella and Sergio Torres, eds. (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1983) pp.113-114.
[4] Ibid., p.122, also pp. 117-120.
[5] Gilkey, p. 44, arriba.
[6] Strength of the Weak: Toward a Christian Feminist Identity (Philadelphia: Westminster, 1984), p. 66.
[7] Más adelante urgiré que la praxis liberadora compartida, derivándose de opción por los pobres compartida, constituye no sólo la finalidad primaria por las no-personas, sino la condición de posibilidad y el primer paso esencial en el diálogo inter-religioso. La praxis liberadora esencialmente es lo que hace posible el diálogo entre las religiones del mundo, del que puede fluir la oración/meditación, reflexión/doctrina compartidas.
[8] Juan Luis Segundo, La Liberación de la Teología (Maryknoll, N. Y.: Orbis Books, 1976), págs. 7-9. En otro sentido, las ideologías no pueden ni deben ser evitadas; no se oponen necesariamente a la palabra de Dios. Los teólogos de la liberación sostienen que a lo largo de la Biblia existe una ideología divina: Dios se ha puesto del lado de los pobres. Ver ibid., págs. 97-124; idem, Fe e ideologías (Maryknoll, N. Y.; Orbis Books, 1984), págs. 87-129.
[9] Karl Rahner, “Anonymous Christianity and the Missionary Task of the Church”, en Investigaciones Teológicas, vol, 12, etc.
[10] Pieris, “The Place”, p. 114; idem, “Speaking of the Son of God in Non-Cchristian Cultures, por ejemplo, en Asia”, in Jesus Son of God?, Edwards Schillebeeckx and J.B. Metz, eds. (Concilium 153) (New York: Seabury, 1982), p. 67; Ignace Puthiadam, “Christian Faith and Life in a World of Religious Pluralism”, en True and False Universality of Christianity, Claude Geffre and Jean-Pierre Jossua, eds. (Concilium, 135) (New York: Chrisianity, Seabury, 1980), pp. 103-105.
[11] “A Third World Perspective”, en Doing Theology in a Divided World, Virginia Fabella and Sergio Torres, eds. (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1985), p. 202.
[12] Arnold Toynbee, “The Task of Disengaging the Essence from the Non-essentials in Mankind’s Religious Heritage”, en An Historian’s Approach to Religion (New York: Oxford University Press, 1956), pp. 261-183; Wilfred Cantwell Smith, The Meaning and End of Religion (New York: New American Library, 1964), chaps. 6 and 7; Bernard J.F. Lonergan, Method in Theology (New York: Herder and Herder, 1972), pp. 101-124. Walter T. Stace, Mysticism and Philosophy (Philadelphia: Lippicott, 1960); Frithjof Shuon, The Transcendet Unity of Religios (New York: Harper & Row, 1975) ;Thomas Merton, The Asian Journal of Thomas Merton, Naomi Burton et al., eds. (New York: New Directions, 1975), pp 309-317.
[13] Jeremy Beernstein, Beyond Objectivism and Relativism: Science, Hermeneutics and Praxis (Philadelpha: University od Pennsiylvania Press, 1983); Richard Rorty, Philosophy and the Mirror of Nature (Princenton University Press, 1979); Francis Schlüssler Fiorenza, Foundational Theology: Jesus and the Church (New York: Corssroad: 1984), pp. 285-311. George A. Lindbeck, The Nature of Doctrine: Religion and Theology in a Postliberal Age (Philadelphia: Westminster, 1985).
[14] Bernstein, Beyond Objectivism, p. 8
[15] Thomas B. Ommen, “Relativism, Objectivism and Theology”, Horizons, 13(1986)229.
[16] Panikkar, p. 110, arriba. Ver también “A Universal Theory of Religion or a Cosmic Confidence in Reality?”, en Toward a World Theology of Religions, Leonard Swidler, ed. (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1987).
[17] “The meaning of Pluralism for Christian Self-Undesranding”, en Religious Pluralism, Leroy S. Rouner, ed. (University of Notre Damme Press, 1984), p. 172.
[18] Beyond Dialogue: Toward a Mutual Transformation of Christianity and Buddishm (Philadelphia: Fortress Press, 1982), pp. 86-90, 110-114; idem, “Buddhist Emptiness and the Christian God”, Journal od the American Academy of Religion, 45(1979)11-25.
[19] Beyond Dialogue, pp. 41-44
[20] Mark Kline Taylor, “In Praise of Shacky Ground: The Liminal Christ and Cultural Pluralism”, Theology Today, 43(1986)36-51
[21] Panikkar, “A Universal Theory of Religions”.
[22] Bernstein, Beyond Objectivism, p. 172.
[23] Mantin Hollis, “The Social Destruction of Reality”,, en Rationality and Relativism, M. Hollis and S. Lukes, eds. (Cambridge: MIT Press, 1984), pp. 67-86; Steven Lukes, “Relativism in Its Place”, ibid., pp. 261-305.
[24] “The Biginning Dialogue between Christianity and Buddishm, the Concept of a ‘Dialogial Theology’ and the Possible Contribution of Heideggerian Thought”, en Japanese Religions, Sept. 1980, pp. 87-91, 96.
[25] Cox, Religion in the Secular City, p. 230.
[26] Lee Cormie, “The Hermeneutical Privilege of the Oppressed”, Catholic Theological Society of America Proceedings, 33(1978)78.
[27] “The Place”, p. 134.
[28] Merton, Asian Journal, pp. 309-317.
[29] Man and the Univerese of Faiths, citado por Richard Henry Drummond, Toward a New Age in Christian Theology (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1985), p. 129, añadido el énfasis.
[30] Religion in the secular City, p. 238.
[31] Pieris, “Speaking of the Son of God”, p. 67.
[32] Pieris, “The Place”, p. 133.
[33] Religion in the Secular City, p. 238
[34] Gilkey, p. 44, arriba.
[35] “On Grading Religions”, Religions Studies, 17(1981)451-467.
[36] Ibid. p. 467, también pp. 461-464. También el ensayo de Hick’s en esta misma obra.
[37] Courage for Dialogue (Maryknoll, N.Y.:Orbis books, 1982), pp.126-167.
[38] “What is the True Religion?”, Toward a Three-dimmensional ecumenical Criteriology”, en Towad a World Theology of Religions.
[39] Ibid.
[40] Suchocki, pp. 156-160, arriba.
[41] Creo que esto es una respuesta a la preocupación de John Cobb en su comentario en el primer borrador del capítulo: “Cuando los hindúes y budistas piensan en liberación, tienen en mente algo más que el cambio social, y les gustaría compartir con nosotros esta preocupación. Ellos lo consideran de la mayor importancia para todos, no importa qué efectos pueda tener en las condiciones sociales exteriores. ¿Podemos dejar de escucharlos porque estamos convencidos de que la situación de los pobres es ahora más importante que la liberación de lo religioso?” ¡Ciertamente que no! Con ciertas reservaciones sobre la exclusión del cambio social de Cobb, desde el modo de entender la liberación por parte de los hindúes y budistas, yo pensaría que los cristianos preocupados por la liberación social deben escuchar la insistencia Oriental, según la cual tal liberación es imposible o efímera sin la iluminación o liberación religiosa -que hay que hacer también, por tanto, una “opción preferencial” por la iluminación personal-. Al mismo tiempo, espero que los budistas e hindúes reconocerán (tal vez ya lo reconocen) que aunque la iluminación es válida sin afectar a las condiciones sociales, la iluminación puede y, en nuestro mundo actual debe producir esos efectos, especialmente para los que más sufren en el mundo.
Sin embargo, ¿qué diremos de las religiones que niegan toda iluminación entre la transformación de este mundo y la salvación personal o la iluminación, que piden a sus seguidores que abandonen toda preocupación por este mundo y se concentren solamente el mundo venidero? Teniendo en cuenta su contribución a este libro, Gilkey vería esto como un ejemplo de lo que es intolerable en la religión. Si, como ya hemos dicho anteriormente, hay límites para la tolerancia, también hay límites para el diálogo. A lo más, se puede decir que, dadas las presionantes necesidades de nuestro mundo actual, “preferimos” no dialogar sobre tales religiones del otro mundo. Cuando llegue esa oportunidad, o si llega la oportunidad, ese diálogo podrá ser emprendido en el futuro.
[42] “On Grading Religions”, pp. 465-467.
[43] The Meaning and End of Religion, pp.109-138.
[44] Review of No oher Name? en Modern Theology, 2(1985)83-88; cf también Gavin D’Costa, “An Examination of the Pluralistic Paradigm in the Christian Theology of Religions”, Scottish Journal of Theology, 39(1986)211-224.
[45] Jon Sobrino, Christology at the Corssroads (Maryknoll, N.Y.: Orbis B ooks, 1978), pp..346-395; Leonardo Boff, Jesus Christ Liberator (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1978), pp.32-48, 264-295.
[46] Jesus Christ Liberator, pp. 229-231.
[47] Christology at the Crossroads, pp. 9-10.
[48] The Meaning of Revelattion (New York: Macmillan, 1962), pp. 39, 41.
[49] Avery Dulles, “The Magisterium in History: A Theological Reflection”, Chicago Studies, 17(1978)269.
[50] David Tracy, The Analogical Imagination: Christian Theology and the Culture of Pluralism (New York: Crossroad, 1981), pp.3-33.
[51] Monika Hellwig, Jesus the Compassion of God (Wilmington: M. Glazier, 1983), p. 133; Frans Josef van Beeck, “Professing the Uniqueness of Christ”, Chicago Studies 24(1985)17-35,
[52] The Resilent Church: The Necessity and Limits of Adaptation (Gardens City, N.Y.:Doubleday, 1977), p. 78; cf. también Id., Models of Revelation (Garden City, N.Y.: Doubleday, 1983), pp. 189-192. Van Beeck expresa las mismas reservas en Christ Proclaimed: Christology as Rethoric (New York.: Paulist, 1979), pp 385-395.
[53] En las conferencias de Philadelphia, Temple University, Oc. 1984, y en Toronto, Toronto University, Nov. 1985.
[54] Citado en Robert McAffee Brown, Makers of Contemporary Theology: Gustavo Gutiérrez (Atlanta: John Knox Press, 1980), p. 20.
[55] Pauil Knitter, “The Impact of World Religions on Academics and Ecclesial Theology”, Catholic Society of Ameruca Proceedings, 1985, pp. 160-165.
[56] No other Name? A Critical Survey of Christian Attitudes toward the World Religions (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1985), pp. 182-186.

lunes, 2 de marzo de 2015

EDÉN, EL BELLO JARDÍN EXTENSO

EL JARDÍN DEL EDÉN 

La palabra Edén suele ser utillizado como sinónimo de Paraíso. El Edén (en hebreo עדן) es, según el relato bíblico del libro del Génesis, el lugar donde habría puesto Dios al hombre después de haberlo creado a partir del polvo de la tierra.
Y Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Génesis 2:8
Tomó, pues, Dios al hombre, y lo puso en el huerto del Edén, para que lo labrara y lo guardase.Génesis 2:15
La palabra Edén suele ser utilizada como sinónimo de Paraíso, sin embargo la palabra Paraíso originalmente se refiere a un bello jardín extenso; mientras que Edén, es una palabra de origén akkadiano (un pueblo de raíz semita), cuyo significado se refiere a un lugar puro y natural. 
Así, Edén se refiere más bién a una región geográfica, mientras que el Paraíso se refiere a un lugar más específico (un huerto o jardín situado en la parte oriental de dicha región).


Descripción e historia

En la Biblia se indica que el Edén es un huerto o jardín que habría existido (al oriente), indicando su existencia en una región que se hallaría en el Oriente Medio. Igualmente se dice que de él salía un río que se dividía en cuatro, llamados: río Pisón, que se dice, rodeó toda la tierra de Havila; el río Gihón, que habría rodeado toda la tierra de Cus; el río Hidekel (río Tigris); que iría al oriente de Asiria ; y el río Éufrates.





                                                                    
Imagen: El Jardín del Edén por Lucas Cranach, el Viejo. 1536

Debate sobre la existencia del huerto del Edén

Cuando en la Biblia se lo define como huerto, algunos grupos de personas y eruditos creen que se estaría aludiendo posiblemente a un lugar real, y no a una simple alegoría; ya que también se menciona un lugar geográfico, donde habría existido (al oriente), indicando una región que se hallaría en Oriente Medio, al este del actual Israel, situándose de este modo en algún lugar de Mesopotamia o de Arabia. Sin embargo hay que tener en cuenta que a nivel científico e histórico, no existen pruebas que indiquen que haya existido realmente el Edén en esa zona geográfica, por lo menos, tal como esta descrito en el génesis.



Fuente: Wikipedia

EL SIMBOLISMO DE LA ROSA DE ORO

LA ROSA DE ORO

El valor de la Rosa de Oro no reside en el precioso metal sino en su significado. La Rosa de Oro es un ornamento bendecido anualmente por el Papa y concedido a iglesias y santuarios, personalidades católicas prominentes de la realeza, los gobiernos y el estamento militar. Fue creada por León IX en 1049.

Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche con el escudo papal. El valor de la Rosa varía en función de la munificencia de los pontífices o de las circunstancias económicas de los tiempos.

Significación y simbolismo

La rosa es bendecida el cuarto Domingo de Cuaresma, el Dominica Laetare (por lo que es también conocido como Domingo de la Rosa), cuando las vestiduras y las cortinas color rosa son sustituidas por el púrpura penitencial, simbolizando esperanza y alegría en medio de la solemnidad cuaresmal. 

A través de la mayor parte de la Cuaresma, los católicos rezan, ayunan, hacen penitencia y meditan sobre la malicia del pecado y el castigo terrible que concita; el Domingo de la Rosa es una oportunidad de ver más allá de la muerte de Cristo en el Calvario y ver al Redentor, resucitado en los primeros rayos del sol de Pascua y regocijarse. 

Las brillantes flores doradas muestran el reflejo de la majestad de Cristo, apropiado porque los profetas lo llamaban “la flor del campo y el lirio de los valles”. Su fragancia, de acuerdo al Papa León XIII, “muestra el dulce olor de Cristo, el cual debería ser ampliamente difundido por sus fieles seguidores”, y las espinas y el tinte rojo refieren a Su Pasión.

Muchos sermones y diplomas papales, cuando la confieren, han explicado el significado místico de la rosa. Inocencio III dijo : "Como el Laetare, el día escogido para la función, representa el amor después del odio, la alegría después de la tristeza, la saciedad después del hambre, lo mismo hace la rosa, designada por su color, olor y sabor, el amor , la alegría y la saciedad, respectivamente. " Y comparada la rosa a la flor referida en Isaías 11:01: " Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor se levantará de su raíz".

Historia

La flor

Antes del pontificado de Sixto IV (1471-1484) la Rosa de Oro consistió en una flor simple y única hecha de oro puro y ligeramente teñida de rojo. Más tarde, para embellecer el ornamento pero manteniendo el simbolismo místico, el oro se dejó de teñir pero se colocaron rubíes y después varias gemas diferentes en el corazón de la rosa o sobre sus pétalos.

Sixto IV sustituyó la rosa simple por una rama con espinas, hojas y varias (diez o más) rosas, la mayor de las cuales surgía de la parte superior de la rama con las rosas más pequeñas agrupadas alrededor. En el centro de la rosa principal había una taza pequeña con una tapa perforada, en la que el Papa vertía almizcle y sándalo para bendecir la flor. El ornamento todo era de oro puro.

Este diseño “Sixtino” se mantuvo, pero varió en cuanto a decoración, tamaño, peso y valor. Originalmente tenía poco más de seis pulgadas de altura y era llevada fácilmente en la mano izquierda del Papa mientras bendecía a la multitud con su mano derecha, cuando pasaba en procesión desde la iglesia de Santa Croce in Gerusalemme (en Roma) al Palacio de Letrán. 

Posteriormente, especialmente cuando un vaso y un gran pedestal pasaron a formar parte del ornamento, un robusto clérigo estaba obligado a llevarlo, precediendo la cruz papal en la procesión. 

La rosa enviada a Wilhelmina Amalia de Brunswick, esposa del Emperador José I de Habsburgo, por Inocencio XI, pesaba veinte libras y tenía casi dieciocho pulgadas de alto. Tenía forma de ramo, con tres ramas dobladas que se reunían después de muchas vueltas en la parte superior del tallo, soportando una rosa grande y un racimo de hojas.

El jarrón y el pedestal

El jarrón y el pedestal de apoyo han variado en cuanto a material, peso y forma. En un principio eran de oro puro, pero después fueron de plata muy dorada con oro. El pedestal puede ser triangular, cuadrangular u octogonal, y está ricamente adornado con decoraciones y bajorrelieves. Además de la inscripción de costumbre, el escudo de armas del Papa que había confeccionado el ornamento y quien la bendijo y confirió, están grabados en el pedestal.

Origen

La costumbre de dar la rosa suplantó a la antigua práctica de enviar a los gobernantes católicos Llaves de Oro del Confesional de San Pedro, una costumbre introducida en el siglo VIII. Una cierta analogía existe entre la rosa y las llaves: las dos son de oro puro bendecido y concedido por el Papa a los católicos ilustres y, también, ambas tienen reminiscencia de un relicario -la rosa contiene almizcle y bálsamo, las llaves son limaduras de la Silla de San Pedro-.

La fecha exacta de la institución de la rosa es desconocida. Según algunos es anterior a Carlomagno (742-814), según otros, tuvo su origen a finales del siglo XII, pero ciertamente es anterior al año 1050, desde que León IX (1051) habla de la rosa como de una institución antigua en su época.

La costumbre, comenzada cuando los papas se trasladaron a Aviñón, de conferir la rosa al príncipe más meritorio de la corte papal, continuó después que el papado regresó a Roma. 

El príncipe recibiría la rosa de manos del Papa en una solemne ceremonia y acompañado por el Colegio de los Cardenales desde el palacio papal a su residencia. Desde el comienzo del siglo XVII, la rosa era enviada sólo a reinas, princesas y nobles eminentes. 

Emperadores, reyes y príncipes recibían una espada como un regalo más adecuado. Sin embargo, si un digno emperador católico, rey u otro gran príncipe estaba presente en Roma el Domingo Laetare, sería obsequiado con la rosa.

La tarea de llevar y conferir la rosa a aquellos que vivían fuera de Roma era dado por el Papa a los cardenales legados a latere, nuncios y delegados apostólicos. En 1895 fue instituido un nuevo oficio, llamado "Portador de la Rosa de Oro" o "Guardián de la Rosa de Oro", destinado llevar el ornamento a miembros de Casas Reales (cargo no hereditario) y se asignó a un Camarero secreto de capa y espada participante, un rango dentro de la Casa Pontificia que hoy ha dejado de existir.

El enviado papal portador de la Rosa de Oro era recibido con gran ceremonia a su llegada al lugar donde se encontraba el destinatario. En España era un Grande el que, comisionado por el Rey, recibía al enviado pontificio para recoger la distinción y llevarla a la iglesia donde se debía verificar su recepción solemne. 

En el día indicado, el propio representante papal, si tenía el orden episcopal, celebraba misa pontifical. Antes de dar la bendición final, se sentaba en medio del altar, estando frente a él la persona destinataria de la Rosa. El notario real debía entonces leer la bula papal de concesión y las indulgencias otorgadas en la ocasión. 

Se levantaba entonces el prelado y tomaba aquélla en sus manos para entregarla a dicha persona –que la recibía de rodillas– con estas palabras: “Accipe Rosam de manibus nostris quam de speciale commissione Sanctissimi Domini Nostri NN (nombre del Papa) conferimus tibi ”. Dada la bendición, la Rosa de Oro era llevada con gran acompañamiento por la persona distinguida por ella o por su capellán al oratorio donde se iba a colocar permanentemente.


Bendición de la Rosa

Las primeras rosas no fueron bendecidas; la bendición fue introducida para dar más solemnidad a la ceremonia más e inducir una mayor reverencia hacia ella por parte del destinatario. Unos dicen que el Papa Inocencio IV (1245-1254) fue el primero en bendecirla. Otros afirman que los primeros fueron Inocencio III (1198-1216), Alejandro III (1159-1181) o León IX (1049-1055). 

Se dice que León IX, en 1051, obligó al monasterio de monjas de Bamberg, en Franconia, que presentara una Rosa de Oro para ser bendecida y transportada cada año en el Domingo Laetare. Benedicto XIV da fe que la ceremonia de bendición se originó a finales del siglo XIV o principios del XV. Catalanus, maestro de ceremonias papal, cree que incluso las primeras rosas eran ungidas con almizcle y bálsamo, pero la bendición con plegarias, incienso y agua bendita tuvo su inicio más tarde, poco antes del pontificado del Papa Julio II (1503-1513). En la actualidad, el Papa bendice la rosa cada año, pero no siempre es una rosa nueva y diferente; la vieja se utiliza hasta que se haya regalado.

Originalmente (antes que el papado se trasladara a Aviñón) la rosa era bendecida en el Salón de Vestimentas (sacristía) en el palacio donde el Papa estuviera, pero la solemne Misa y la donación de la rosa se llevaba a cabo en Santa Croce in Gerusalemme (una figura, de acuerdo al Papa Inocencio III, de la Jerusalén celestial). La bendición era seguida de una solemne misa cantada, ya sea por el propio Papa o el primer Cardenal Sacerdote. En el primer caso, la rosa era colocada sobre un velo de seda de color de rosa ricamente bordado en oro; en el segundo el Papa sostenía la rosa en la mano, excepto mientras estuviera de rodillas, o durante el Introito, Confiteor, Elevación y el canto del Laudemus in Domino.

Rosa en mano, el Papa regresaba en procesión hasta el Palacio de Letrán, el prefecto de Roma llevaba su caballo por la brida y le ayudaba a desmontar. A su llegada, le daba la rosa al Prefecto, como recompensa por estos actos de respeto y homenaje. Antes de 1305, la rosa no se daba en Roma a ningún extranjero, salvo el emperador en el día de su coronación. Durante su residencia en Aviñón (1305-1375), los Papas, imposibilitados de visitar las iglesias y basílicas romanas, realizaban muchas de sus funciones sagradas, entre ellos la bendición de la rosa, en la capilla privada de su palacio (de ahí el origen de la Cappella Pontificia). A su regreso a Roma (con excepción de Sixto V), retuvieron esta costumbre.

La bendición de la rosa ahora tiene lugar en el Salón de Vestimentas (Camera dei parimenti) y la Misa solemne en la capilla papal. La rosa es colocada sobre una mesa iluminada con velas y el Papa, vestido con alba y estola, capa y mitra, comienza la ceremonia con la oración ritual. 

Luego pone incienso (sostenido por el cardenal-diácono) en el incensario e inciensa el bálsamo y luego el almizcle. Luego espolvorea el almizcle dentro de la taza pequeña en el corazón de la rosa principal. 

Entonces inciensa la rosa y la rocía con agua bendita. Se la entrega entonces al clérigo más joven de la Cámara, quien la carga delante del Papa hasta la capilla, donde se la coloca sobre el altar al pie de la cruz sobre un velo de seda ricamente bordado. Allí permanece durante la misa cantada por el primer cardenal-sacerdote.

Acabada la misa, y hecha oración ante el altar por el Pontífice, recibe la Rosa como antes y la lleva a su cámara. Si aquel a quien quiere darla está presente, se le hace llegar a sus pies; y estando de rodillas le da el Pontífice la Rosa diciendo: 

“Recibe la Rosa de nuestras manos, que aunque sin méritos, tenemos en la tierra el lugar de Dios. Por ella se designa el gozo de una y otra Jerusalén; es a saber, de la Iglesia triunfante y militante, por la cual a todos los fieles de Cristo se manifiesta aquella flor hermosísima que es gozo y corona de todos los Santos. Recibe ésta tú, hijo amadísimo, que eres noble según el siglo, poderoso y dotado de gran valor, para que más y más te ennoblezcas en Cristo Nuestro Señor con todo género de virtudes, como rosas plantadas junto al río de aguas abundantes, cuya gracia, por un acto de su infinita clemencia, se digne concederte el que es Trino y Uno por lo siglos de los siglos. Amén. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Si no hay destinatario previsto para ese momento, la Rosa es llevada en procesión ante el Papa a la sacristía, donde es cuidadosamente guardada en un lugar especial para ella, hasta ser concedida a un personaje digno.


Destinatarios

Entre las principales iglesias a las que la rosa ha sido presentada son la Basílica de San Pedro (cinco rosas), la Basílica de San Juan de Letrán (cuatro rosas - según algunos, dos de ellas fueron entregadas a la propia basílica y dos a la capilla llamada Sancta Sanctorum), la Basílica de Santa María la Mayor (dos rosas), el Santuario de Nuestra Señora de Fátima (dos rosas), Santa Maria sopra Minerva (una rosa) y San Antonio dei Portoghesi (una rosa).

En la segunda mitad del siglo XX, las concesiones de la Rosa de Oro fueron muy raras y en todos los casos fueron conferidas a lugares religiosos, sobre todo santuarios. 

El Papa Pablo VI, por ejemplo, hizo solo cinco concesiones de la Rosa de Oro durante su pontificado, que duró desde 1963 hasta 1978, y ninguna de ellas fue a personas, sí a lugares de devoción. 

El Papa Juan Pablo II hizo ocho entregas de la Rosa de Oro, cada una a un santuario diferente, durante sus 27 años de pontificado. Por lo tanto, la atribución de la Rosa de Oro puede ser considerada un gran privilegio.

Nuestra Señora de Fátima, Portugal (Pablo VI; 1965) Nuestra Señora de Guadalupe, México (Pablo VI; 1966) Nuestra Señora de Aparecida, Brasil (Pablo VI; 1967) 

Santuario de Jasna Góra, Polonia (Juan Pablo II; 1979) Santuario de Knock, Irlanda (Juan Pablo II; 1979) Nuestra Señora de Luján, Argentina (Juan Pablo II; 1982) Santuario de Matka Boża Kalwaryjska, Polonia (Juan Pablo II; 1987) Nuestra Señora de la Evangelización en Lima, Perú (Juan Pablo II; 1988) Nuestra Señora de la Concepción del Sameiro, Portugal (Juan Pablo II; 2003) Oratorio de San José, Quebec, Canadá (Juan Pablo II; 2004) Nuestra Señora de Lourdes, Francia (Juan Pablo II; 2004).

El Papa Benedicto XVI ha entregado las siguientes Rosas de Oro: Nuestra Señora de Jasna Gora, Częstochowa, Polonia (2006) Nuestra Señora de Aparecida, Brasil (2007) Basílica de Mariazell, Austria (2007) Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, Estados Unidos (2008) Nuestra Señora de Bonaria, Cagliari, Italia (2008) Nuestra Señora de Pompeya, Campania, Italia (2008) Nuestra Señora de Europa, Gibraltar (2009) Virgen de la Cabeza, Jaén, España (2009) Nuestra Señora de Ta 'Pinu (2010), Nuestra Señora de Fátima (2010) Nuestra Señora del Socorro de Valencia, Venezuela, en 2010. Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, Cuba,en 2012.

Papa Francisco en 2013 entregó la Rosa de Oro a Nuestra Señora de Guadalupe, México.


                            Imagen: Rosa de Oro de Minucchio da Siena (1330), dada por el Papa 
                           Juan XXII a  Rudolfo III de Nidau, Condé de Neuchâtel. Una de las más 
                            antiguas que se conservan en el Museo nacional de Moyen Âge.


DE PROFUNDIS CLAMAVI AD TE, DOMINE

DE PROFUNDIS 

De Profundis (en español "desde el abismo") es un motete en el que se canta el salmo bíblico número 130 (129). 
Se trata de un salmo penitencial que suele emplearse principalmente en la liturgia de difuntos.


De profundis clamavi ad te, Domine;

Domine exaudi vocem meam.

Fiant aures tuae intendentes

in vocem deprecationis meae.

Si iniquitates observaveris,Domine,

Domine, quis sustinebit?

Quia apud te propitiatio est,

et propter legem tuam, sustinui te, Domine.

Sustinuit anima mea in verbo eius;

speravit anima mea in Domino.

A custodia matutina usque ad noctem,

speret Israel in Domino.

Quia apud Dominum misericordia

et copiosa apud eum redemptio.

Et ipse redimet Israel

ex omnibus iniquitatibus eius.


Traducción


Desde lo más profundo te llamo a ti, Señor:

¡Señor, escucha mi voz!

¡Que tus oídos atiendan

la voz de mis súplicas!

Si las culpas consideras, Señor,

¿Señor, quién resistirá?

Porque hay gracia en ti,

y por tu ley,

te busco, Señor.

Mi alma aguarda en su palabra;

Espera mi alma en el Señor.

Más que los centinelas la aurora

aguarda Israel a Yahveh.

Porque en el Señor hay misericordia,

y en Él habita la total redención,

Él redimirá a Israel

de todas sus culpas.

CUARESMA: PIEDAD POPULAR Y LITURGIA

Liturgia y piedad popular 
en el tiempo de Cuaresma

La divergencia existente entre la concepción litúrgica y la visión popular de la Cuaresma, no impide que este tiempo sea un espacio propicio para una interacción fecunda entre Liturgia y piedad popular

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las "armas de la penitencia cristiana": la oración, el ayuno y la limosna (cfr. Mt 6,1-6.16-18).

En el ámbito de la piedad popular no se percibe fácilmente el sentido mistérico de la Cuaresma y no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el "sacramento de los cuarenta días" y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del "éxodo", presente a lo largo de todo el itinerario cuaresmal. 

Según una constante de la piedad popular, que tiende a centrarse en los misterios de la humanidad de Cristo, en la Cuaresma los fieles concentran su atención en la Pasión y Muerte del Señor.

El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. 

Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual.

A pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados.

También los fieles que frecuentan poco los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía saben, por una larga tradición eclesial, que el tiempo de Cuaresma-Pascua está en relación con el precepto de la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez al año, preferentemente en el tiempo pascual.

La divergencia existente entre la concepción litúrgica y la visión popular de la Cuaresma, no impide que el tiempo de los "Cuarenta días" sea un espacio propicio para una interacción fecunda entre Liturgia y piedad popular.

Un ejemplo de esta interacción lo tenemos en el hecho de que la piedad popular favorece algunos días, algunos ejercicios de piedad y algunas actividades apostólicas y caritativas, que la misma Liturgia cuaresmal prevé y recomienda. 

La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad en este tiempo litúrgico, es un "ejercicio" que libera voluntariamente de las necesidades de la vida terrena para redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión del I Domingo de Cuaresma)

La veneración de Cristo crucificado

El camino cuaresmal termina con el comienzo del Triduo pascual, es decir, con la celebración de la Misa In Cena Domini. En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la "Adoración de la santa Cruz".

Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.

Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.

Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas, del Lignum Crucis. 

La "invención de la Cruz", acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz.

En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. 

En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.

El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el "Ecce homo", el Cristo vilipendiado, "con la corona de espinas y el manto de púrpura" (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.

Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística.


La lectura de la Pasión del Señor

La Iglesia exhorta a los fieles a la lectura frecuente, de manera individual o comunitaria, de la Palabra de Dios. Ahora bien, no hay duda de que entre las páginas de la Biblia, la narración de la Pasión del Señor tiene un valor pastoral especial, por lo que, por ejemplo, el Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae sugiere la lectura, en el momento de la agonía del cristiano, de la narración de la Pasión del Señor o de alguna paso de la misma.

Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor.

Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de los fieles tanto por el contenido como por la estructura narrativa, y suscita en ellos sentimientos de auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas, porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de los pecados de todo el género humano y también de los propios; compasión y solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión de seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia, perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos del Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.

Fuera de la celebración litúrgica, la lectura de la Pasión se puede "dramatizar" si es oportuno, confiando a lectores distintos los textos correspondientes a los diversos personajes; asimismo, se pueden intercalar cantos o momentos de silencio meditativo.

El "Vía Crucis"

Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la Pasión del Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través de este ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con su afecto, el último tramo del camino recorrido por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde en el "huerto llamado Getsemani" (Mc 14,32) el Señor fue "presa de la angustia" (Lc 22,44), hasta el Monte Calvario, donde fue crucificado entre dos malhechores (cfr. Lc 23,33), al jardín donde fue sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca (cfr. Jn 19,40-42).

Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de piedad son los innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los claustros e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina, a la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía sugestiva.

El Vía Crucis es la síntesis de varias devociones surgidas desde la alta Edad Media: la peregrinación a Tierra Santa, durante la cual los fieles visitan devotamente los lugares de la Pasión del Señor; la devoción a las "caídas de Cristo" bajo el peso de la Cruz; la devoción a los "caminos dolorosos de Cristo", que consiste en ir en procesión de una iglesia a otra en memoria de los recorridos de Cristo durante su Pasión; la devoción a las "estaciones de Cristo", esto es, a los momentos en los que Jesús se detiene durante su camino al Calvario, o porque le obligan sus verdugos o porque está agotado por la fatiga, o porque, movido por el amor, trata de entablar un diálogo con los hombres y mujeres que asisten a su Pasión.

En su forma actual, que está ya atestiguada en la primera mitad del siglo XVII, el Vía Crucis, difundido sobre todo por San Leonardo de Porto Mauricio (+1751), ha sido aprobado por la Sede Apostólica, dotado de indulgencias y consta de catorce estaciones.

El Vía Crucis es un camino trazado por el Espíritu Santo, fuego divino que ardía en el pecho de Cristo (cfr. Lc 12,49-50) y lo impulsó hasta el Calvario; es un camino amado por la Iglesia, que ha conservado la memoria viva de las palabras y de los acontecimientos de los último días de su Esposo y Señor.

En el ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como camino o peregrinación; como paso, a través del misterio de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las exigencias de la sequela Christi, según la cual el discípulo debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz (cfr. Lc 9,23)

Por todo esto el Vía Crucis es un ejercicio de piedad especialmente adecuado al tiempo de Cuaresma.

Para realizar con fruto el Vía Crucis pueden ser útiles las siguientes indicaciones:

- la forma tradicional, con sus catorce estaciones, se debe considerar como la forma típica de este ejercicio de piedad; sin embargo, en algunas ocasiones, no se debe excluir la sustitución de una u otra "estación" por otras que reflejen episodios evangélicos del camino doloroso de Cristo, y que no se consideran en la forma tradicional;

- en todo caso, existen formas alternativas del Vía Crucis aprobadas por la Sede Apostólica o usadas públicamente por el Romano Pontífice: estas se deben considerar formas auténticas del mismo, que se pueden emplear según sea oportuno;

- el Vía Crucis es un ejercicio de piedad que se refiere a la Pasión de Cristo; sin embargo es oportuno que concluya de manera que los fieles se abran a la expectativa, llena de fe y de esperanza, de la Resurrección; tomando como modelo la estación de la Anastasis al final del Vía Crucis de Jerusalén, se puede concluir el ejercicio de piedad con la memoria de la Resurrección del Señor.

Los textos para el Vía Crucis son innumerables. Han sido compuestos por pastores movidos por una sincera estima a este ejercicio de piedad y convencidos de su eficacia espiritual; otras veces tienen por autores a fieles laicos, eminentes por la santidad de vida, doctrina o talento literario.

La selección del texto, teniendo presente las eventuales indicaciones del Obispo, se deberá hacer considerando sobre todo las características de los que participan en el ejercicio de piedad y el principio pastoral de combinar sabiamente la continuidad y la innovación. En todo caso, serán preferibles los textos en los que resuenen, correctamente aplicadas, las palabras de la Biblia, y que estén escritos con un estilo digno y sencillo.

Un desarrollo inteligente del Vía Crucis, en el que se alternan de manera equilibrada: palabra, silencio, canto, movimiento procesional y parada meditativa, contribuye a que se obtengan los frutos espirituales de este ejercicio de piedad.

El "Vía Matris"

Así como en el plan salvífico de Dios (cfr. Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa, también los están en la Liturgia y en la piedad popular.

Como Cristo es el "hombre de dolores" (Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en "reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20), así María es la "mujer del dolor", que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión (socia Passionis).

Desde los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (cfr. Lc 2,35). Sin embargo, la piedad del pueblo cristiano ha señalado siete episodios principales en la vida dolorosa de la Madre y los ha considerado como los "siete dolores" de Santa María Virgen.

Así, según el modelo del Vía Crucis, ha nacido el ejercicio de piedad del Vía Matris dolorosae, o simplemente Vía Matris, aprobado también por la Sede Apostólica. Desde el siglo XVI hay ya formas incipientes del Vía Matris, pero en su forma actual no es anterior al siglo XIX. La intuición fundamental es considerar toda la vida de la Virgen, desde el anuncio profético de Simeón (cfr. Lc 2,34-35) hasta la muerte y sepultura del Hijo, como un camino de fe y de dolor: camino articulado en siete "estaciones", que corresponden a los "siete dolores" de la Madre del Señor.

El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor (cfr. Is 52,13-53,12), rechazado por su propio pueblo (cfr. Jn 1,11; Lc 2,1-7; 2,34-35; 4,28-29; Mt 26,47-56; Hech 12,1-5). Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos.

El Vía Matris tiene como máxima expresión la "Piedad", tema inagotable del arte cristiano desde la Edad Media.


Fuente: www.vatican.va - Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos |