viernes, 30 de octubre de 2015

EL DEMONIO MERIDIANO (O EL VICIO MONSTRUOSO) EN EL ROMÁNICO

El demonio meridiano
o vicio monstruoso

"El símbolo es la guía para los nómadas del desierto,
que sólo tienen pistas para buscar la Tierra Prometida"

I - INTRODUCCION 

Como fenómeno cultural de nuestro tiempo, el románico tiene sus propios demonios: la racionalización antisimbólica y el subjetivismo.
El primero, puede tener su exponente gráfico en el culto, sin más, a la imagen que, con su poder de seducción, fomenta una civilización donde su predominio apoteósico se interpreta como paradigma del conocimiento limitándose a asimilar las sensaciones que le rodean, saqueando el interior y que, castrando la imaginación y la capacidad reflexiva, crea las condiciones objetivas propicias para la manipulación. 
Por su parte, el subjetivismo ingenuo incurre, frecuentemente, en el error de no respetar la debida distancia simbólica, cayendo en su domesticación al creer que existe siempre una adecuación entre lo imaginado y lo representado, poniéndolo al servicio, únicamente, de la afectividad. 
Sin crítica racional, el románico, como otras tantas materias del arte o del conocimiento, se presta a fáciles reduccionismos y acaba por destruir la vida que palpita en el símbolo. Es lo que en alguna ocasión hemos denominado "cataratas" de los ojos del románico. 
A nadie se le escapa, lo aleatorio y discutible de cualquier teoría o trabajo que se intente en el campo de este nuestro Arte Sagrado por excelencia, pero pretendemos no reducir su estudio, divulgación y entretenimiento, a un mero hecho contemplativo, a un concurso de la más bella fotografía, o al "guiness" de lugares visitados. 
No podemos olvidar que los hombres y mujeres estamos hechos de sueños. Que somos creadores de símbolos y que, como dijera RILKE, somos abejas de lo invisible que libamos perdidamente la miel de lo visible. Y es en ese anhelo de encontrar la "otra parte del símbolo", desde donde queremos proponer una nueva interpretación de una imagen repetida en nuestro románico peninsular, partiendo de un estudio analógico, pero logificado, de la historia de las fuentes y su evolución a lo largo de la historia del pensamiento universal. 
Por todo ello, esperamos que con sana benevolencia, acojáis las sugerencias que os pudieran ser de utilidad.

II - LA IMAGEN

En los templos de Ntra. Sra. de la Peña en Sepúlveda (SG), en el de Ntra. Sra. de la Asunción en Villasayas (SO) y en el de Santa María en Biota (ZA), aparece una iconografía singular que a nadie deja indiferente. 
Se trata de una figura antropomórfica en actitud de cabalgar un monstruo alado.
Las variantes se aprecian desde el instrumento que porta la figura que cabalga, en el contexto en que se representan y hasta en el lugar donde se ubican. 




III - LA PROPUESTA 

Nuestra propuesta, desde el más profundo respeto a cuantas formulaciones previas hayan podido realizarse, pasa por identificar dicha representación con el Pecado Capital de la ACEDIA. 
Como substrato de nuestra teoría, partimos de que resulta sabido que no siempre los siete pecados capitales fueron siete, ni se denominaron pecados y que el término vicio monstruoso, como referido a pecado o tendencia viciosa, encuentra su referente simbológico en los animales fantásticos. 
El número siete fue dado por San Gregorio el Grande (Lib. mor. in Job. XXXI, XVII), y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media. Escritores anteriores enumeraban 8 pecados capitales: San Cipriano (De mort., iv); Cassian (De instit. cænob., v, coll. 5, de octo principalibus vitiis); Columbanus ("Instr. de octo vitiis princip." in "Bibl. max. vet. patr.", XII, 23); Alcuino (De virtut. et vitiis, xxvii y sgtes.)
Corresponde al monje Evagrio Póntico (345), "persona realmente sutil al entender y habilísimo en exponer lo que entendía", el primer testimonio literario de la doctrina sistematizadora de los ocho vicios "monstruosos" o tendencias viciosas que mantienen al monje bajo el fuego constante de los demonios ( Antirrhetikos) y que, a la postre, de la mano de Casiodoro ( Instituciones Monásticas), pasaría a Occidente como precursora de la doctrina de los Pecados Capitales, tras pre-cocinarse en el horno de la teología escolástica.
Aunque partiendo de ocho vicios o pensamientos demoníacos, al no establecerse unos conceptos consensuados, se acabaron integrando dos pensamientos en uno, según muestra el cuadro sinóptico extraído de la Carta Circular de 2007 del Abad General de los Trapenses, Bernardo Olivera: 

IV- ARGUMENTACION 

¿Qué es la Acedía, Acedia o Acidia? 

Es difícil encontrar su nombre fuera de manuales de espiritualidad. Y sin embargo, con este nombre los Padres de la iglesia ponían de relieve el Archipecado del Ángel malo.
El término Acidia o Acedía proviene del griego avkhdi y aparece tres veces en la versión de los LXX (Sl 118,28; Sr 29,5 e Is 61.3). Sería como la falta de cuidado, negligencia e indiferencia, un estado de total aborrecimiento que se contrapone y es la negación de la Kedia, la unión o alianza. 
Santo Tomás de Aquino la define con precisión como tristitia de bono spirituali, tristeza del bien espiritual; indicando que su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces los fieles e incluso las personas adentradas en los caminos de la perfección; es una flaccidez que los empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual, a causa de la dificultad de esta vida. 
Casiano, Evagrio Póntico y otros Padres del desierto, la ponen en relación con ciertas horas del día, teniendo en cuenta los efectos físicos de los ayunos monacales y del clima, con el consiguiente debilitamiento físico. 
Afecta a los anacoretas y a los monjes que vagan en el desierto, siendo el mediodía el momento en que es más fácil caer en este octavo pecado capital " cae sobre el monje en la hora sexta, pues es la hora del mediodía, cuando el sol aprieta con más fuerza, cuando al monje le resulta difícil seguir rezando. Por eso, los que ayunan hasta el mediodía, cuando comienzan a sentirse faltos de alimentos y afectados por el calor del sol, son atacados más vivamente por la acedia", diría Santo Tomás en su Summa Theol. Q.35 Art. 1. 
Por su parte, Evagrio, al describir los Ocho Pensamientos o Vicios monstruosos dice: 
"El demonio de la acedia, al que también se llama demonio del mediodía o demonio meridiano, es el más pesado y duro de sobrellevar de todos”.
Asimismo San Jerónimo introduce el término en su traducción al latín de la Biblia: "A caballo entre la Acedia y la Tristitia, el Demonio Meridiano cabalgaba azotando el espíritu de los monjes de la Edad Media" .
También lo explica San Agustín cuando, al comentar el Salmo 90,6 indica que "al llegar la persecución a su apogeo, llamó al furor más rabioso, mediodía ". 
El demonio del mediodía representa así la persecución por antonomasia del cristiano cabal. El monje que sufre su acometida ya no sentirá alegría al cantar las alabanzas y será presa fácil para cualquier tentación. 
Sin embargo, no es tentación exclusiva de religiosos contemplativos y monjes de clausura, sino que con algunos rasgos diferenciales, se observaba en la vida de todos los religiosos y demás creyentes, siendo más intensa su presencia cuanto más se pretenda avanzar por el camino de la perfección. (" Hay un demonio, denominado vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre todo durante el transcurrir del día. Éste pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de casa en casa..., ...corrompe el estado interior de lo que encuentra y, luego, poco a poco, se va olvidando de su conocimiento de Dios, de las virtudes y de su propia profesión")
Es pues, la añagaza demoníaca que ocurre cuando el sol está en lo más alto del horizonte, entendiéndose asimismo como alegoría, y no sólo en el sentido espiritual, sino en el personal (mediana edad) o profesional (escalafón o fase álgida de realización del trabajo o proyecto).


V - REPRESENTACIÓN 

A la hora y momento de plasmar icónicamente el concepto, de transmitir el mensaje, el Arte Sagrado no hace sino seguir las enseñanzas de Clemente Papa, Justino y Teófilo de Antioquia, pero sobre todo de San Ireneo, quien como arquitecto de la doctrina sobre la envidia primigenia del diablo y antes del corrimiento conceptual origenista, opinaba que la grafía representativa de este vicio monstruoso enraizaba en los salmos bíblicos. 
En el Salmo bíblico 90, 5 y 6 ( 91 en Vulgata) se eleva la súplica al Señor a fin de que nos/les guarde "de las saetas que vuelan de día, de la pestilencia que vaga en las tinieblas y de la mortandad que devasta en pleno día": "Non timébis a terróre noctúrno, a sagítta volánte in díe, A péste quae vagátur in ténebris, a pernície quae vástat nierídie. " 
Su inclusión en programas iconográficos no deja lugar a duda sobre el particular, pues lejos de la ortodoxa representación del bestiario clásico donde cada animal puede ser asociado con algún vicio y, a veces, se le contrapone o enfrenta con su correspondiente virtud, en los casos de Villasayas y Biota, por ejemplo, se representa formando parte una serie de ocho "monstruos" o espíritus malos, deseos desordenados o, en definitiva, los vicios de Póntico, cuya tradición fue seguida por teólogos tan influyentes como Columbano y Alcuino. 
La representación con mazo o saeta, podría responder a la identificación y actitud adoptada respecto de su presencia: combate a fin de rechazarlo, o claudicación ante el enemigo mediante la aceptación de la saeta que vuela en el día. 
Cuando su representación aparece aislada (Tímpano de Ntra. Sra. de la Peña en Sepúlveda), encerraría una síntesis del pecado raíz, el vicio activador o el compendio de vicios o pecados capitales restantes, porque atacando el crismón, se ataca el deseo de Dios y el gozo que proviene de su unión con Él. 

VI- CONCLUSIÓN 

Entendemos, pues, que esta iconografía de la figura cabalgando un ser monstruoso, pudiera obedecer a la tradición de la originaria formulación en la mística cristiana de este pensamiento demoníaco que fue tan temido entre las primeras comunidades anacoretas. Correspondería a la formulación conceptual del más grave pecado, al Archipecado, del Ángel Malo, del que derivarán, a la postre, todos los demás: "Por acedia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Libro de la Sabiduría 2,24). 
Y por todo ello contemplamos que cuando su representación aparece aislada, encerraría la síntesis del pecado raíz, el compendio de vicios o pecados capitales restantes. 
En definitiva, nuestro virulento ”demonio meridiano” que no es uno más de los vicios, sino el peor y principal activador del resto de ellos, pues si nos dejamos asaetear, estamos perdidos, ya que pervierte la razón, destruye la esperanza y genera la total desintegración interior. Todo lo que nos resta ya en la vida..., es vegetar. 





FUENTE: SALUD Y ROMÁNICO



miércoles, 28 de octubre de 2015

EL DISCURSO DE CAGLIOSTRO TRAS EL ARRESTO EN LA BASTILLA

UN MÍSTICO DE TODOS LOS TIEMPOS

Este es el discurso pronunciado por Cagliostro -uno de los más grandes místicos de su época- tras el arresto que sufrió en la Bastilla -en el año 1785- en el juicio que prosiguió a éste, donde manifestó quien era ante sus jueces. El discurso tiene más de 200 años, pero la claridad con que emite los conceptos es tal, que puede repetirse con absoluta y vigente pertinencia.


“No soy de ninguna época ni de lugar alguno: mi ser espiritual vive su experiencia eterna fuera del tiempo y del espacio y si -remontando el curso de los tiempos me sumerjo en mi pensamiento- despliego mi espíritu hacia un modo de existencia alejado del que apreciáis, me transformo en quien deseo. Participando conscientemente en el ser absoluto, regulo mi actividad según el medio que me rodea. Mi nombre es el de mi función y escojo tanto uno como otro porque soy libre. Mi país es aquel en el que fijo momentáneamente mis pasos. Vosotros -si así lo deseáis- fechad vuestro origen en el ayer enorgulleciéndoos con años vividos por antepasados que os fueron desconocidos. O, en el mañana por el ilusorio orgullo de una grandeza que nunca será la vuestra. En cuanto a mí, yo soy el que es.“No tengo más que un padre. Respecto a este tema, diferentes circunstancias de mi vida me han hecho sospechar verdades grandes y conmovedoras. Pero los misterios de este origen y los vínculos que se unen a este padre desconocido, son secretos míos. Que los llamados a adivinarlos, a deslumbrarlos como he hecho yo, me comprendan y me aprueben. En cuanto al lugar, a la hora en que mi cuerpo material se formó sobre esta tierra, en cuanto a la familia que escogí para ello, prefiero ignorarlos. No quiero acordarme del pasado para no aumentar las responsabilidades -ya pesadas- de quienes me han conocido, pues escrito está “no derribarás al ciego”. No he nacido ni de la carne ni de la voluntad del hombre: he nacido del espíritu. Aquí estoy. Soy noble y viajero. Hablo y vuestra alma se estremece al recordar viejas palabras. Una voz que está con vosotros y que se había callado mucho, responde al llamamiento de la mía. Actúo y la paz vuelve a vuestros corazones, la salud a vuestro cuerpo, y la esperanza y el valor a vuestras almas. Todos los hombres son hermanos míos, me son queridos todos los países.Yo los recorro para que -en todas partes- el Espíritu pueda descender y encontrar un camino hacia vosotros. No pido a los reyes -cuyo poder respeto- más que hospitalidad en sus tierras y, cuando me es concedida, paso por ellas haciendo todo el bien que me es posible. Pero no hago más que pasar. ¿Soy un noble viajero? Como el viento del sur, como la deslumbrante luz del mediodía que es signo de pleno conocimiento de las cosas y de la comunión activa con Dios, así voy hacia el norte, hacia la niebla y el frío, abandonando por doquier a mi paso parcelas de mi mismo, gastándome, disminuyéndome a cada parada, pero dejándoos un poco de claridad, un poco de calor, un poco de fuerza, hasta que finalmente sea detenido y fijado de manera definitiva al término de mi recorrido, cuando la rosa florezca sobre la cruz. ¿Es que no os basta? Si fuerais hijos de Dios, si vuestra alma no fuese tan vana y tan curiosa, ya habríais comprendido. Pero necesitáis detalles, signos y parábolas. Pues bien: escuchad. Puesto que lo queréis, remontémonos a un pasado muy lejano. Toda la luz viene de Oriente, toda iniciación de Egipto. Como vosotros, tuve tres años, después siete y después la edad del hombre. Y, a partir de esa edad, ya no he contado más. Tres septenarios de años hacen veintiún años y fraguan la plenitud del desarrollo humano. En mi primera infancia bajo la ley de rigor y la justicia, he sufrido en el exilio al igual que Israel entre las naciones extranjeras. Pero así como Israel tenía consigo la presencia de Dios, un Metraton lo guardaba en sus caminos, de igual manera un ángel poderoso velaba sobre mí, dirigía mis actos, iluminaba mi alma y desarrollaba las fuerzas latentes en mí. El era mi guía y mi maestro. Mi razón se formaba y se precisaba. Me estudiaba, me interrogaba y tomaba conciencia de todo lo que me rodeaba. He hecho varios viajes, tanto alrededor del recinto de mis reflexiones como a los templos y a las cuatro partes del mundo. Pero cuando, en un arrebato de mi alma quería penetrar el origen de mi ser y ascender hacia Dios, entonces mi razón –impotente- se callaba dejándome abandonado a conjeturas. El amor que me empujaba hacia toda las criaturas de manera impulsiva, una ambición irresistible, un sentimiento profundo de mis derechos sobre todas las cosas desde la tierra hasta el cielo, me propulsaban y catapultaban sobre la vida. La lucha que tuve que sostener contra las potencias de este mundo fue la experiencia progresiva de mis fuerzas, de su esfera de acción, de su juego y de sus límites. Fui abandonado y tentado en el desierto. Como Jacob, he luchado con los hombres y con los demonios y vencidos estos, me han enseñado los secretos relativos al imperio de las tinieblas para que nunca pueda perderme en alguno de los caminos de los que no se vuelve. Un día -¡después de cuantos años y viajes!- el cielo escuchó mis esfuerzos. Se acordó de mi servidor y -revestido con los hábitos nupciales- tuve la gracia de ser admitido delante del Eterno. Desde entonces recibí, como un nuevo hombre, una misión única. Libre y dueño de la vida, no pensé más que en emplearla para la obra de Dios. Sabía que el confirmaría mis actos y mis palabras, al igual que yo conformaría Su nombre y Su reino sobre la Tierra. Hay seres que ya no tienen ángeles guardianes: yo fui uno de ellos.Si alguno de vosotros, prosiguiendo el feliz curso de sus viajes, aborda un día estas tierras de Oriente, que me han visto nacer, basta que se acuerde de mí, que pronuncie mi nombre, y los servidores de mi padre abrirán ante él las puertas de la ciudad santa. Entonces, que vuelva para decir a sus hermanos si he abusado de un prestigio falaz entre vosotros, si en vuestras moradas cogí algo que no me pertenecía”.




FUENTE: EL AMARNA - Julio 2007 


LOS POBRES CABALLEROS DE CRISTO (PAUPERES COMMOLITIS CHRISTI ET TEMPLII SALOMONIS)

TEMPLARIOS: 
LOS POBRES CABALLEROS 
DE CRISTO

La piedad de superstición de la época había inducido multitudes de peregrinos en los siglos XI y XII, a visitar Jerusalén con el propósito de ofrecer sus devociones al sepulcro del Señor y los otros santos lugares que se encuentran en esa ciudad.

Muchos de estos aventureros religiosos eran hombres débiles y ancianos, casi todos ellos sin armas, y la mayor parte de ellos estaban sujetos al insulto, pillaje, y con frecuencia a la muerte, infligida por las hordas de Árabes quienes, aún después de la captura de Jerusalén por los cristianos continuaron asolando las costas de Palestina y los caminos a la capital.

Con el fin de proteger a los piadosos peregrinos quienes de este modo se exponían al hurto y al ultraje corporal, nueve caballeros franceses, partidarios de Baldwyn, se unieron, en el año 1118, en una confraternidad militar o hermandad dedicada a las armas, e instituyeron un pacto solemne para ayudarse recíprocamente en despejar los caminos, y defender a los peregrinos en su paso a la ciudad santa. Dos de estos caballeros eran Hugo de Payens y Godofredo de San Aldemar. Raynouard (Los Templarios) dice que los nombres de los otros siete no han sido conservados en la historia, pero que Wilke (Geschichte des T. H. Ordens) los menciona, siendo Roral, Gundemar. Dodofredo Bisol, Payens de Montidier. Archibaldo de San Aman, Andrés de Montbar, y el Conde de Provenza.

Uniendo el carácter militar con el monástico, celebraron en presencia del patriarca de Jerusalén, los votos y juramento acostumbrado de la pobreza, castidad y obediencia, y con gran voluntad asumieron el título de "Humildad Soldados de Cristo". Baldwyn, rey de Jerusalén, asignó para su residencia una parte de su palacio que se encontraba cerca del sitio que ocupaba antes el Templo; y los Abates y Canónigos del Templo les otorgaron, como lugar en el cual podían almacenar sus armas y municiones, la calle que se encontraba entre el palacio y el Templo, de donde derivaron el nombre de Templarios, título que retuvieron desde entonces. Raynouard dice que Baldwyn envió a Hugo de Payens a Europa a solicitar una nueva cruzada, y que durante su permanencia ahí presentó a sus compañeros ante el Papa Honorio II, de quien suplicaban el permiso para formar una orden militar religiosa en imitación de la de los Hospitalarios. El pontífice los recomendó a los concilios eclesiásticos los cuales se encontraban en sesión en Troya, en Campagne. Payens se encaminó de aquí a ese lugar, habiendo manifestado los padres la vocación de él y sus compañeros como defensores de los peregrinos; la proposición fue aprobada, y le fue ordenado a San Bernardo el prescribe reglamentos para la Orden naciente.

Este reglamento, en el que los Caballeros de la Orden se llaman Pauperes commolitis Christi et Templi Salomonis, o "Los Humildes Soldados de Cristo y del Templo de Salomón", aún existe. Consta de setenta y dos capítulos, cuyos detalles son notables por su carácter ascético.. Unieron varios ejercicios devotos y severos, disciplina, ayuno y oración. Prescribía para los caballeros declarados vestiduras blancas como el símbolo de una vida de pureza; los escuderos y criados debían vestir de negro. Al traje blanco, el Papa Eugenio II posteriormente agregó una cruz que debía usarse sobre el pecho izquierdo como símbolo de martirio.

Hugo de Payens, proveído de esta manera con una ley que le proporcionaba la permanencia a su orden, y animado por la aprobación de la Iglesia, regresó a Jerusalén, y llevando consigo muchas reclutas de entre las familias más nobles de Europa. Los Templarios poco después se distinguieron de un modo prominente como guerreros de la cruz. San Bernardo, quien los visitaba en su retiro del Templo, habla en los términos más elocuentes de su abnegación, su frugalidad, su modestia, su piedad, y su bravura. "Sus armas", dice, "era su único aderezo, las que usaban con valor, sin temor al número o fuerza de los bárbaros. Toda su confianza estaba en el Señor de las Huestes, y al pelear por su causa obtendrían la segura victoria o una muerte honorable y cristiana". Su bandera era el gallardete, de los colores blanco y negro divididos, indicativos de la paz para sus amigos, y la destrucción para sus enemigos. En su recepción cada uno de los Templarios juraba no voltear su espalda ante tres enemigos, pero si se encontrase solo, combatirlos si eran impíos. Era su costumbre decir que el Templario debía morir o vencer, desde el momento en que no tenía que otorgar por su rescate, sino su cíngulo y su puñal.

La Orden del Templo, al principio excesivamente simple en su organización, en poco tiempo llegó a ser muy complicada. En el siglo duodécimo estaba dividida en tres clases, que eran Caballeros, Capellanes, y Hermanos del Servicio.

1. Los Caballeros; se requería que cualquiera que se presentase para ser admitido en la Orden, debía probar que había nacido de familia digna, y de himeneo legítimo; de que estaba libre de todas las obligaciones previas; de que si era casado, o de si tenía compromiso de matrimonio; de que no hubiera hecho ningunos votos de recepción en otra Orden; de que no estaba comprometido en deudas; y finalmente, de que estaba dotado de una constitución saludable y de un cuerpo sano.

2. Los Capellanes. La Orden del Templo, diferente de la de los Hospitalarios, consistía al principio únicamente de legos. Pero la bula del papa Alejandro III, expedida en 1172, confería permiso a los Templarios de aceptar en sus casas a personas espirituales que no estuviesen ligadas con juramentos previos, cuyo nombre técnico era el de capellanes. Eran requeridos para que sirviesen en el noviciado de un año. La recepción era, excepto en algunas ocasiones no aplicable a la clerecía, lo mismo que en la de los Caballeros, y eran requeridos de hacer únicamente los tres votos de la pobreza, castidad, y obediencia. Sus deberes: el desempeño de los cargos religiosos, y oficiar en todas las ceremonias de la Orden, tales como la admisión de miembros durante las instalaciones, etc. Sus privilegios eran de ninguna importancia, pues consistían principalmente en sentarse al lado del Maestro, y de servirles primero en la mesa.

3. Los Hermanos del Servicio. La única calificación que se requería del hermano del servicio, era que debía ser de nacimiento libre y no esclavo; pero con esto no debía suponerse que todas las personas de esta clase eran de condición servil. Muchos hombres, aunque no de noble linaje, pero de riqueza y posición elevada, se encontraban entre los hermanos del servicio. Éstos habían combatido en los campos de batalla bajo ñas órdenes de los caballeros, y del mismo modo desempeñaban en casa los oficios domésticos. Al principio no había sido una clase de ellos, pero después fueron divididos en dos los Hermanos de Armas, y los Hermanos de Oficio, los primeros eran los soldados de la Orden. Los segundos, que eran los más estimados, permanecían en las preceptorías, y desempeñaban varios de sus oficios, tales como los de herradores, armeros, etc. La recepción de los hermanos del servicio no difería, excepto algunos datos necesarios, de la de los caballeros. Éstos, por lo tanto, debido al accidente de su nacimiento les era prevenido anticipadamente la promoción de los de su clase.

Además de estas tres clases había la cuarta, - por supuesto, no vivían en el seno de la Orden-, quienes se llamaban Afiliados o Affiliati. Éstas eran personas de varios rangos y de ambos sexos, quienes eran reconocidos por la Orden, aunque no francamente relacionados con ella, como correspondía a su protección, y admitidos a la participación en algunos de sus privilegios, tales como la protección de los interdictos de la Iglesia, los que no se aplicaban a los miembros de la Orden.

El Gran Maestro residía originalmente en Jerusalén; y después cuando esa ciudad fue abandonada, en Acre, y finalmente en Chipre. Su deber siempre requería el que se encontrase en la Tierra Santa; y en consecuencia nunca residía en Europa. Fue elegido por vida dentro de los caballeros en la siguiente forma. En la muerte del Gran Maestro, era elegido el Gran prior para administrar los asuntos de la Orden hasta que podía ser elegido el sucesor. Cuando llegaba el día que había sido nombrado para la elección, el Capítulo por lo general se reunía en el centro principal de la Orden; y se proponía entonces a uno de los caballeros más estimados, en número de tres o más; el Gran Prior recogía los votos, y aquel que había recibido el mayor número era denominado para ser el Prior elector. En seguida un ayudante se le asociaba, en la persona de otro caballero. Estos dos permanecían toda la noche en la capilla empeñados en orar. En la mañana, elegían a otros dos, y estos cuatro, a dos más, y así sucesivamente hasta que el número de doce (el de los apóstoles) había sido seleccionado. En seguida los doce seleccionaban al capellán. Entonces los trece procedían a votar por el Gran Maestro, el que era elegido por mayoría de votos. Cuando la elección estaba completa, era anunciada a los hermanos en la asamblea; y cuando todos habían prometido la obediencia, el Prior, si la persona se encontraba presente, le decía: "En el nombre del padre Dios, el Hijo, y el Espíritu Santo, hemos elegido, y te elegimos Hermano N. para que seas nuestro Maestro". Entonces, volviendo así a los hermanos, decía: "Queridos Señores y Hermanos, dad gracias a Dios; ved aquí a nuestro Maestro". Los Capellanes entonces cantaban el Te Deum; y los hermanos, llevando a su nuevo Maestro en sus brazos lo conducían a la capilla y lo situaba ante el altar, en donde continuaba arrodillado, mientras que los hermanos oraban, y los Capellanes repetían el Kyrie Eleison, y el Pater Noster, y otro ejercicio piadoso. En el siguiente grado al de Gran Maestro era el Senescal, que era su representante y teniente. Después venía el Mariscal, que era el general de la Orden. En seguida el Tesorero cargo que siempre estaba unido con el de Gran Preceptor de Jerusalén. Era el Almirante de la Orden. El Guarda Ropa era el oficial que seguía en rango, que tenía a su cargo las vestiduras y arreglos de la Orden. Era una especie de Comisario General. El Turcopolio era el comandante de la caballería ligera. Había también una clase de oficiales llamados Visitadores, cuyo deber, como su nombre indica, era el de visitar a las diferentes Provincias, y corregir abusos. Había también algunos oficiales subordinados destinados a los Hermanos del Servicio, tales como Sub-Mariscal, Porta-Estandarte Adbéitar, etc.

Organizada la Orden de esta manera, naturalmente aumentó su prosperidad y crecían sus posesiones en el Este y en Europa y tuvo que dividirse en provincias, gobernada cada una de ellas por un Gran Preceptor o Gran Prior; pues los títulos se usaban indistintamente. Sin embargo, el de Preceptor era peculiar a los Templarios,, mientras que el de Prior era común tanto entre ellos como los Caballeros Hospitalarios de San Juan. Estas provincias eran en número de quince, y son las siguientes: Jerusalén, Trípolis, Antioquía, Chipre, Portugal, Castilla y León Aragón, Francia y Auvernia, Normandía, Aquitaine, Provenza, Inglaterra, incluyendo Escocia e Irlanda; Alemania, Italia Central y Septentrional, Apulia, y Sicilia. De donde puede verse que no había lugar de Europa, excepto los empobrecidos reinos de Dinamarca, Suecia y Noruega, donde los Templarios no habían extendido sus posesiones y su influencia.

El acto de la recepción de un Caballero en la Orden era una ceremonia muy solemne. Era secreta, y no se permitía estar presente sino únicamente a los miembros de la Orden. En efecto difería de la de los Caballeros de malta, cuya forma de recepción era libre y pública; y a esta diferencia entre la recepción pública y la iniciación secreta, es a lo que quizá puede atribuirse una parte del espíritu de persecución de la iglesia ha demostrado a la Orden en sus últimos tiempos.

El hecho de que los Templarios tenían una iniciación secreta se concede generalmente en la actualidad, aunque algunos escritores lo han negado. Pero debido a las circunstancias en su favor que son demasiado grandes para superar en cualquier sentido, excepto n la forma positiva de lo contrario, la que nunca ha sido aducida. Es bien conocido que durante estas recepciones eran admitidos únicamente los miembros de la Orden; cuya prohibición no hubiera sido necesaria si las ceremonias no fueran secretas. En las juntas del Capítulo General de la Orden, era rehusado aun el mismo Legado del Papa.

No sería honroso ni razonable citar las ciento veinte acusaciones promovidas contra los Templarios por Clemente, porque eran indudablemente falsedades malévolas inventadas por un Pontífice inmoral y sin principios medianeros de la concupiscencia de un monarca miserable; pues algunas de ellas son de tal naturaleza al grado de indicar que la creencia general de los hombres de la época.

Así, encontramos en el artículo 32 que dice: "Quo receptiones istius clandestine faciebant"; i. e. que estaban acostumbrados a hacer su recepción en secreto. El 100 contiene estas palabras: "Quod sic se includunt ad tenenda capitula tu omnes januas domus et ecclesiae in quibus tenent capitula ferment adeo firmiter quod nullus sit nec esse possit accessus ad eso nec juxta; up possit quicunde videre vel audire de factis vel dictis eorum"; i. e. Que siempre que verificaban sus Capítulos, cerraban todas las puertas de la casa o iglesia en que estaban reunidos tan estrechamente, que nadie podía aproximarse bastante cerca para ver u oír lo que hacían y decían. Y el siguiente artículo es más singular, pues refiere que, con el fin de cuidarse de los escuchas, acostumbraban a situar un vigilante, como diríamos ahora un guardatemplo sobre el techo de la iglesia, "excubicum super tectum", quien podía dar el aviso necesario.

El atavío de los Templarios les fue prescrito por San Bernardo, en el reglamento que compuso para el gobierno de la Orden, y se describe en el capítulo XX, en esta forma: "A todos los Caballeros declarados, ya sea en invierno o en verano proporcionamos, si se pueden obtener, vestiduras blancas, para que aquellos que han dejado tras de sí las huellas de una vida de ignorancia, puedan conocer que deben procurar encomendarse a su Creador y pedirle una vida pura y sin mancha". El manto blanco era por lo tanto el hábito peculiar de los Templarios, como el negro era de los Hospitalarios.

Subsiguientemente, pues al principio no usaban la cruz, el Papa Eugenio III, les otorgó la cruz roja pattée como el símbolo del martirio, el que debían usar sobre el pecho izquierdo exactamente sobre el corazón. 

La iniciación general de San Bernardo referente a las vestiduras se desarrolló después, así, es que el vestido del Templario consistía en una larga túnica blanca, muy semejante en la forma a la del sacerdote, con la cruz roja en el frente y espalda; debajo de ésta llevaba camisa de lino abrochada con un cinto. Encima de ésta usaban el manto blanco con la cruz roja pattée. La cabeza era cubierta con un casco o capirote adherido al manto. Las armas eran la espada, lanza, maza y escudo. También al principio la Orden adoptó como sello de armas la representación de dos caballeros montando un caballo, como la señal de su pobreza, posteriormente cada caballero era provisto de tres caballos, a la vez que un escudero seleccionado generalmente de la clase de los Hermanos del Servicio. Para escribir la historia completa de la Orden Templaria referente a los dos siglos de su existencia, sería, dice Addision, tanto como escribir la historia Latina de palestina, y ocuparía un volumen: Sus detalles contendrían relatos de batallas gloriosas con los impíos en defensa de la tierra Santa, y de peregrinaciones cristianas, algunas veces afortunadas y con frecuencia desastrosas de arenas áridas humedecidas con la sangre de guerreros cristianos y sarracenos; de deshonrosas contiendas con su rival de San Juan; de partidas forzadas y definitivas de los lugares que sus proezas habían conquistado, pero que su fuerza no había sido suficiente para conservarlos, y algunos años de lujuria y puede ser que de indolencia desordenada, terminados por el cruel martirio y disolución.

La caída de Acre en 1292, bajo el vigoroso asalto del Sultán Mansour, condujo desde luego a la evacuación de palestina por los cristianos. Los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, llamados después Caballeros de Rhodas, y entonces de Malta, huyeron a Rhodas, donde los primeros, asumiendo el carácter naval, reanudaron el estado de guerra en sus embarcaciones de remos contra los Mahometanos. Los Templarios, después de una breve quietud en la isla de Chipre se retiraron a sus diferentes Preceptorías que tenían en Europa.

Porter (Historia de los Caballeros de Malta, i. p. 174) no tiene panegírico para estos cobardes caballeros. Después de elogiar a los Hospitalarios por su perseverante energía con la cual, desde su isla natal de Rhodas, continuaban la guerra con los impíos, dice: "El Templario, por lo contrario, después de su permanencia breve en Chipre, en lugar de proporcionar la ayuda más insignificante a sus hermanos caballerescos y dignos en su nueva lucha, huyeron con precipitación increíble hacia sus numerosas y ricas Preceptorías Europeas, en donde la tosquedad de su libertinaje, la pompa de su lujo y lascivia, y la arrogancia de su orgullo, pronto se convirtió en el objeto del odio más invencible entre aquellos que poseían amplios poderes para realizar su destrucción. Durante estos últimos años de su existencia puede mencionarse muy poco en defensa de la Orden; pues sin embargo de su inhumana crueldad con la cual se realizó su extinción ha aparecido un sentimiento de compasión en su favor, el que con mandato sincero trata de borrar la memoria de sus crímenes, pues aún no puede negarse que durante los últimos años se habían desviado de los propósitos originales de su institución de tal manera que se hicieron indignos depositarios de ese tesoro que les había sido legado para los fines tan inmensamente diferentes a los que se habían propuesto".

El acto de crueldad y de injusticia por el cual fue disuelta la Orden Templaria en el siglo XIV ha legado la memoria ignominiosa o el recuerdo de los nombres de los infames reyes, y el no menos Papa infame que los realizó.. En el principio del siglo XIV se encontraba en el trono de Francia Felipe el Hermoso, príncipe ambicioso, vengativo y avaro.

Durante su famosa controversia con el Papa Bonifacio, los Templarios como era su costumbre, se habían adherido al pontífice y se opusieron al rey; este acto exaltó su odio; y como la Orden era enormemente rica, esto provocó su avaricia, y sus poderes intervinieron con sus designios de engrandecimiento político; y todo esto alarmó su ambición. Por consiguiente, concertó de un modo secreto con el Papa Clemente V el plan para su destrucción, así como para la apropiación de sus ingresos. Clemente, por su dirección y consejo, escribió en junio de 1306, a De Molay, el Gran Maestro que se encontraba en Chipre, invitándole a que viniese a consultar con él sobre algunos asuntos de gran importancia para la Orden. De Molay obedeció al llamado, y en los comienzos de 1307 llegaba a París con sesenta caballeros y grande cantidad de tesoro.

Fue inmediatamente encarcelado, y, el 13 de octubre siguiente todos los Caballeros de Francia, en consecuencia de las órdenes secretas del rey fueron arrestados bajo la simulada acusación de idolatría, y otros crímenes enormes, de los cuales Squin de Flexian, Prior expulsado y apóstata de la Orden, se menciona haber confesado que los caballeros cometían actos delictuosos en sus Cabildos secretos. Lo que significaban estas acusaciones no ha sido dejado a la suposición. Pues el Papa Clemente V envió la lista de las causas de acusación, alcanzando el número de 120, a todos los arzobispos, obispos y comisionados papales por los cuales debía de examinar a los caballeros que debían ser llevados para su aclaración. Esta lista aún existe, y en ella encontramos tales acusaciones, como éstas: 1. Que se requería a todos aquellos que debían inciarse en la Orden, jurar retractándose de Cristo, la Virgen María, y todos los santos. Que negaban que Cristo había sufrido por la redención del hombre. Que habían convertido a la cruz o crucifijo en un vaso para escupir. Que adoraban a un gato en sus asambleas. Que practicaban artes mágicas o encantamientos.

De tales cargos como éstos, contrarios a la naturaleza y a la razón eran acusados los caballeros, y por supuesto, condenados como conclusión hecha de antemano. El 12 de mayo de 1310, cincuenta y cuatro de los caballeros fueron quemados públicamente y el 18 de marzo de 1313, De Molay y el Gran Maestro y los tres principales dignatarios de la Orden, sufrieron la misma suerte. Murieron fielmente sosteniendo su inocencia de todos los crímenes que les imputaban. La Orden fue suprimida desde luego, por la energía del rey de Francia, apoyada por la autoridad espiritual del Papa, orden que se verificó en toda Europa.

Muchísimas de sus vastas posesiones que no habían sido apropiadas por los diferentes soberanos para su propio uso, o el de sus favoritos, fueron otorgadas a la Orden de los Caballeros de Malta, cuya aceptación del donativo no tendió a disminuir la mala disposición que había existido siempre entre los miembros de las dos Órdenes.

En cuanto a la historia de la continuación de la Orden, después de la muerte de Santiago de De Molay, por Johannes Larmenius, bajo la autoridad del título de transmisión que le fue conferido por De Molay pocos días antes de su muerte, ese asunto se trata más extensamente y en forma debida en la Historia de la Orden del Templo, la que reclama, por virtud de ese título ser la sucesora legítima de la antigua Orden.

Desde el establecimiento de la Orden por Hugo de Payens, hasta su disolución durante el Magisterio de De Molay, veintiún Grandes Maestros presidieron la Orden.



Autor: Gallatin Mackey 


EL ANDRÓGINO PRIMORDIAL

El Hombre Andrógino

Por Corinne Heline


Este diseño simbólico, uno de los más fascinantes encontrados en toda la literatura ocultista, retrata al Hombre Andrógino, una figura humana que posee dos cabezas – una masculina, la otra femenina. Estas representan el balance perfecto o equilibrio entre las fuerzas masculina y femenina que actúan dentro del organismo humano. Cuando se haya logrado este equilibrio, será posible que el hombre piense con el corazón y ame con la mente. Pero esto no puede suceder hasta que el estado de desigualdad que ahora existe entre hombres y mujeres haya sido rectificado para que, libres y sin temor, puedan ingresar, de la mano, al Templo de Luz.

Por encima de la cabeza de la mujer se encuentra el símbolo de la Luna (que representa el Cósmico Femenino), y por encima de la cabeza del hombre se encuentra el símbolo del Sol (que representa el Cósmico Masculino). Presagiando este estado andrógino futuro de la humanidad, las dos columnas que custodian la entrada al Templo de la Masonería Mística son intituladas la Columna del Sol y la Columna de la Luna.

La figura sostiene en una mano el Triángulo (compás), que representa la fuerza masculina y se correlaciona con el número Tres. En la otra mano sostiene una Escuadra, que representa la fuerza femenina y se correlaciona con el número Cuatro. La unión de estos dos números nos da Siete, que uno de los Números de Poder de la ciencia cabalística, y significa el completo equilibrio, o el descanso después de una larga y ardua labor. La Biblia ordena al hombre trabajar seis días y descansar en el séptimo día.

La labor de alcanzar el alto desarrollo simbolizado en la figura andrógina ha ocupado a la humanidad por el término de Seis Razas-Raíz que surgen de la Cuarta Revolución del Período Terrestre: Polar, Hiperbórea, Lemuriana, Atlante, la actual Aria o Quinta Gran Raza, y la próxima Sexta Gran Raza. La culminación de este Gran Trabajo será logrado por la Séptima Gran Raza, que no será realmente una “raza” como se entiende el término hoy, ya que las diferenciaciones raciales para entonces habrán llegado a su fin. Esta, la última y Séptima Raza, lleva la evolución humana a finalizar el Período Terrestre. De esta manera, sin saberlo, el hombre obedece el mandamiento bíblico de que trabaje seis días que descanse en el séptimo día.

Se ha de notar que el Andrógino espiritual se convierte en tal no de la manera de la carne mortal sino a través de poderes desarrollados del Espíritu doble que tiene su asiento en el cerebro.

De aquí las dos cabezas, que significan el total o completo florecimiento de ambos hemisferios del cerebro. La Creación es a través de la Mente, el Amor, y la Palabra.

Observamos además que el Andrógino está parado sobre el cuerpo de una enorme y feroz serpiente que indica que todas las fases de materialismo y sexualidad, y todos los otros atributos del hombre mortal, han sido elevados y transmutados en espíritu.

Alrededor del Andrógino se disponen los cinco planetas de nuestro sistema solar como se lo conocía en la antigüedad, y al cual pertenece nuestra tierra. El horóscopo del hombre de hoy parece englobar aspectos tanto buenos como malos, pero esto se debe a las condiciones imperfectas del propio hombre. Todas las fuerzas planetarias son buenas, independientemente de su aspecto para la tierra, y cuando el hombre se haya convertido en el Andrógino divino experimentará sólo influencias espirituales elevadas que emanan de las inteligencias planetarias porque habrá aprendido a sintonizarse con las armonías cósmicas y no hay nada en él que pueda responder negativamente a cuadraturas y oposiciones.

Otros sistemas solares pueden no tener precisa-mente el mismo número de disposiciones de planetas como el nuestro porque sus necesidades evolutivas son diferentes, pero los pode-res microcósmicos representados por nuestros planetas están presentes a través del universo, y esos poderes deben necesaria-mente crear algún canal a través del cual operar en áreas específicas.

La perfecta unión de poderes cósmicos masculino y femenino, o principios, constituye en términos bíblicos, el Matrimonio Místico. Cuando el hombre logre este Matrimonio, poseerá la verdadera sabiduría espiritual, que es la esencia y la nota clave del planeta Mercurio. Este es el planeta cuyo símbolo aparece entre las dos cabezas de hombre-mujer.

El Amor-como-poder es la expresión más elevada de Venus. En el Matrimonio Místico el Amor se convierte en el cumplimiento de la Ley.

Ninguna actividad es posible en ningún lugar del universo sin esa energía dinámica que está concentrada, para nuestro propio sistema solar, en el planeta Marte. Este planeta representa la fuerza ciega pura, que debe ser usada para fines constructivos, bajo la dirección del sabio Mercurio.

Júpiter significa la Paternidad de Dios, el Gran Benefactor, el dador de todas las cosas buenas en superabundancia. El anuncia la hermandad del hombre, que un día prevalecerá a través de toda la tierra cuando los hombres hayan llegado a conocerse a sí mismos verdadera-mente como Hijos de Dios.

Para los antiguos, Saturno estaba situado en los últimos límites del sistema solar. La tradición antigua dio testimonio de la existencia de misteriosos cuerpos celestes más allá de Saturno pero estos no figuran en sus cuadros y diseños.

Saturno representa la Ley Cósmica. El ideal supremo de Saturno es el Hombre Crístico. Su palabra bíblica clave es “Deja que el Cristo se forme en ti. “

En la base de este dibujo simbólico hay una esfera o círculo alado, lo que indica que el Gran Trabajo tendrá su comienzo en la entrante Era de Acuario, de la cual el hombre en su conjunto se alzará más allá del tiempo y del espacio y erigirá su trono en el círculo del firmamento, o Cielo Supremo, donde solo Dios ES y el hombre es uno con El

Porque el circulo es el símbolo del Eterno, aquello que es completo e inmutable, aquello que es perfecto, sobre el cual no puede hacerse mejora; y esto nos manifiesta que el Destino glorioso se ha hallado escondido en el Plan Divino para la humanidad desde el comienzo de los tiempos.

En el medio del pecho del Andrógino está inscripta la palabra latina Rebus, que significa “la consumación divina de todas las cosas”.

Este dibujo simbólicamente representa la meta de la búsqueda alquímica, el desarrollo de todo el hombre, que es el trabajo de las energías cósmicas, incluyendo las fuerzas terrestres, a través de las cuales opera el mundo inferior del deseo, simbolizado por el dragón que respirafuego. El Espíritu triple encarnado (Ego) en el cuerpo cuádruple (físico, vital, del deseo y mental) es mostrado por el triángulo y el cuadrado inscripto en el globo alado, símbolo de Mercurio.

Cuando Daniel Stolcius vio este y muchas otros grabados de cobre que ilustraban la Alquimia, escribió versos interpretativos para 107 de estas placas, que aparecieron bajo el título Viridium Chymicum, o El Jardín del Placer de la Química Los mismísimos grabados, del Conde Michael Maier y Daniel Mylius, quienes muestran clara influencia Rosacruz, aparecieron al mismo tiempo como Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz (1616): el verso de Stolcius para las ilustraciones anteriores se encuentra continuación:

El Primer Material
Yo soy el dragón porque manejo
El veneno mortal del cuerpo,
El león rojo siempre me ama
Y el verde me da placer.
Por muchos soy reconocido
Y llamado el huevo de la naturaleza.
Me voy volando a menos que
Uno me ate con moderación.
Tengo muchas formas y colores,
Y llevo dentro de mí poderes masculinos y femeninos.
Recreo al cuerpo humano
Y a todos los metales.


FUENTE: EL AMARNA - ABRIL 2008

ÁRBOL Y HOMBRE EN EL ARTE DE CHAGALL

MARC CHAGALL 
EL ÁRBOL DE LA VIDA

Marc Chagall fue un pintor judío ruso que por su tradición religiosa no hubiera debido pintar. En el judaísmo están prohibidas las imágenes figurativas: se considera que a Dios se le puede oír, escuchar su palabra, pero no ver. Por eso la letra es tan importante pues asume toda la representación del mundo, o quizá deberíamos decir de los dos mundos, el holam ha-ze, o este mundo, y el holam ha-ba, o el mundo por venir.

La decisión de Chagall de dedicarse a la pintura significó, según explica Lluís Duch: “una ruptura total, si no con una prohibición formal, como se ha dicho algunas veces, sí, al menos con una tradición muy arraigada en el sentido que la pintura no era oficio para un judío.” [1] Marc Chagall trasladó a su pintura muchos de los conceptos tradicionales en los que fue educado: el árbol del Paraíso, la zarza ardiente de Moisés… pero, sobre todo, sus árboles-hombre o sus hombres-árbol, que recogen la tradición bíblica que relaciona estrechamente al árbol con el hombre. Por eso, quisiéramos complementar las pinturas  de Chagall con algunos textos pertenecientes a la tradición cabalística judía respecto al contenido simbólico del árbol.

Para comenzar debe decirse que los cabalistas comparan al árbol con la Torá, tal como afirma en su Sefer ha-Rimon o Libro de la Granada, rabí Moisés de León, el autor del famoso Sefer ha-Zohar:  “Porque la Torá es denominada Árbol de Vida. Al igual que éste se compone de ramas, hojas, corteza, médula y raíces, y cada uno de estos elementos que lo componen puede ser llamado parte constituyente del árbol… también verás que la Torá contiene muchas cosas interiores y exteriores y todas forman una sola Torá y un solo árbol sin que se den diferencias”

Gershon Scholem, que recogió esta cita en su obra La cábala y su simbolismo [2], la comentó diciendo que al cabalista se le revela la unidad  de Dios como un organismo  en el que cada miembro contiene unas significaciones secretas que el místico auténtico debe descubrir. Así, lo que para el teólogo son atributos de la divinidad para el cabalista son hipóstasis, estadios de un proceso vital que está representado por el hombre, pero también por el árbol. Y dado que sus escritos son producto de su experiencia de un mundo que no es el del común de los mortales pues pertenecen al olam ha-ba, o mundo por venir, cuando la describen, deben referirse a dicha experiencia con palabras de este mundo que sólo son símbolos que remiten a la auténtica realidad que perciben. Por eso el lenguaje de los libros de la cábala se conoce como el Lenguaje de las Ramas. Respecto a ello, Yehuda Ashlag, el famoso traductor del Sefer ha-Zohar, escribió lo siguiente en la primera parte de su Estudio a las diez sefirot : “Los cabalistas eligieron un lenguaje especial al que se denomina Lenguaje de las Ramas. Nada sucede en este mundo que no tenga sus raíces en el mundo espiritual. Todo en este mundo se origina en el mundo espiritual y luego desciende. De esta forma, los cabalistas encontraron un lenguaje ya elaborado, con el cual transmitir fácilmente sus logros oralmente unos a otros o por escrito para las generaciones futuras. Tomaron los nombres de las ramas del mundo material: cada nombre es auto explicativo, indicando su raíz de origen en el sistema del mundo superior”.

En el comienzo mismo de la Escritura aparecen no uno sino dos árboles indisolublemente ligados al destino del hombre, se trata del Árbol de la vida y del Árbol del bien y del mal. Dos árboles o más bien uno solo. Dicho de otro modo, el árbol, como todos los símbolos, es doble, es decir tiene un doble sentido, uno despojado de las cortezas y visto en su esencia y el otro visto desde el exterior, desde las cortezas.

El Árbol de la vida surgió tras el siguiente mandato divino: Y Elohim dijo: Que la tierra produzca un árbol-fruto que da fruto según su especie… (Génesis 1, 11) Un árbol fruto, es decir, un árbol que todo él debía ser fruto, sin las cortezas que después de la caída lo recubrieron. Que tal desgracia fue consecuencia de la falta de Adán y Eva, aparece en el siguiente relato del Midrach Rabá (V-9) sobre este versículo del Génesis: “Que la tierra produzca lo verde (Génesis 1, 11) Hemos aprendido de Rabí Nahman: el juicio se abrió con tres acusados y se acabó con cuatro condenados, Adán, Eva, la serpiente y la tierra maldita con ellos, según las palabras: Maldita sea la tierra (Génesis 3, 17)… ¿Por qué la tierra fue maldita? Rabí bar Chalon dijo: Porque desobedeció la orden que le habían dado. El Santo, bendito sea, había ordenado: Que la tierra produzca lo verde… árbol fruto dando fruto” (Génesis 1, 11) al igual que el fruto, el árbol debía ser comestible. Pero la tierra no lo hizo: La tierra hizo salir… el árbol dando fruto (Génesis 1, 12) –el fruto era comestible pero no el árbol”.

Evidentemente se trataba de un árbol extraordinario que al principio de los tiempos fue plantado en su tierra por el propio Santo, bendito sea, para el deleite de los humanos. De él todo dependía y todo procedía como aparece escrito en el Sefer ha-Bahir, 22:  “Yo soy aquél que he plantado este árbol para que todo el mundo se deleite en él y con él, he curvado el universo y he denominado su nombre Col (‘todo’); porque de él depende todo y todo procede de él, y todo está necesitado de él. “

La descripción que de este árbol se hace en el Sefer ha-Bahir concuerda con la que aparece en otro apartado de la misma obra (102) para describir al hombre justo de la tradición judía. Por y para él, el mundo ha sido creado y solo subsiste gracias a él:  “Una columna se eleva de la tierra al cielo y su nombre es tzadik (el justo). Si hay justos en la tierra, ésta se fortifica, si no, se debilita y el mundo no puede subsistir. Sobre él se apoya el mundo entero, de ahí que se diga: el justo es el fundamento del mundo (Proverbios 10, 25). ”

En el Sefer ha-Zohar  (t. I, pp. 82a-82b) se comenta este versículo de Proverbios y se afirma lo mismo respecto al justo, al tiempo que se le compara con el árbol: “Rabí Itzhak abrió y dijo: Está escrito: Florecerá el justo como una palmera, crecerá como el cedro del Líbano. (Salmos 92, 13) Ya que de la misma manera que el cedro del Líbano se eleva por encima de los otros árboles y estos se encuentran por debajo de él, así el justo se eleva por encima de los otros hombres y éstos están bajo su protección. El mundo subsiste por el mérito de un solo justo, tal como está escrito. El justo es el fundamento del mundo. (Proverbios 10, 25).”

El justo de la tradición hebrea sobre quien el mundo se sustenta y que se compara a un árbol del que todo depende, no es otro que el Mesías, pues, antes que cualquier otra cosa, Dios creó el árbol mesiánico. Y no se trata de una afirmación gratuita pues en Zacarías 3, 8, por ejemplo, se habla de la venida de un hombre llamado “germen”: He aquí que yo voy a traer a mi siervo `germen’, que en la versión griega se traduce por “sol naciente”. La palabra hebrea utilizada es zama, que también quiere decir “brote verde” y que se emplea para referirse al Mesías que ha de surgir de la casa de David. Por otro lado, en otro versículo, se insiste en la venida de “germen”: He aquí un hombre cuyo nombre es ‘Germen’ y de debajo de él germinará y se construirá el templo. (Zacarías 6, 12). Hay que añadir que el verbo zama significa “crecer”, “germinar” pero también “lucir”, “brillar”, de modo que podría decirse que este germen es también la palabra mesiánica, aquella que: es luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. (Juan 1, 9).

Sin embargo y como hemos visto, el Árbol de vida, que fue creado al principio para iluminar a todo hombre que viniera a este mundo, necesitaba de una tierra, la del jardín del Edén, y de la lluvia de los cielos, o la bendición, para crecer, tal como se explica al principio del capítulo 13 del Midrach Rabá: “Y ningún matorral estaba todavía sobre la tierra (Génesis 2, 5) y se compara con: Y Adonai Elohim había hecho crecer a todos los árboles (Génesis 2, 9) Dijo rabí Hanina: El segundo versículo se refiere al jardín del Edén y el primero al mundo habitado. Según rabí Haia, tanto el uno como el otro no han producido las plantas hasta la caída de la lluvia”.

Esta agua especial de la que se habla en el Midrach Rabá es imprescindible para que tanto el árbol como el hombre, es decir, la semilla mesiánica,  germinen. Cuando el hombre fue privado del Jardín y su luz se apagó cubriéndose de cortezas, también el árbol se quedó sin su tierra y sin su agua, convirtiéndose entonces en un árbol seco. Por eso, ambos necesitan de la lluvia de los cielos –que es la bendición– para germinar y reverdecer de nuevo. Pero, ¿cómo hacer para que caiga esta lluvia benéfica de los cielos? En el Sefer ha-Zohar (t. XVI, p. 200a) se explica que la única manera de de conseguir esta agua es mediante el estudio de la Torá: “¿Por qué se relaciona: Y será como un árbol (Salmos 1, 2-3) con quien se dedica a la Torá? Y se responde. El que se dedica a la Torá día y noche no será como un árbol seco sino como un árbol plantado cerca de una corriente de agua”.

De ello es fácil deducir que el agua que necesitan tanto el árbol como el justo es naturalmente la Sabiduría, como aparece escrito en el apartado 119 del Sefer ha-Bahir: “¿Y qué es este árbol del que has hablado? Él le dijo: Todas las fuerzas de Dios se hallan superpuestas unas a otras, y se asemejan a un árbol; así como el árbol produce sus frutos a causa del agua, igualmente Dios hace crecer las fuerzas del árbol por medio del agua. Y ¿qué es el agua del Santo, bendito sea? Es Hokmah (la Sabiduría) y eso son las almas de los justos que vuelan desde la fuente al gran canal que asciende y se queda adherido al árbol…”.

Existe otro árbol importante en la tradición de la cábala, se trata del árbol sefirótico o el árbol de las sefirot, compuesto por una serie de atributos de la divinidad, diez en total, uno de los cuales, situado en el origen de todos los demás es precisamente Hokmah, la Sabiduría, que debe fluir por los canales que unen todo el conjunto de las sefirot. Scholem en su obra Las grandes tendencias de la mística judía, describe este árbol como un organismo místico en el que los atributos de Dios se hallan representados y añade que todas las cosas existen sólo por el poder de las sefirot. Se trata de un árbol invertido cuyas raíces están en el Ein Sof, es decir, aquel aspecto de la divinidad que no se conoce ni puede ser definido, y se extienden hasta Malcut, o el reino, el lugar donde estos atributos divinos se manifiestan. Por este árbol todas las fuerzas de la creación descienden y ascienden en un movimiento continuo y vivificante.

Por último, quisiéramos presentar unos fragmentos que pertenecen a dos obras fundamentales del pensamiento cabalístico, el primero procede de los Pirqué de rabí Elietzer y los siguientes del ya conocido Bahir, una obra maestra junto con el Sefer ha-Zohar de esta tradición. A partir de ellos puede concluirse que el árbol del que se habla en las Escrituras, a pesar de que se describa de maneras distintas, si aparece siempre tan estrechamente relacionado con el hombre es porque, justamente, ha de germinar en su interior. Encontrarlo es encontrar la verdadera Torá, comparada también a un árbol. Encontrar la verdadera Torá sería encontrar el espíritu vivo y vivificante de las Escrituras, la Hokmah, y no la letra muerta, imprescindible, pero que no es más que su corteza exterior. Por eso, en el capítulo XXI de los Pirqué, se dice lo siguiente: “Del fruto del árbol que está en medio del jardín. (Génesis 3, 3). Se enseña: Dijo rabí Zeirá: Del fruto del árbol, este árbol no es sino el hombre que es comparado a un árbol, ya que ha sido dicho: Pues el hombre es el árbol del campo (Deuteronomio 20, 19), que está en medio (en el interior)  del jardín, eso es un eufemismo de ‘lo que está en el interior del cuerpo’”.

También en el apartado 98 del Bahir se señala sin ninguna duda dónde se encuentra este árbol plantado por el Santo, bendito sea, en medio del campo o del jardín. Se trata de un comentario al versículo 40 del capítulo 23 del Levítico que dice: Y tomaréis el primer día ramas con el fruto del árbol hermoso: “Al igual que la palmera está rodeada de ramas y en su centro está el lulab -con otra pronunciación: lo leb, es decir, ‘en él, el corazón’-, así Israel ha tomado el cuerpo de este árbol que es su corazón. Simboliza la columna vertebral del hombre que es la parte esencial del cuerpo humano”.

Y un poco más adelante, en el apartado 176, se añade: “¿A qué corresponde el lulab? Corresponde a la columna vertebral”.

Cuando Chagall se instaló definitivamente en París, en 1922, se sintió mucho más libre en su expresión y quizá por eso pintó árboles que podrían incluirse dentro de la imaginería cristiana, pero que igualmente transpiran una espiritualidad, ligada al misterio cabalístico, en la  que aparecen unidos el árbol y el hombre.

En relación al cristianismo, hay que decir que la iglesia primitiva intentó eliminar las prácticas panteístas relacionadas con el árbol que todavía pervivían, pero ante la imposibilidad de lograrlo adaptó las antiguas creencias a la nueva fe. Así, como explica Gubernatis, el culto del árbol se convirtió en el culto a la cruz, cuya madera, según la Leyenda Áurea de Jacobo de la Voragine, procedería del mismo árbol del Paraíso. En dicha Leyenda se dice que la cruz se habría levantado sobre el sepulcro de Adán, de modo que gracias a la sangre que brotó de las heridas del Salvador, Adán habría sido redimido y, con él, toda la humanidad.

La historia que cuenta de la Voragine sobre el origen de la madera de la cruz es muy hermosa y,  aunque se conocen múltiples versiones, en todas ellas aparece la relación del árbol del Paraíso con la cruz del Salvador. ­­Comienza con el viaje de Set al Paraíso para obtener el oleo de la misericordia para su padre Adán, que está moribundo. Allí es recibido por un ángel que le da unas semillas y a través de la entrada contempla tres visiones: un árbol seco, origen de cuatro ríos, una serpiente enroscada en su tronco y el mismo árbol verde con un niño recién nacido, cuyas raíces se hunden hasta el infierno.  Set regresa junto a su padre pero no llega a tiempo de encontrarlo con vida. Entonces siembra las semillas bajo la lengua de su padre muerto. Del cadáver nacen tres tallos que se convertirán en el árbol del que se tallará la cruz del Redentor.

La idea de identificar el Árbol del bien y del mal con el Árbol de la cruz de la redención es muy antigua pues san Ireneo, en el siglo II, ya explicó que la perdición del hombre vino por el Árbol del paraíso y su salvación por la madera del Santo leño, es decir, que aquello que originó la caída del hombre, eso mismo, convertido o santificado, es también la causa de sus salvación.
Otro árbol mítico que aparece en las obras de Chagall es el árbol de Jesé, que representa, entre otras cosas, la genealogía de Cristo. Su origen se halla en un versículo de Isaías que anuncia lo siguiente: “Saldrá un vástago del tronco de Isaí  (Jesé), y un retoño de sus raíces brotará, y reposará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría (Hokmah) y de intelecto (Binah). (Isaías 11, 1). Al vástago, san Jerónimo lo tradujo por vara, virga, una palabra muy semejante a virgen, virgo, por lo que en algunas representaciones en vez de la genealogía de Cristo aparece la Virgen como un árbol con su retoño, que es Jesús. A partir de esta relación, un poco forzada, pero que encierra una profunda enseñanza, se entiende que se haya identificado el Árbol de Jesé con el símbolo de la generación pura y santa, que es la Virgen, en oposición a la generación del hombre caído. Este árbol es santo porque su semilla también lo es, como aparece en la primera epístola de Pedro, por ejemplo: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre.” (1, 23)

Según Orígenes en su comentario a la Epístola a los Romanos 6, 5, el árbol sería el mismo Cristo, el Mesías de la tradición hebrea, en quien debemos ser injertados “por un nuevo y admirable don” para resucitar con él. Se trata de un árbol que posee las mismas virtudes que la tradición judía otorgó al Justo: él es el centro de todas las cosas y su lugar de reposo. Eso es lo que se desprende  de las palabras de Hipólito, obispo de Roma en el siglo tercero, en uno de sus sermones de Pascua: “Este árbol, tan vasto como los cielos, ha crecido desde la tierra al cielo. De especie inmortal se alza entre el cielo y la tierra. Es el centro de todas las cosas y su lugar de reposo es el fundamento del globo terrestre, el centro del cosmos. En él, todos los diversos aspectos de nuestra naturaleza humana se funden en la unidad. Está firmemente sujetado por los clavos invisibles del espíritu, de manera que nada puede arrancarlo a lo divino, tocando a las más altas cumbres del cielo, tiene el pie sólidamente anclado en la tierra y abraza con sus brazos innumerables todo el espacio intermedio”.[3]

Decir que los árboles de Chagall conmueven al espectador por su simbolismo axial, es decir, la unión del cielo y la tierra,  como aparece reflejado en esta última cita, sería cierto, pero decir que lo conmueven y trastornan porque le susurran el misterio más íntimo y sublime del hombre, lo sería aún más.


[1] Citado por L. Duch, Un extraño en nuestra casa, Herder, Barcelona, 2007, p. 194.

[2] Cf. G. Sholem, La cábala y su simbolismo, Siglo XXI, Madrid, 1979, pp. 49-51

[3] Citado por M. Creus, “Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija” in http://www.lapuertaonline.es/ar62.html

FUENTE: ARS GRAVIS. AUTORÍA: LLUISA VERT. ENSAYO SOBRE EL SIMBOLISMO DEL ÁRBOL BÍBLICO A PARTIR DE TEXTOS CABALÍSTICOS Y PINTURAS DE MARC CHAGALL SOBRE EL TEMA.





CÓMO DESMONTAR EL ODIO SOCIAL - REFLEXIÓN DE LEONARDO BOFF

Cómo desmontar el odio social
por Leonardo Boff

Estamos constatando que existe actualmente mucho odio y mucha rabia en la sociedad, sea por la situación general de insatisfacción que atraviesa la humanidad, sumergida en una profunda crisis civilizacional, sin que nadie pueda decirnos cómo superarla ni hacia donde nos podría conducir este vuelo ciego. El inconsciente colectivo detecta este malestar como ya antes lo describiera Freud en su famoso texto El malestar en la cultura (1929-1930) que, de alguna forma, preveía las señales de una guerra mundial.

Nuestro malestar es singular y deriva de las varias victorias del PT con sus políticas de inclusión social que han beneficiado a 36 millones de personas y elevado 44 millones a clase media. Los privilegiados históricos, la clase alta y también la clase media se han asustado con un poco de igualdad conseguida por aquellos que estaban fuera. El hecho es que por un lado hay una espantosa concentración de la renta y, por el otro, una desigualdad social que se cuenta entre las mayores del mundo. Esa desigualdad, según Marcio-Pochmann en el segundo volumen de su Atlas da exclusão social no Brasil (Cortez 2014), disminuyó significativamente en los últimos diez años pero todavía es muy profunda, factor permanente de desestabilización social.

Como bien lo notó el economista y buen analista social del partido del PSDB, Luiz Carlos Bresser Pereira, y fue asumido en su columna dominical (8/3) por Verissimo, tal hecho «hizo surgir un fenómeno nunca antes visto en Brasil, un odio colectivo de la clase alta, de los ricos a un partido y a un presidente; no es preocupación o miedo, es odio…; la lucha de clases volvió con fuerza, no por parte de los trabajadores, sino por parte de la burguesía insatisfecha».

Estimo correcta esta interpretación que corrobora lo que escribí en este espacio con dos artículos ¿Qué se esconde detrás del odio al PT? . Es el surgimiento de millones de personas que eran los ceros económicos y que empezaron a adquirir dignidad y espacios de participación social, ocupando lugares antes exclusivos de las clases acomodadas. Esto provocó rabia y odio a los pobres, a los nordestinos, a los negros y a los miembros de la nueva “clase media”.

El problema ahora es cómo desmontar este odio. Una sociedad que se deja llevar por ese espíritu destruye los lazos mínimos de convivencia sin los cuales no se sustenta. Corre el riesgo de romper el ritmo democrático e instaurar la violencia social. Después de las amargas experiencias que hemos tenido de autoritarismo y de la penosa conquista de la democracia, debemos evitar por todos los medios las condiciones que vuelvan el camino de la violencia incontrolable o irreversible.

En primer lugar, en la línea sabia de Bresser Pereira, se hace urgente un nuevo pacto social que vaya más lejos del creado por la constitución de 1988, pacto que reúna a empresarios, trabajadores, movimientos sociales, medios de comunicación, partidos e intelectuales, que distribuya mejor las responsabilidades para la superación de la actual crisis nacional (que es global) y que claramente convoque a los rentistas y a los grandes ricos, articulados generalmente con los capitales transnacionales, a dar su contribución. Ellos también deben ser un Simón Cireneo que ayudó al Maestro a cargar la cruz.

Hay que cambiar no solo la música sino también la letra. En otras palabras, es importante pensar más en Brasil como nación y menos en los partidos. Estos deben dar centralidad al bien general y unir fuerzas en torno a unos valores y principios fundamentales, buscando convergencias en la diversidad, en función de un proyecto-Brasil viable y que haga menos perversa la desigualdad, otro nombre para la injusticia social. Estimo que maduramos para esta estrategia del gana-gana colectivo y que seremos capaces de evitar lo peor y así no gastar tiempo histórico que nos retrasaría más de cara al proceso global de desarrollo social y humano en la fase planetaria de la humanidad.

En segundo lugar, creo en la fuerza transformadora del amor como está expresado en la Oración de San Francisco: donde haya odio, que yo lleve amor. El amor aquí es más que un afecto subjetivo, adquiere una forma colectiva y social: el amor a una causa común, amor al pueblo como un todo, especialmente a aquellos más castigados por la vida, amor a la nación (necesitamos un sano nacionalismo), amor como capacidad de escuchar las razones del otro, como apertura al diálogo y al intercambio.

Si no encontramos ni escuchamos al otro, ¿cómo vamos a saber lo que piensa y pretende hacer? Empezamos entonces a imaginar y a proyectar visiones distorsionadas, a alimentar prejuicios y destruimos los puentes posibles que unen las orillas.

Necesitamos dar más espacio a nuestra “cordialidad” positiva (pues la hay también negativa) que nos permite ser más generosos, capaces de mirar hacia delante y hacia arriba, dejar atrás lo que quedó atrás, y no dejar que el resentimiento alimente la rabia, la rabia el odio, y el odio la violencia, que destruye la convivencia y sacrifica vidas.

Las Iglesias, los caminos espirituales, los grupos de reflexión y acción, especialmente los medios de comunicación y todas las personas de buena voluntad pueden colaborar en desmontar esta carga negativa. Y contamos para eso con la fuerza integradora de los contrarios que es el Espíritu Creador que traviesa la historia y la vida personal de cada uno.