jueves, 7 de enero de 2016

IBN BAYYÁ (AVEMPACE): DE EMPÉDOCLES A LA ALQUIMIA - EL FUEGO INTERNO DEL MUNDO

El fuego en la alquimia vegetal de Ibn
Bayyá (Avempace)

No es concebible la transformación de materia alguna sin el fuego y, por ende, tampoco la transmutación de la propia alma hasta ser purificada de su
mancha original

por Ángel Alcalá Malavé (*)

Para comprender en toda su dimensión y profundidad el tratado Sobre las plantas del zaragozano Ibn Bayyá, es preciso retroceder en la Historia de la Filosofía hasta los presocráticos, y más concretamente, a Empédocles, pues no por casualidad, el gran filósofo árabe que reformuló al filósofo de Agrigento decidió adoptar como sobrenombre Pseudo-Empédocles. Y tampoco fue casualidad que de todo el árbol cosechado por su abundante sabiduría, retornara en todo su fulgor uno de sus conceptos más jugosos: el fuego. Porque no es concebible la transformación de materia alguna sin él –incluido el mundo vegetal-, y por ende, tampoco la transmutación de la propia alma hasta ser purificada de su mancha original: que no otra cosa persiguieron los auténticos alquimistas, y la famosa transformación del plomo en oro que llegó a oídos del vulgo, no fue sino la evidencia física de esta eterna verdad.

De Empédocles a Teofrasto

Con toda seguridad, si hubiera perdurado el poema de seis mil versos que Empédocles tituló Sobre la medicina, habría sido mucho más fácil recomponer todas las piezas de su pensamiento, esbozado en los fragmentos conservados de sus otros dos libros que han llegado a la posteridad: Sobre la Naturaleza de los seres, y Las purificaciones, muy
comentados por todos los filósofos posteriores a él, desde Platón, Aristóteles o los neoplatónicos, y una vez traducidos, también por los filósofos musulmanes; y después Santo Tomás, la Escolástica, y todo el mundo europeo. Hasta tal punto esto es así, que aún en este comienzo de siglo XXI ha dejado huella el ensayo sobre Empédocles y la tradición pitagórica de Peter Kingsley, donde de nuevo reinterpreta uno de los mayores misterios de la Filosofía Antigua: ¿A qué cuatro elementos asigna Empédocles el nombre cambiante de los dioses mitológicos?

No es éste el objeto de este artículo, pero sí incidir en la pertenencia del sabio agrigentino –filósofo, poeta, sanador, con dotes proféticas…es decir, un anthropos teleios- a la áurea cadena de la filosofía hermética, como creo haber demostrado en mi ensayo Origen alquímico de la homeopatía y terapia floral: de Egipto a Platón, de al-Ándalus a Edward Bach (ed. Bubok, 2011). Pues es desde estos presupuestos como entendemos con mayor amplitud y profundidad su concepto del mundo, así como las ramas de un árbol se explican desde una misma raíz.

Así, por ejemplo, cuando Empédocles afirma “como Cypris después de empapar la tierra con agua, actuando sobre las formas, las expuso al fuego ágil para endurecerlas” (frag. 73), haciendo ya alusión a la enorme importancia del fuego existente en las entrañas de la Tierra.

O en estos otros versos, donde expone la teoría de atracción entre los símiles: “…Así lo dulce se apodera de lo dulce, lo amargo de lo amargo, lo picante de lo picante, y locálido de lo cálido” (frag. 90). “Pues vemos la tierra por la tierra, el agua por el agua, el aire por el aire celeste, el fuego igualmente por el fuego destructor, el amor por el amor, y el odio por el funesto odio” (frag.109).

Teofrasto, al que tanto deberán los estudios botánicos posteriores, al comentar el tema de los sabores desarrollado por Demócrito, afirmará: “Demócrito, que relaciona cada gusto con una figura de los átomos, dice que lo dulce depende de los átomos redondos y de tamaño mediano; lo acre, de átomos grandes, ásperos, con muchos ángulos y no redondeados; lo ácido, como su nombre lo indica, de los que son agudos en cuanto a su masa, angulosos, curvos, tenues y no redondeados; lo agrio, de átomos redondos, tenues, angulosos y curvos; lo salado, de átomos angulosos, de tamaño mediano, tortuosos, aunque con partes iguales; lo amargo, de los redondeados, lisos, con cierta curvatura y de tamaño pequeño; lo graso, de los tenues, redondos y pequeños” (Teofrasto, De causa plant. VI, 1, 6). 

Como puede deducir el lector, entre el mundo invisible de las Ideas propuesta por Platón, y el de la percepción demostrable a través de los sentidos defendida por Aristóteles, todas estas categorías tendrán su peso e importancia, y serían consideradas por Ibn Bayyá no sólo en su teoría botánica.

Porque es merced a ese fuego interno del mundo, de ritmo lento y contínuo –proseguimos con Empedocles-, como “la tierra bienhechora recibió en sus vastos crisoles de ocho, dos partes del resplandor de Nestis, y cuatro de Hefaistos: y esto convirtió los huesos en blancos, unidos de una manera maravillosa por los cimientos de la armonía” (frag. 96).

El fuego central de las entrañas de la Tierra ya fue previamente formulado por los pitagóricos occidentales del siglo V. a.C. Un fuego donde unos siglos antes, el gran poeta Homero –el primero en hablar de la “áurea cadena”- situó el Tártaro en su Ilíada, y que también recibiría otras denominaciones igualmente sugerentes: “Prisión de Zeus”, “Torre de defensa de Zeus”, o “morada de Zeus”. Por eso, y dentro del esquema geocéntrico desde el que nos estamos moviendo, no extraña que Platón calificara al punto central del Universo, en su Critias, como el lugar más honorable de todos los posibles.


Imposible resulta, a efectos de espacio, detenernos a analizar este concepto crucial de la filosofía griega –y hermética- a lo largo de todos sus eslabones más representativos, pero sí cabe detenerse en una reflexión: cuando Santo Tomás de Aquino –que tanto leyó a Ibn Bayyá, al que cita con su nombre latinizado (Avempace), así como Alberto Magno o Roger Bacon- escribió en su Summa Theológica (parte 3, suplemento, cuestión 97, artículo 7) este concepto del fuego, sin duda alguna hemos de inferir que su transmisión a través de la puerta andalusí fue impecable. He aquí el citado pasaje:

“Pitágoras situó el lugar de castigo (locus poenarum) en una esfera de fuego que dijo que existía en el centro de todo el universo; y denominó esta región `prisión de Zeus´ (carcerem iovis), como resulta claro a partir de la lectura de Aristóteles. Sin embargo, afirmar que está situado bajo la tierra se ajusta más a la Escritura”. ¿A qué prisión se están refiriendo? Sin duda alguna, a la que Hesíodo narra en su Teogonía, al referirse al Tártaro como la prisión donde fueron encadenados los Titanes como castigo por su rebelión? Mas dejemos este aspecto del problema, y centrémonos en el fuego en sí. 

Porque detrás de una interpretación semejante, que no pocos filósofos griegos no supieron interpretar en su sentido profundo, podemos atisbar a dos grandes filósofos musulmanes: Ibn Sina, y antes de él, al Pseudo-Empédocles árabe.

Ibn Bayyá no partió de la nada al escribir su teoría botánica, pues aunque es muy improbable que cayera en sus manos la traducción árabe de Teofrasto, es evidente que sí supo conceder al fuego la importancia debida, como ya se hace patente en el propio discípulo de Aristóteles y director de su famoso Liceo tras la muerte del Estagirita, pues los tres pertenecieron a la áurea cadena. Porfirio, en el libro II de De Abstinentia, expone en sus excerpta cómo Teofrasto era un decidido defensor de la teoría de la “simpatía universal”, según la cual todos los seres vivos están unidos por una cadena de afinidades, teoría que también sería muy defendida por los neoplatónicos, como Proclo, por ejemplo, al que es muy posible que sí leyera Ibn Bayyá.

En su Historia de las Plantas, Teofrasto menciona tanto a Demócrito como a Empédocles, y también a Anaxágoras, Diógenes de Apolonia o Hipón de Samos, y de este hermoso tratado suyo vamos a extraer sólo algunas citas pertinentes, que revelan cómo llevó también al mundo vegetal esta teoría de lo semejante que es atraído por lo semejante. Por ejemplo, ya en el capítulo I de su Libro I, donde literalmente afirma: “Intentaremos hablar de cada una de las partes de la planta, después de enumerarlas. 

Las principales, las más importantes y que además, son comunes a la mayoría de las plantas son: la raíz, el tronco, la rama y los brotes, partes todas gracias a las cuales uno puede distinguir en las plantas miembros como en los animales, pues cada uno de ellos es distinto de los demás y todos unidos constituyen el todo”. He aquí dos conceptos importantísimos que también veremos en Ibn Bayyá: la planta como una unidad, y su consideración como “individuo vegetal”, término que ya aparece en el propio Teofrasto.

De la importancia del fuego en la vida del vegetal, dejó testimonio en varios pasajes, como éste: “Parece que las raíces de todas las plantas se adelantan en el crecimiento a las partes aéreas. En efecto, el crecimiento se verifica hacia abajo. Pero la raíz no se dirige hacia abajo antes de que llegue el sol, pues el calor es la causa del crecimiento; sin embargo, la naturaleza del suelo, que puede ser ligero, flojo y poroso, contribuye en gran manera al arraigo profundo y, todavía más, a producir raíces largas, porque en terrenos de esta naturaleza el crecimiento se incrementa y es más enérgico (…) Las plantas jóvenes, cuando llegan al apogeo de su crecimiento, tienen las raíces más profundas y más largas que las ancianas” (Teofrasto, op. cit. Libro I, cap. VII).

Como no podía ser de otra manera, Teofrasto –al igual que después Ibn Bayyá- también
aplica la teoría humoral hipocrática al mundo vegetal, pues a cada humor o temperamento corresponderá un elemento: agua (linfático), tierra (bilis negra), aire (sanguíneo), fuego (biliar). Así, en el capítulo XII del mencionado Libro I afirma: “El humor de los árboles, según se ha dicho ya, presenta diferentes modalidades de gustos
(…) En términos generales, cada árbol posee un jugo propio de su especial naturaleza, y podría añadirse que cada planta, ya que cada planta posee un determinado temperamento y mixtión de humores, que indudablemente aparecen también como propios en los frutos correspondientes. En la mayoría de éstos se adivina una similitud con la planta, que no es exacta ni aparente, sino que se aprecia sobre todo en el pericarpio, y éste es el motivo de que la naturaleza del jugo presente un aspecto de madurez genuina y completa. De hecho, hay que considerar a este jugo como materia y al otro como forma o sustancia específica”.

La correspondencia entre el Cielo y su reflejo, la Tierra, para tener en cuenta el momento exacto en que se han de producir las labores agrícolas, ya la hallamos en el capítulo VI de su Libro II: “Hay quien trasplanta en primavera, pero los habitantes de Babilonia lo hacen cuando surge la constelación de Can, que es el momento en que lo hace la mayoría, generalmente porque en esta estación el árbol germina y crece más rápidamente”.

Así pues, la relación de la teoría humoral hipocrática con el mundo de la agricultura muy seguramente ya pudo llevarse a cabo desde antes del médico de Cos y padre de la medicina –y decidido defensor de la curación por los símiles. Esta afinidad entre Hipócrates y Demócrito ya la vio Barnett al comparar el Corpus hipocrático con el de Demócrito, al que se le asignó la autoría del Gran Diakosmos, obra que con toda seguridad escribió su maestro Leucipo. En cualquier caso, parece evidente que detrás de ellos existía una escuela que atribuía al maestro que les enseñaba la autoría de todos los tratados, sin duda por él dirigidos. Este hecho, nada ajeno a la cadena hermética, también lo contemplaremos en el Corpus hermético más importante –por su calidad y cantidad- de la Historia: el de Yabir Ibn Hayyán.

Proclo y sus Himnos al fuego

Una vez analizada la importancia del fuego en la Tierra y el mundo vegetal, pasemos a
esbozar –siquiera levemente- su peso en la transmutación del alma para su posterior elevación, aspecto que ya vemos en el famoso Banquete de Platón. Por eso no es extraño que, de entre todos los neoplatónicos que esto reflejaron –Porfirio, Siriano, Jámblico, Damascio…- fuera especialmente tratado por uno de los más interesantes, Proclo, tan leído por los sabios andalusíes. En sus Himnos, ya refleja cómo el alma va uniéndose a los distintos dioses del panteón neoplatónico –es decir, las esferas planetarias-, hasta lograr alcanzar al Uno, que en Proclo se identifica con el Bien. Un Proclo que no dejó de considerar a Orfeo, Hesíodo y Homero como el canon de los poetas divinos.

Así, nos encontramos con un Himno a Helio, al que denomina “corazón del cielo” –del
mismo modo que el corazón del microcosmos humano será regido por el sol-, y donde este astro ocupa la posición central dentro de su jerarquía planetaria, coincidente con la de los caldeos y el propio Tolomeo. En efecto, en su Teología platónica, identificará a Helio con Apolo –el Musageta, el director del concierto de las nueve Musas-, y lo asignará a la tríada elevadora de los dioses hegemónicos que guían al alma humana hacia el intelecto divino: “Escucha, rey del fuego intelectivo, Titán de áureas riendas, (…) tú que tienes la llave de la fuente sustentadora y distribuyes desde lo alto en los mundos materiales la abundante corriente de la armonía. (…) Los planetas que se ciñen tus antorchas siempre encendidas, siempre bajo correas incesantes e infatigables, envían destellos vivificadores a los hombres.(…) Y el estruendo de los elementos que van unos contra otros cesa desde que has aparecido tú, hijo de un progenitor inefable”.

O, por ejemplo, esta afirmación que realiza en su comentario In Parménides: “Escuchad, dioses, poseedores del timón de la sabiduría sagrada, que habiendo encendido el fuego que eleva las almas de los mortales, las atraéis hacia los inmortales, habiendo abandonado ellas la caverna tenebrosa, una vez purificadas por 
los inefables misterios de los himnos”.

O este otro Himno al dios caldeo o canción del fuego:
“…Convirtámonos en fuego, caminemos por el fuego.
Tenemos un camino fácil para la ascensión;
el Padre nos guía desplegando caminos de fuego.
Y nunca fluyamos como corriente profunda del olvido”.

Por consiguiente, sin la presencia de ese fuego central de las entrañas de la Tierra resultarían imposibles todos los procesos y ciclos que hallamos en la Naturaleza. Y sin la presencia del fuego como elemento externo a nosotros, tampoco sería realizable, por analogía, la necesaria purificación del alma, a través del fuego interno existente en el alma del hombre. Sin perder este hilo de oro conectado a la Medicina, muchos siglos más tarde que Proclo, afirmará el insigne Paracelso: “así pues, el que la Medicina y los médicos sean obra de Dios explica por qué una y otros han sido creados del fuego y en el fuego” (Paracelso, Obras Completas, ed. Comunicación, p. 122). 

Paracelso, el famoso médico alquimista suizo al que Giordano Bruno criticó que se había valido de los criterios médicos expuestos por Raymond Llull sin mencionarlo. Claro que el místico mallorquín –que por algo quiso aprender árabe aunque le llevara nueve años de su vida- bebió directamente de la fuente andalusí, como por ejemplo del propio Ibn Arabí, como hace ya más de un siglo empezó a señalar Codera. 

Ibn Bayyah (ابن باجة) de nombre completo Abu Bakr Muhammad 
                       ibn Yahya ibn al-Sa'ig ibn Bayyah (أبو بكر محمد بن يحيى بن الصايغ), 
     más conocido como Avempace, fue un filósofo de Al-Ándalus
       nacido en Zaragoza, capital de la Taifa de Saraqusta
                 hacia 1080 y muerto en Fez en 1139 que cultivó además la medicina
            la poesía, la física la botánica, la música y la astronomía.

El fuego en la alquimia vegetal de Ibn Bayyá

Sin duda, el breve pero profundo tratado de Ibn Bayyá Sobre las plantas es un claro exponente de ello. Por eso, de entre todas las perspectivas desde la que puede ser analizado, optaremos por la que él mismo adoptó como médula que actúa desde las entrañas de su propio escrito, pues es desde esta invisible columna vertebral del fuego y su interacción con los elementos, como él propone el estudio del mundo vegetal. Ya lo afirma desde su primera frase:

“El vegetal es uno de los seres naturales y su estudio constituye una parte de la ciencia física; por lo tanto, todo el que cultive la ciencia de la naturaleza debe investigar el vegetal y sus especies”. (Miguel Asín Palacios, “Avempace botánico”, Al-Ándalus, Tomo V, p. 279)

Si definimos al físico con la concepción que hoy en día tenemos, no alcanzaremos a comprender la perspectiva desde la que su autor lo decía, pues que físico era el hombre que estudiaba en profundidad las leyes de la Naturaleza…y por lo tanto, la interacción de los cuatro elementos. La Física actual lo hará desde unas claves materialistas, como partículas o sustancias bioquímicas que interaccionan entre sí, pero la Física tal y como fue entendida desde la Antigua Grecia hasta la España andalusí (y si me apuran, hasta el Renacimiento, antes de que Boyle destruyera la creencia en los cuatro elementos para analizarlos como sustancias atómicas) era entendida como un estudio de la Naturaleza en tanto que emanación del Alma del Mundo, surgida del Intelecto divino. De ahí que la Física fuera mejor comprendida desde sus presupuestos metafísicos, y éstos, desde las claves espirituales, que en el caso de Ibn Bayyá no fueron sólo las lecturas filosóficas ya analizadas, sino éstas debidamente engarzadas con el Islam.

El primer guiño hermético al fuego ya aparece al hablar de la generación de la planta con esta reflexión: “Y por eso, el que dice que la tierra es la madre de la planta y que el sol es su padre, merece más que se diga de él que ha acertado” (op. cit., p. 281), que recuerda sin duda a la máxima de la Tabula Smeragdina traducida en al-Ándalus ya en tiempos del califa Alhakem II: “El Sol es su padre, la Luna su madre, el viento la ha llevado en su seno, y es la tierra su nodriza”, aunque aquí no se refiera a la planta.

Ibn Bayyá admite, como no podía ser de otra manera, que el ser vegetal tiene alma vegetativa, pues “todo vegetal se nutre, y todo lo que se nutre sírvese, según lo hemos escrito en el Libro del Alma, de un calor físico, con el cual altera el alimento. Ahora bien, el alimento de la planta es evidente por sí mismo que procede del agua y de la tierra, puesto que toda planta perfecta está adherida a la tierra y en ésta vegetan sus raíces, y si le falta el agua, aridece y se seca. Además, en toda planta hay cierta humedad, como evidentemente se observa en su raíz, su corteza, su madera y sus hojas, o al menos en alguna de estas partes.

Luego en toda planta existen dos potencias o virtudes: la una, del género de la potencia de la tierra, y la otra del género de la potencia del agua. Asimismo, existe también en la planta otra potencia, del género del fuego, si bien ésta no es evidente que exista en las plantas todas, como por ejemplo, en las que viven dentro del mar” (op. cit. p. 290) 

Tras clasificar previamente a las plantas en perfectas –las que tienen raíz- e imperfectas –las que carecen de ella-, he aquí un primer análisis de la interacción de los cuatro elementos en el individuo vegetal. La nutrición de la planta se efectúa merced al agua y la tierra, gracias a la conexión por vía de analogía con las potencias o virtudes del mismo elemento existentes en ella.

“Ahora bien, esta potencia del género del fuego procede tan sólo del movimiento del sol y llega a la planta por medio del aire, y por eso se cuentan como una sola potencia las dos potencias del fuego y del aire, respecto de la planta a la cual llega el aire, y asimismo respecto del elemento acuático. Y por eso Aristóteles dice que la planta tiene tres potencias, y atribuye la tercera al fuego, porque es el motor, mientras que la potencia de la tierra lo es tan sólo como materia (…) En cuanto a la potencia homogénea al fuego, no es ella la que nutre, sino mero instrumento de la potencia nutritiva, y por eso se diferencian unas de otras las especies de las plantas, aunque vivan en un solo y mismo terreno y se nutran con el mismo alimento y sea uno y el mismo el aire que las circunda” (op. cit. pp. 290 y 291).

El fuego es elemento activo, motor, y la tierra elemento pasivo, receptora. Por eso el primero es de género masculino, y la segunda de género femenino. Pero aun siendo elemento activo, en su potencia homogénea dentro del ser vegetal actúa como instrumento de su necesidad de nutrición. Y, a juicio de Ibn Bayyá, ése es el elemento que más personaliza a cada planta dando lugar a la especie, “y ésta es la causa de que ciertas plantas se den en unas estaciones del año y no en otras: porque el calor, que es del género del fuego y que llega a la planta procediendo del movimiento del sol, es como el cálido natural en el animal. Y por eso necesita ser un calor determinado, y cuando es excesivo o deficiente, se anula la acción de la potencia nutritiva”. 

De ahí su conclusión evidente al comparar la acción de este elemento interno de la planta, con el elemento que rige cada estación del año: “Por eso, siempre que una estación del año es evidentemente extraña a la naturaleza de la planta, corrómpese ésta en dicha estación” (p. 291).

A continuación, Ibn Bayyá efectúa una interesante comparación entre el desarrollo y la altura de la planta, por una parte, con los intestinos del animal, por la otra (es decir, el órgano de su función nutritiva). Y todo por un elemento común: la cocción realizada por el fuego: “Después, a la planta que necesita una especie de calor que en aquella estación le falta, el calor que le llega desde el sol hace subir la humedad, y porque esta humedad sube en la planta por unos conductos que no son anchos, por eso cabalmente, imposibilitada de subir por esos estrechos conductos la humedad mezclada, se calienta y sobreviene la cocción por causa de aquel calor. Y por eso no se desarrolla la planta, hasta que su tallo y su raíz alcanzan la altura que les corresponde, pues lo longitud o la altura de la planta es semejante al intestino del animal: el intestino, efectivamente, es largo, pero está dentro de un lugar que no es igual en longitud a la del intestino y a su circunvolución, y el animal se sirve de esa su longitud para alejar la distancia y prolongar así el tiempo del movimiento, hasta tanto que, durante él, se realice la cocción (…) En la planta, pues, se da necesariamente cocción, y si no le sobreviene algún accidente, tiene lugar la madurez, pues ésta es la perfección o complemento de la cocción; pero todo lo que está dotado de humedad y madura tiene sabor; luego la planta necesariamente tiene sabor y el sabor le es propio por necesidad” (p. 291).

Las plantas más perfectas son las que poseen raíz, pero las acuáticas se encuentran a mitad de camino entre el ser vegetal y el mineral, pues comparte con éste la carencia del órgano nutritivo, y con aquél, la figura misma. Mas la generación de esta planta acuática, que se da en las superficies de las aguas estancadas o que corren con lentitud, también se explica por la acción del sol: “Y ello se debe a que en tales lugares levántase un vapor espeso en muy pequeña cantidad, al cual el aire lo retiene sin quemarlo y se extiende sobre la superficie del agua y allí se conserva detenido y sometido a la acción del calor, hasta que tiene lugar la cocción, por la cual se engendra el cuerpo de aquella planta” (p. 292).

Asimismo, la carencia de fuego explica otro proceso propio de algunos árboles: “En algunos árboles ocurre a veces que del alimento les sobra cierta cantidad, la cual no se cuece lo bastante para ser expulsada, como lo son las gomas de los árboles dotados de goma, pero tampoco queda sin cocerse del todo; esto les sucede a algunos árboles, especialmente en ciertos lugares, como al olivo, que se le queda un sobrante de su alimento sin recibir la cocción propia de ese árbol, si bien no dista mucho del punto de cocción que le corresponde,pero por la densidad y por la poca fuerza del calor que rodea al árbol, se ve éste impedido de expulsarlo, y entonces se engendra de dicho sobrante otra planta que extrae su alimento del mismo árbol y fructifica, sólo que ya su fruto no es como el de aquél (p. 293)”.

Y así, tras reflexionar que la raíz sirve para la conservación de la planta, y el tallo para su fruto, se pregunta por qué causa algunos individuos vegetales carecen de tallo o ramas, y en su conclusión habla de nuevo del fuego, al que compara en su acción con el semen humano: “De las que no tienen tallo, unas tienen muchas ramas y otras carecen de ellas por completo. Las que tienen sólo ramas principales son aquellas de cuya raíz, que es una sola, brotan muchos tallos semejantes entre sí e iguales en longitud, de modo que son como muchos árboles que salieran de una sola raíz, y esto sucede en las plantas en las cuales es muy intenso el calor natural que hay en su raíz, siendo por ello muy abundante el alimento que llega hasta ella y muchos, por lo tanto, los efectos que produce. Es, pues, semejante este fenómeno al que se observa en el semen, o sea, que siendo éste uno sólo, engendra a veces más de un hijo, pues tal fenómeno y la división del semen son efecto de la potencia o energía de éste” (p. 294).

Tal importancia concede al fuego, que la nutrición –y el fruto- dependerá del equilibrio entre la raíz y el calor. Y éste es deficiente, no habrá cocción, y le sobrevendrán daños a la planta. “En cambio, si el calor es intenso y el alimento es digerido, nacen entonces aquellos árboles y crecen y dan mucho fruto” (p. 295), por lo que concluye: “Es, pues, evidente que todo ello depende del motor” (p. 295), es decir, del fuego. Y será la carencia de este elemento lo que explicará la ausencia de frutos en las plantas marinas, así como “la densidad del agua y su lejanía del equilibrio temperamental” (p.296).

Este tratado de Ibn Bayyá, como bien analizó Asín Palacios, fue muy estudiado por Alberto Magno, quien en su De vegetalibus llega incluso a copiar casi al pie de la letra la causa por la que nuestro sabio andalusí explica la presencia de terremotos en lugares duros, y no en los arenales. Basándose en su análisis, lógicamente, en la interacción de los cuatro elementos.

Influencias

No podemos abstraer este tratado del conjunto de la obra de Ibn Bayyá, concebida como una unidad con indudables influencias, pero también, grandes dosis de un pensamiento propio que fue evolucionando a lo largo de su creación. El mismo autor apunta a ello cuando, al analizar el fin del tallo y las ramas, negados a una perfección última así como “en muchos animales y en otros seres” afirma que “el examen de todas estas cuestiones habrá de hacerse tan sólo cuando se estudie el fin para el cual existen esos dos géneros de vivientes, es decir, el animal y el vegetal, y esto no se logra por completo más que investigando el fin del universo entero, de lo cual se ha tratado ya en varios lugares” (op. cit. p. 294).

Coincido con el Prof. Lomba Fuentes en que el fin de Ibn Bayyá fue el hombre perfecto, ese anthropos teleios heleno que al ser reformulado por los pensadores musulmanes daría al… Insan Kamil, pues –y cito al susodicho arabista- “los pilares que sostienen este ideal de vida en Ibn Bayyá no pueden limitarse a Platón, Aristóteles o al Neoplatonismo. Nada de todo ello hubiera tenido efecto si Ibn Bayyá no hubiera tenido ante la existencia un talante y actitud especialmente nobles derivados de su fe islámica a la que estaba firmemente aferrado. Y ese talante de base creo se centra en tres puntos principales, al margen de otros muchos: primero, el deseo de huir de la materia del mundo sensible; segundo, el ansia de inmortalidad; y tercero, la búsqueda de la unidad como ideal absoluto inspirado seguramente, no sólo en la filosofía, sino en el propio tawhid islámico” (Lectura de la ética griega por el pensamiento de Ibn Bayyá, Al-Qantara, XIV, 1993, p. 7).

Por ello, más allá de la lectura de Ibn Wafid, creo ver una influencia decisiva en la figura de al-Kindi, sobre todo en esta obra y en Sobre las formas espirituales (traducida por la ed. Trotta en Carta del adiós y otros textos filosóficos). En efecto, la interiorización profunda de la interrelación de los cuatro humores en el mundo vegetal parece beber directamente del De gradibus kindiano, pues como hemos analizado, otorga una gran función a los elementos –y al alma vegetal- en la configuración de la morfología de la planta, tema que nos remite directamente al concepto de alma en Al-Kindi, que a un tiempo abraza la filosofía neoplatónica y a ese primer Aristóteles aún embebido de Platón, el del Eudemo, el Protreptico o el De philosophia: ese mismo concepto se halla también en las primeras obras de Ibn Bayyá (y en este punto discrepo de Lomba Fuentes, que otorga sobre él una influencia decisiva de al-Farabí).

Afirma al-Kindi en su Discurso acerca del alma: “El alma es simple, dotada de nobleza y perfección, de gran dignidad. Su sustancia procede de la del Creador, honrado y ensalzado sea, de la misma manera que la luz del sol procede del sol. (…) “Una vez que el alma se ha separado del cuerpo, conoce todo lo que hay en el universo y no se le esconde lo oculto. La prueba de ello es lo que ha dicho Platón, allí donde dice que a muchos filósofos antiguos puros, después de librarse del mundo terrenal, de desdeñar las cosas sensibles y de separarse de las realidades de las cosas por la especulación y la investigación, se les reveló el conocimiento de lo secreto, conocieron lo que está oculto a los hombres en sus almas, y descubrieron los arcanos  de la creación” (trad. Rafael Ramón Guerrero, Al-Qantara, 1982, pp. 21 y 22).

Este aspecto es lo suficientemente profundo como para merecer otro artículo, de modo que, para refrendar lo arriba apuntado sobre los efectos del alma en el cuerpo, citaremos también a al-Kindi cuando literalmente dice que “si al cerebro le sobreviene una corrupción, entonces el ser (wuyud) de las facultades del alma que utilizan esa parte del cerebro también sufre esa corrupción” (ed. M. Abu Rida, Rasail al-Kindi al-falsafiyya, El Cairo, Dar al-fiqr al-arabi, vol. I, p. 298).

Posteriormente, las obras de Ibn Bayyá presentarían la huella de otro filósofo no menos significativo: al-Biruni. Pero esto será ya materia de otro artículo. En éste, ya hemos visto cómo el concepto de fuego de Empédocles –no el de Heráclito- fue aplicado por Ibn Bayyá en su estudio sobre el ser vegetal.

(*) Ángel Alcalá Malavé es colaborador de Webislam.

miércoles, 6 de enero de 2016

LA DANZA MACABRA COMO MANIFESTACIÓN ARTÍSTICA MEDIEVAL

EL MEMENTO MORI (RECUERDA QUE DEBES MORIR) EXPRESADO EN LA DANZA MACABRA

El término “Danza macabra” encierra ciertas manifestaciones artísticas que cobraron auge en Europa entre los siglos XIV y XV en los campos de la literatura, la música y las artes plásticas. En un mundo azotado por plagas devastadoras surge la danza macabra como un memento mori, recordatorio de la fragilidad dela vida terrena y la posibilidad latente de una muerte repentina, aunado a la búsqueda espiritual que exhorta a estar preparado,en cualquier momento, para rendir cuentas al Creador. 

Por medio del ámbito literario y plástico, el hombre de la saliente Edad Media manifiesta su inquietud no con la burla ni la representación lúdica de la muerte (como sucede en otras culturas), sino a través de la expresión del horror provocado por la muerte inesperada que es sublimado en tajante resignación que llega a tomar tintes de cinismo y de ironía. 

Se caracteriza por la representación de esqueletos humanos -símbolo de la muerte- danzando, moviéndose o jugando como si se aferraran a su vida perdida. Tanto el rico como el mendigo, el Papa como el hereje son representados en estas imágenes, la muerte es inevitable y es igualadora, al final todos somos huesos marchando a la tumba. 

En la danza macabra vemos esas diferencias terrenales se acaban en la muerte, y son los esqueletos bailando tan eufóricamente los que nos comentan que no importa cual haya sido la posición de una persona durante su vida, al fin y al cabo eso desaparece. 

La figura del esqueleto en los siglos XIV y XV, una época particularmente crítica, representaba a la muerte literalmente, un mundo repleto de plagas oscuras y guerras interminables pintaba un paisaje sombrio en las bóvedas de los cementerios donde los esqueletos se apilaban día tras día, y los crematorios que trabajaban la 24 horas del día no hacían mas que iluminar esta cruel realización. El mundo es efímero y lo efímero se acaba. 

Generalmente la Danza macabra suele confundirse con el Ars moriendi -las imágenes que muestran el arte de morir bien- pero no tienen mucho que ver unas con otras.

Podemos ver representaciones de esta alegoría en los grabados del siglo XV de Huy Marchant, quien se podría decir es uno de los “padres” del genero, Konrad Witz, Hans Holbein y en infinidad de frescos que pululan las capillas y cementerios más antiguos de Francia, Suiza y Alemania. Siendo la más famosa la obra -tristemente destruida- que se encontraba en el cementerio de los Santos Inocentes de París. 

En la poesía y literatura Goethe, Calderón de la Barca, Quevedo y muchos más de los más prominentes escritores que conocimos dejaron impresas sus impresiones sobre el tema. Generalmente la Danza macabra suele confundirse con el Ars moriendi -las imágenes que muestran el arte de morir bien- pero no tienen mucho que ver unas con otras.

El propio adjetivo "macabro", que los italianos toman del francés, deriva de la expresión danse macabré, refiriéndose a la "danza de los Maccabes", los heroicos personajes bíblicos cuyo culto era tan cercano a la muerte. 

Respecto al significado de este género en las artes visuales hay diversas interpretaciones, la primera de las cuales es, evidentemente, de carácter religioso: una lección de "memento mori", una invitación a la reflexión sobre la igualdad de todos ante la misma "guadaña", una llamada de atención y una exhortación a la humildad y la penitencia. 

Luego, hay quienes ven en la danza de la muerte una mordaz crítica contra la arrogancia, la degeneración, la excesiva opulencia de las clases privilegiadas. Igualmente, no faltan quienes ven un intento de exorcizar el final, dando entonces una explicación mágica, propiciatoria y divina. Otros creen, por último, que estas representaciones son una parodia de las procesiones y los espectáculos profanos que en el primer medievo estaban en auge y que tenían lugar en las iglesias y lugares de culto (se podría ver un paralelismo con el teatro títeres o, en parte, con la típica forma de la "gauratelle" napolitana.) 

La danza macabra, que ha inspirado tanta literatura y tanto arte en general (puede pensarse en los célebres versos de Lorenzo el Magnífico sobre la caducidad de la vida, o en los poemas de Totó dedicados a la muerte como un "estado", en las canciones de Angelo Branduardi comenzando con la bellísima "Ballo en fa diesis minore" dedicado a la danza macabra de Clusone (BG), en las grabaciones de Rethel, Billa, y Porter, por mencionar unos pocos), puede actuar, aún hoy, como un estímulo para la reflexión individual, la cual todos necesitamos para comprender qué lugar ocupa y a dónde se dirige.

La belleza de lo macabro reside, quizá, en el hecho de que realmente podamos fortalecer el espíritu y darle una nueva motivación, ayudándonos a comprender mejor nuestra propia experiencia humana. 

En conclusión, la presencia en estos valles de tan notables danzas macabras no es sino el reflejo de la sensibilidad de sus gentes por el misterio divino, o incluso por la vida y la muerte, aquella danza eterna de espíritus que a todos, incluso a Cristo, le alcanza antes o después.



EL JARDÍN DE LAS FLORES PERFUMADAS - ABDALLAH AL-YAFI'I

El jardín de las flores perfumadas
Cuentos e historias breves y edificantes

por Abdallah al-Yafi’i 


“Dios reveló estas palabras a Moisés: “¡Oh Moisés, se como el pájaro solitario que picotea la punta de los árboles y bebe el agua de los ríos! Por la noche se refugia en una gruta buscando Mi compañía y escapando de aquella de quien me es rebelde. ¡OH Moisés, lo he jurado por Mi mismo!: No conduciré a término la obra del hipócrita, no coronaré la esperanza de quien espera de otro que de Mí, romperé la espalda de quien no se apoye en Mí, prolongaré la soledad de quien tenga un amigo distinto de Mi. ¡OH Moisés! Tengo siervos que cuando Me hablan en secreto Me aproximo a ellos, cuando Me llaman acudo, si vienen a mi encuentro Me les acerco, si se me acercan los acompaño, si Me acompañan los uno a Mí y ellos son suficientes. Si se hacen amigos míos Me hago amigo suyos, si Me aman les amo, si trabajan para Mi los recompenso. Soy Yo quien cuida de ellos y dirijo sus corazones y gobierno sus existencias. No concedo paz a sus corazones fuera de mis alabanzas, que son como el remedio a su enfermedad y sobre sus corazones hay una luz. No tienen familiaridad con nadie aparte de Mí, sólo junto a Mi se quitan el peso en el corazón y sólo junto a Mi toman morada estable”.

Fuente: Webislam

CUENTOS DEL TAO

   CUENTOS DEL TAO 

¿Quieres ser realmente feliz? Puedes empezar por agradecer quién eres y lo que tienes. ¿Quieres realmente sentirte desgraciado? Puedes empezar por sentirte descontento. Como Lao Tse escribió: "Un árbol tan grande como puedas abarcar empieza siendo una semilla; un viaje de mil leguas empieza con un paso".

La sabiduría, la felicidad y la valentía no están esperando en alguna parte fuera de nuestro alcance, al final de una línea recta; sino que forman parte de un ciclo continuo que empieza justo aquí. No son solamente el final sino el principio también. 

Chuang Tse lo describe de esta manera: En todas partes se reconoce que el espíritu valeroso de un solo hombre puede inspirar a un ejército de miles de soldados a la victoria. Si una persona preocupada por obtener un beneficio ordinario puede crear dicho efecto, ¡cuánto mayor será el producido por alguien que se preocupa por cosas más grandes!

Del libro "El Tao de Pooh", de Benjamin Hoff


EL PICAPEDRERO

Erase una vez un picapedrero que estaba insatisfecho consigo mismo y con su posición en la vida. Un día pasó por la casa de un comerciante rico, y por la puerta entreabierta vio muchos objetos delicados y visitantes importantes.
-¡Qué poderoso debe ser ese comerciante! -Pensó el picapedrero. Se llenó de envidia y deseó poder ser algún día como el comerciante. Así no tendría que vivir más la vida de un picapedrero. Para su sorpresa, rápidamente se convirtió en el comerciante, disfrutando de más lujos de los que nunca podría haber soñado, y envidiado y detestado por aquellos menos ricos que él. Pero un día pasó por allí un alto funcionario de la corte, transportado en una silla de mano, acompañado por sirvientes y escoltado por soldados que hacían sonar unos gongs. Todas las personas, por ricas que fuesen tenían que hacer una reverencia ante la procesión.
-¡Qué poderoso es ese oficial! -Pensó-. ¡Ojalá pudiera ser yo un alto funcionario!
Entonces se convirtió en un alto funcionario, transportado a todas partes en su silla bordada de mano, temido y odiado por la gente que le rodeaba, que tenía que hacer una reverencia ante él cuando pasaba. Era un día caluroso de verano, y el funcionario se sentía muy incómodo en la pegajosa silla de mano. Miró al sol. Brillaba orgullosamente en el cielo, sin ser afectado por su presencia.
-¡Qué poderoso es el sol! -Pensó-. ¡Ojalá pudiera ser yo el sol!
Entonces se convirtió en sol, brillando intensamente sobre todo el mundo, abrasando los campos, maldecido por granjeros y trabajadores. Pero una nube muy grande y negra se interpuso entre él y la tierra, para que esa luz no pudiese brillar más sobre todas las cosas que estaban abajo.
-¡Qué poderosa es esa nube de tormenta! -Pensó-. ¡Ojalá pudiera ser yo una nube!
Entonces se convirtió en la nube, inundando los campos y los pueblos, recogiendo quejas de todo el mundo. Pero pronto se dio cuenta de que había sido desplazado por una gran fuerza y descubrió que era el viento.
-¡Qué poderoso es! -Pensó-. ¡Ojalá pudiera ser yo el viento!
Entonces se convirtió en viento, tirando las tejas de los tejados de las casas, arrancando de cuajo los árboles, odiado y temido por todos los que estaban bajo sus efectos. Pero después de un tiempo, chocó contra algo que no se movía, aunque soplase con todas sus fuerzas contra ello: una piedra enorme como una torre.
-¡Qué poderosa es esa piedra! -Pensó-. ¡Ojalá pudiera ser yo una piedra!
Entonces se convirtió en la piedra, con más poder que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pero tan pronto como se plantó allí, escuchó el ruido de un martillo golpeando un cincel en la piedra sólida y se sintió cambiado.
-¿Qué puede ser más poderoso que yo, la piedra? -Pensó. Miró hacia abajo y vio muy por debajo de él la figura de un picapedrero.

Cuento Chino

UNA MIRADA CRÍTICA SOBRE LA NAVIDAD COMO CONSTRUCCIÓN DEL PODER POLÍTICO

UN CUENTO NADA INOCENTE
por Miguel Raider

En la mayoría del mundo occidental se festeja la Navidad, incluso lo hacen algunos de los que pertenecen a otro credo o no lo tienen. Pero ¿desde cuándo se festeja la Navidad? ¿Cuál fue su origen y objetivo?

La Navidad es un relato ficticio, aunque nada inocente. Según la Enciclopedia Católica, “la Navidad no estaba incluida entre las primeras festividades de la Iglesia”. 

El sacerdote Orígenes señalaba que “no vemos en las escrituras que nadie haya guardado una fiesta ni celebrado un gran banquete el día de su natalicio” [1]. El día de Navidad fue establecido por un decreto del Papa Julio I en el año 350 a instancias de las necesidades políticas del emperador Constantino [2], quien asimiló el cristianismo como religión oficial del Imperio romano para consolidar su unificación. 

En este sentido, Constantino y los obispos introdujeron premeditadamente el relato de la Navidad el día del solsticio de invierno (el día más corto del año), fecha que coincide con la festividad celebrada por todos los pueblos paganos que adoraban a los dioses del sol [3], intercambiando regalos. De ese modo, el cristianismo se fue incorporando gradualmente en los pueblos paganos, sirviendo a las necesidades del Imperio romano.

Un punto de inflexión

La revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo señalaba que había un punto de inflexión entre el cristianismo primitivo y el cristianismo desarrollado desde el siglo IV [4]. Es en este marco donde la Navidad desempeña un rol fundamental. 

El cristianismo primitivo, también llamado cristianismo comunista, funcionaba como el partido político de los campesinos pobres, víctimas de los grandes señores romanos que se apoderaban de las tierras y el cereal. Para sobrevivir huían a la ciudad, pero como el trabajo era realizado por los esclavos, quedaron reducidos a un ejército de mendigos que vivía de la limosna. La imposibilidad de hallar una salida ante la brutalidad de la soldadesca romana [5], empujó a estos campesinos a abrazar la religión que decía que los ricos debían compartir el pan con los pobres. 

Ese comunismo cristiano era impotente para suprimir las desigualdades entre pobres y ricos, pues se basaba en la propiedad común de los bienes de consumo y no en los medios de producción como la tierra y los animales de labranza, dejando intacto incluso el régimen esclavista. 

Así a medida que se desarrollaban las comunidades cristianas comenzó a generarse una burocracia eclesiástica corrompida, separada de los campesinos pobres, para administrar el dinero y los negocios. 

A principios del siglo IV, Constantino advirtió la influencia popular del cristianismo, mientras el Imperio estaba atravesado por luchas faccionales. Así Constantino asimiló el cristianismo como religión de Estado para restablecer la homogeneidad del Imperio, otorgando grandes prebendas a los obispos como funcionarios de Estado. Sin embargo, aún subsistían las discusiones del cristianismo primitivo sostenidas por San Basilio y San Juan Crisóstomo [6]. 

Para acabar definitivamente con este pasado, Constantino pactó un acuerdo con los obispos y convocó el primer Concilio de Nicea [7] en el año 325 donde adquirió primera relevancia el establecimiento institucional de la Navidad y la Pascua con la finalidad de imponer un nuevo dogma del culto estatal, apoyado sobre la veneración del nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. 

En consecuencia, el establecimiento de la Navidad forma parte del punto de inflexión observado en el siglo IV, cuando la Iglesia se incorpora definitivamente como institución de las clases dominantes, rol que desempeña hasta la actualidad, manteniendo en la ignorancia a las grandes masas y apoyando cuanta cruzada reaccionaria exija el poder de turno.

Todo va mejor con Santa Claus

El procedimiento del solsticio de invierno también fue utilizado en la evangelización de Latinoamérica. En México los sacerdotes agustinos introdujeron el nacimiento de Jesús en la fiesta del advenimiento de Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra. Así sustituyeron al dios prehispánico por el dios cristiano para dominar a los pueblos originarios mediante las ideas como complemento de la coerción y el asesinato.

Las clases dominantes se valieron de la popularidad de las fiestas navideñas para incorporar tradiciones funcionales a sus intereses. 

En ese sentido, probablemente la figura de Papa Noel sea el mejor exponente. Papa Noel, también conocido como San Nicolás o Santa Claus, remite al obispo Nicolás de Bari, muerto en el año 345, quien solía hacer regalos a los niños pobres [8]. 

Esta figura fue reinventada en EE.UU. en 1863 por Thomás Nast, aunque adquirió su fisonomía actual en 1931 a partir del influjo publicitario de la Coca Cola. De ese modo, la multinacional norteamericana vistió con sus tradicionales colores rojo y blanco a Papa Noel y extendió sus negocios, y su sello de marca, a todo el mundo. 

Hoy en día, la figura de Papa Noel corporiza el llamado “espíritu de la Navidad”, esa mística inexplicable capaz de transformar hasta al más ruin y perverso de los capitalistas en un “buen hombre”, aspecto difundido por infinidad de películas norteamericanas.

Notas

[1] Citas de Natal Day, The Catholic Enciclopedia, 1911.
[2] www.es.wikipedia.org/wiki/Navidad
[3] Cuando el emperador Julio César introdujo su calendario en el 45 a.C., el 25 de diciembre se ubicaba entre el 21 y el 22 de diciembre de nuestro calendario gregoriano.
[4] Rosa Luxemburgo. El socialismo y las iglesias. www.mia.org.ar
[5] Los esclavos constituían la única clase que podía proporcionar una alternativa, pero estos se hallaban dispersos y sumamente debilitados después de la gran derrota del ejército de Espartaco en el año 71 a.C.
[6] Rosa Luxemburgo. El socialismo y las iglesias. www.mia.org.ar
[7] Constantino termina con las diferencias entre “cismáticos” y “herejes” e institucionaliza el cristianismo tal como lo conocemos en la actualidad.
[8] www.navidadlatina.com.ar


RENÉ GIRARD (1923-2015). ANTROPÓLOGO, PENSADOR CRISTIANO - POR XABIER PIKAZA IBARRONDO

René Girard (1923-2015). 
Antropólogo, pensador cristiano


Acaba de fallecer el 4.11.2015 en Estados Unidos, donde vivía y enseñaba desde hace unos decenios, el mayor de los antropólogos y quizá de los pensadores cristianos de la segunda mitad del siglo XX.

Había nacido en Aviñón, Francia (25.12.1923) y estudió literatura, sociología y filosofía en París. Ha sido profesor en diversas universidades de Francia y USA (especialmente en Stanford (1981-1995), desde donde ha ejercido un inmenso magisterio social. Hay muchos que le juzgan el mayor antropológico moderno, desde Ch. Darwin, por su teoría de la gran "transmutación" humana, vinculada a la violencia.

R. Girard ha repensado y ha querido superar la visión del hombre que ofrecen Marx y Freud, con una teoría abarcadora (universal) que permite integrar (interpretar y recrear) los temas radicales de la conciencia individual y social, con la mímesis, la lucha mutua y violencia.

Su investigación crítica (hipotética en algunos puntos) resulta necesaria para entender algunos de los temas más significativos de nuestra cultura, como son la violencia y el victimismo o, mejor dicho, la existencia de las víctimas, primero asesinadas y después manipuladas por los mismos asesinos.

Todos los políticos que yo conozco hablan de la importancia de las víctimas, quizá sin saber que ese lenguaje se lo deben a Girard, aunque no hayan entendido lo que él quiere decir..., aunque no aceptarían muchas de sus propuestas.

Su aportación filosófica y social (antropológica) está vinculada a un re-descubrimiento radical del cristianismo, desde su propia vertiente católica. Nadie, que yo sepa, ha ofrecido una visión más honda y una aportación más liberadora y exigente del Evangelio en los últimos 50 años.

En esa línea ha sido un exegeta genial del evangelio, como le ha definido J.C. Guillebeaud, en la nota necrológica de Le Monde (5.XI.15: http://www.lavie.fr/culture/essais/rene-girard-genial-exegete-du-message-evangelique-05-11-2015-67967_680.php ).Descanse en paz.

Dede aquí le doy gracias por todo lo que le debe, desde de el año 1972 en que empecé a leer e interpretar sus obras.

GIRARD, RENÉ (1923-2015).

Historiador, crítico literario, sociólogo y filósofo francés, que ha desarrollado una teoría de la mimesis y de la violencia que se sitúa en la línea de un cristianismo católico. Estudió filosofía en Aviñón y después (entre 1943 y 1947) en la École des Chartes de La Sorbona de París (un centro superior para la formación de expertos en literatura y en conservación del patrimonio nacional), especializándose en historia medieval.

Culminó sus estudios la Universidad de Indiana (USA), centrándose en la historia de la literatura y del pensamiento. Ha enseñado en varias universidades de Estados Unidos: Duke, John Hopkins de Baltimore, New York, Stanfod…, jubilándose el año 1995. Desde 1990, sus discípulos, colegas y amigos vienen celebrando coloquios sobre su pensamiento, centrado en los temas de la Violencia y Religión, de manera que se puede hablar de una “Escuela de R. Girard”. Para las reflexiones que siguen tomo la semblanza que le dediqué en mi Diccionario de los pensadores cristianos (Verbo Divino 2011).

1. Un pensador integral.

Pensadores

Girard proviene de una familia católica creyente (al menos en parte), aunque vivió como agnóstico en su juventud y en sus primeros años de madurez, pero el mismo estudio de la dinámica religiosa y social de la cultura le llevó de nuevo al cristianismo, de tal forma que él ha elaborado, de un modo quizá indirecto, la más poderosa de las apologías cristianas de la modernidad, desde el análisis y estudio de las religiones, que él ha estudiado desde dos perspectivas.

a. Desde la literatura, que aparece como expresión del más hondo conflicto humano; en esa línea ha realizado importantes trabajos sobre Cervantes, Dostoievsky, Shakespeare y Proust.

b. Desde el mito religioso, tanto en sus formas antiguas como en sus interpretaciones modernas, de tipo literario, filosófico y científico; se ha fijado de un modo especial en la tragedia griega y en las investigaciones de algunos autores del siglo XX, especialmente de Freud.

En el lugar de cruce entre literatura y mito, R. Girard ha descubierto y destacado el tema de la violencia, poniéndolo en el centro de la vida humana y de la historia, como lo ha mostrado su obra básica, La violencia y lo sagrado (Barcelona 1983); y los estudios posteriores sobre las aportaciones de la revelación judeocristiana. Eso le ha permitido situarse de un modo personal y novedoso ante los grandes temas de la modernidad.

De un modo abrupto, pero bien documentado, R. Girard afirma que el pensamiento europeo del XIX y XX ha sido anticristiano: ha valorado y reasumido el pensamiento griego y ha revalorizado el mito de las religiones antiguas, pero ha rechazado la revelación bíblica por carente de sentido o peligrosa, como muestran algunos de autores muy representativos de la modernidad, de Nietzsche a Marx, de Freud a los estructuralistas.

Pues bien, en contra de esa tendencia dominante, que ha tendido a rechazar la aportación del cristianismo, R. Girard ha mostrado que sólo la Escritura judeocristiana ha logrado conocer el origen y peligro de la violencia, para superarla, abriendo así un futuro para la humanidad. A su juicio, la verdadera antropología es la cristiana y sólo en ella se pueden integran y se integran los diversos elementos de la realidad.

2. Violencia y religión.

R. Girard es quizá el más significativo de los conversos cristianos del siglo XX: el mismo estudio de los mitos antiguos y de las filosofías modernas le ha llevado a recuperar el evangelio de su madre (de su infancia), para reinterpretar en clave católica el drama de la vida humana. Su cristianismo (catolicismo) está vinculado a una interpretación no sacrificial de la historia israelita y de la vida (nacimiento, muerte, pascua) de Jesús.

Sobre ese fondo (partiendo del libro ya citado, sobre La violencia de lo sagrado), han de entenderse sus libros más significativos, que han surgido en el lugar de cruce entre exégesis bíblica, búsqueda antropológica y programa utópico de reconciliación social:

a. El misterio de nuestro mundo (Salamanca 1982) ofrece una visión de conjunto de su pensamiento y su lectura del judeocristianismo;

b. El chivo expiatorio (Barcelona 1986) analiza el tema de la persecución y la superación de la violencia en diversas perspectivas que culminan en el Nuevo Testamento cristiano;

c. La ruta antigua de los hombres perversos (Barcelona 1989) presenta a Job como el perseguido (caído) que sigue declarándose inocente, en contra de los héroes trágicos de Grecia que terminan declarándose culpables.

R. Girard piensa que la historia humana ha comenzado con un gesto de violencia, un gran asesinato. La religión sacraliza esa violencia, manteniendo su carácter ambivalente de riesgo destructor (lucha de todos contra todos) y de superación de ese riesgo a través del mecanismo del chivo emisario. Conforme a R. Girard, las religiones (igual que las instituciones culturales) han nacido de la sacralización represiva de esa violencia: los humanos hemos ido repitiendo los mismos gestos fundadores, que mantienen la memoria de nuestro origen, en un plano del mito y de rito.

a. El mito es la primera toma de conciencia de la humanidad, que manifiesta de esa forma el sentido de su origen, expresando en forma de palabra eterna (o fundante) el tema de la culpabilidad (chivo emisario) con su sacralización sacrificial: adoramos precisamente a aquel a quien hemos asesinado, en proceso siempre repetido de satanización y divinización de las víctimas. Hablando en lenguaje más social, podemos afirmar con R. Girard que el mito sirven para tapar la boca a las víctimas: para hacer que ellas asuman su culpabilidad y para que los otros (los sacrificadores) se mantengan seguros en su gesto de represión socio-religiosa, estableciendo de esa forma la cultura sobre bases de violencia.

b. Rito. Lógicamente, la primera acción significativa de la historia será el rito sacrificial, mirado como recuerdo (pervivencia, actualización) del asesinato fundante del chivo emisario. No es que primero haya religión y luego sacrificios sino al contrario: la misma exigencia de sacrificar a la víctima, para así crear un orden a través de la violencia, fundamenta y ratifica el orden actual de la sociedad, sobre una base sagrada, partiendo del “mito” de la víctima a la que se ve como culpable (al mismo tiempo que se la diviniza). Todo rito religioso es, según eso, una repetición del sacrificio fundante y una afirmación de la violencia como principio del orden social.

3. Girard y la crítica contra la religión.

Al situar el tema de la religión en este fondo, solucionando de esa forma el trance de la violencia, Girard acepta y en cierto sentido desarrolla la crítica anti-religiosa de los siglos XIX-XX: no sólo asume la actitud de los maestros de la sospecha, sino que puede llevarla hasta el final, sin riesgo de disolución antropológica. De esa forma añade que, al abandonar la raíz cristiana, los maestros de la sospecha no han podido ser suficientemente radicales o críticos; su negación ha sido parcial; por eso hay que llegar hasta su fondo, para descubrir, desde el otro lado, la presencia salvadora de un Dios que no es violencia.

a. Según Marx, la religión fundamentaba y ratificaba la violencia social: con su manera de apelar a un Señor impositivo (y de adorarle) ella justificaba la imposición y violencia que existe en el mundo, avalando la opresión social del sistema. Desde ese fondo se podía afirmar que el chivo emisario son los pobres (esclavos, proletarios), sacrificados al servicio de un sistema dirigido y aprovechado por los ricos (amos, capitalistas). Girard acepta básicamente la crítica de Marx, pero responde que el Dios de la religión violenta no es una proyección de la esencia general y necesaria del hombre (como afirmaba → Feuerbach), sino que ella es una expresión de la esencia pervertida del hombre histórico; ella permite que los esclavos acepten su esclavitud, buscando un tipo de compensación (divinización) celeste que mitigue su servidumbre y dolor actuales. Por eso, esta religión y esta esencia pervertida del hombre debe ser superada.

b. Para Nietzsche la religión era resultado y expresión del resentimiento de los vencidos (al menos en el caso israelita). De esa forma, ella despliega la envidia original de aquellos que no pudiendo desarrollar sus propios valores o triunfar en este mundo quieren compensar su impotencia apelando a la destrucción escatológica (deseada desde ahora) de los triunfadores. De esa forma, la religión nacería del instinto de venganza de los que se piensan chivos expiatorios de los otros, es decir, de aquellos responden en gesto y palabra de talión convirtiendo a los demás en destinatarios de su resentimiento.

Girard acepta en parte esa visión de Nietzsche, afirmando que este tipo de religión violenta ratifica la imposición de los vencedores y suscita la respuesta resentida de los vencidos, creando un círculo infernal de muerte, pero añade que puede existir y existe otro tipo de religión no violenta, sin imposición de unos, ni resentimiento de otros. Más aún, girar añade que Nietzsche ha criticado la deformación de un tipo de judaísmo, que puede nacer del resentimiento, pero ha caído víctima de su misma dialéctica de resentimiento, eternizando de algún modo el mecanismo del chivo emisario, la lucha sin fin. En contra de eso, el verdadero judaísmo de los grandes profetas y el mesianismo de Jesús superan ese nivel de violencia/resentimiento, simbolizado por el chivo emisario, para situar a los hombres ante el despliegue de una vida que se entiende y despliega como gratuidad, más allá de toda violencia.

c. Para Freud la religión nace del asesinato del chivo expiatorio, identificado con el padre de rasgos todavía animalescos, como Gran Bestia que impedía el desarrollo y la autonomía de sus hijos, a quienes impedía acercarse a sus mujeres. Los hijos oprimidos mataron a su padre, pero después, sintiéndose culpables le divinizaron, de diversas formas, para superar de esa manera el riesgo de enfrentarse unos con otros y para hacer posible la paz sobre la tierra. De esa manera, en lugar del “padre animal”, que les mantenía sometidos, colocaron al “padre divino”, que realiza su misma función, pero de un modo espiritual y no animal, imponiendo sus dos leyes sagradas: prohibición del incesto y del homicidio. Freud supone, según eso, que la paz sólo es posible a través de la represión sacral de la violencia.

Como potencia originaria de represión han surgido las religiones, que nos permiten sobrevivir en tiempos de riesgo, superando así el riesgo de violencia desenfrenada de los dos deseos que dominan la vida de los hombres: el eros (deseo de poseer a las mujeres) y el thanatos (deseo de matar a los varones). Pues bien, en contra de eso, afirmando que Freud tiene una parte de Razón, Girard responde que el (judeo-)cristianismo ha nacido para superar precisamente ese modelo de violencia. No ha nacido para sacralizar la violencia sino para mostrar su origen diabólico y para superarla, desarrollando una experiencia y praxis de gratuidad.

4. Más allá de la crítica anti-religiosa. Girard puede afirmar con Marx, que el mito religioso ha sido (y sigue siendo en parte) un modo de “tapar la boca” a los oprimidos, de manera que misma estructura religiosa de los grandes pueblos triunfadores, ha servido para sacralizar sus conquistas. Según eso, en el fondo de la adoración de los dioses patriarcalistas se hallaría la autoafirmación de aquellos que identifican su voluntad con la voluntad (fuerza) de Dios, justificando así su victoria opresora sobre los marginados. Pero la religión bíblica, iniciada en Israel y culminada en el cristianismo, ha invertido esa visión marxista de la religión, de manera que crítica de la Biblia en contra de la opresión religiosa es más aguda que la del mismo Marx.

A los ojos de Girard, la crítica de Nietzche en contra de la religión resulta más aguda que la de Marx, pues él ha puesto de relieve unos mecanismos de proyección reactiva de los oprimidos que tienden a satanizar a los triunfadores, haciendo de la religión un principio de venganza. Pero tampoco Nietzsche ha llegado hasta el fondo del problema, pues su filosofía sigue presa en los esquemas o mecanismos del chivo expiatorio.

Ciertamente, las religiones tienden a responder a una violencia con otros tipos de violencia, pero el (judeo-)cristianismo ha encontrado ya un principio de superación de la violencia, desde una perspectiva de gratuidad no reactiva. Pero Nietzsche sigue preso del mismo modelo de violencia que él critica, pues apela otra vez a la voluntad de poder como expresión de lo sagrado y de esa forma sacraliza un tipo de imposición sacrificial. A su juicio, en el fondo, los culpables continúan siendo siempre los débiles. Los hombres siguen edificando su historia sobre bases de violencia.

Más que en Marx y Nietzsche, Girard se ha fijado en Freud, a quien considera el interlocutor más importante de su obra, pues con su visión del asesinato del padre y con su forma de entender la ley, ha estado más cerca de resolver el problema, aunque tampoco lo ha logrado. Freud supone que la represión sacrificial judía (fundada en la muerte del padre, cuyo recuerdo se perpetúa en una ley impositiva, ha cumplido su función, añadiendo que ya no podemos divinizar al padre muerto, pues sabemos que no existe ese tipo de Dios. Hasta aquí, su diagnóstico es bueno; pero luego, Freud añade que, aunque no exista Dios, debemos reprimir con fuerza (con violencia) los deseos de violencia, ratificando así un modelo de vida sacrificial, aunque sin fondo religioso.

De esa manera, Freud sigue donde ratificando un judaísmo de imposición legal, aunque sin Dios. De esa forma deja todo donde estaba y como estaba. Pues bien, en contra de eso, Girard piensa que lo más importante no es afirmar o negar la existencia de Dios, sino superar un modelo de vida fundado en la violencia. Eso es lo que ha hecho precisamente el cristianismo, avanzando sobre una base judía: ha negado al Dios de la violencia sacrificial, para afirmar así la existencia de un Dios no sacrificial, de pura gratuidad creadora, que se ha revelado en Jesucristo. Girard puede afirmar (como → K. Barth) que Marx, Nietzsche y Freud han criticado al Dios de las religiones que, en gran parte, se ha reintroducido en una visión sacrificial del cristianismo, conforme a la cual Dios se impone por violencia, sacrificando incluso a su propio Hijo, para mantener su autoridad sobre nosotros. Pero no han logrado descubrir y desarrollar lo que hay al otro lado de la fe cristiana: la afirmación de un Dios que es principio de gratuidad creadora, tal como se expresa en el despliegue de la revelación bíblica.

5. De la tragedia griega a la revelación cristiana.

Según R. Girard, es significativo el hecho de que los tres pensadores anti-cristianos hayan vuelto de algún modo a los mitos de la violencia pagana para explicar o simbolizar sus posturas. Marx acude al Prometeo que lucha contra Zeus, conforme a un modelo que sigue estando preso en esquemas de violencia sacrificial. Nietzsche quiere llevarnos a Dionisio, al principio de la tragedia griega, al lugar donde el ser humano mantiene con violencia su destino fatal frente a unos dioses que son expresión de ese mismo destino. Finalmente, aun siendo judío, Freud debe acudir al mito de Edipo para expresar el sentido de su visión del hombre.

Por su modo de apelar de nuevo al mito trágico de los griegos, los tres se muestran regresivos. No han sabido captar la auténtica novedad judía, ni han llegado a la raíz del cristianismo. Es cierto que la tragedia griega representa una de las manifestaciones supremas de la historia humana, por su forma de entender y plantear el tema de la violencia. Pero al fin ella queda prendida dentro de esa misma violencia, haciendo que todos aparezcan como igualmente culpables, pues Edipo, Dionisio y Prometeo siguen siendo violentos. Todos se encuentran inmersos dentro de una trama sacrificial, de manera que sólo consiguen superar una violencia con otra. Conforme a la visión de los griegos, la violencia es divina y no podemos liberarnos de ella; lo único que podemos hacer es aceptarla con dignidad, es decir, con gesto de valentía purificadora.

Pero allí donde la tragedia griega no ha sabido penetrar ha penetrado el Antiguo Testamento israelita, descubriendo la inocencia de los pobres y de los sacrificados. Éste ha sido un descubrimiento que Girard ha puesto de relieve varias veces, tanto en El chivo expiatorio, como en El misterio de nuestro mundo y en La ruta antigua de los hombres perversos (Barcelona 1989). A su juicio, el hecho de que la cultura occidental (filología, filosofía, psicología) haya rechazado el Antiguo Testamento y el conjunto de la Biblia como expresión de una cultura poco elaborada, frente a la gran cultura griega, proviene de una represión y de una ignorancia.

Esa cultura occidental es represora, pues se niega a reconocer lo que aparece de alguna forma claro en el mismo Antiguo Testamento, es decir, la violencia de los que siguen matando al chivo emisario y edificando así la ciudad sobre cimientos de sangre. Según Girard, esa cultura es también ignorante, pues pretende saberlo todo por sí misma, negándose a escuchar la posible revelación de la Escritura judeo-cristiana.

En esa línea, R. Girard, que es un gran especialista en temas de cultura griega y de literatura occidental, se atreve a proclamar que sólo el Antiguo Testamento nos ha enseñado a descubrir la violencia de fondo de la historia, ya desde sus primeros textos (en el mismo Génesis). En contra de lo que sucede en todos los restantes pueblos de la antigüedad (y de la modernidad), los judíos han escrito la historia desde el punto de vista de los oprimidos, que tienen acceso a la palabra, pudiendo declarar de esa manera su inocencia.Ésta “inversión” culmina en la figura del Siervo sufriente de Isaías (Is 40-56), donde se cuenta la historia del hombre oprimido y expulsado, a quien se concibe como revelación de un Dios que ya no sirve para sancionar la fuerza de los opresores, sino todo lo contrario, para edificar desde los oprimidos una comunidad de reconciliados, qe no apelan ya más a la violencia.

Lo mismo se puede afirmar del libro de Job donde, en un primer nivel, Dios parece revelarse como un opresor, con rasgos de tirano. Pero después, en la trama del libro, descubrimos que Dios se revela como aquel que apoya a Job, que es inocente, en contra de los hombres de su entorno que quieren hacerle chivo expiatorio, acusándole de los crímenes de la sociedad. Job aparece así como un Edipo hebreo, pero con una gran diferencia: él no confiesa su pecado ante los otros (no es culpable en la forma en que le acusan), ni sufre como víctima de un destino, sino que es un hombre inocente, a quien el mismo Dios anima a que siga caminando por esa vía de inocencia, sin vengarse de aquellos que le acusan.

Esta revelación del carácter salvador de la no violencia, que empieza mostrarse en el Siervo Sufriente y en Job, culmina en el evangelio de Jesús, quien viene a presentarse como expresión de la verdad oculta más allá del sistema sacrificial (victimista) y violento de la historia humana. Hasta ahora la religión servía para ocultar esa verdad: para hacernos creer que el chivo emisario era culpable y en premio a su culpabilidad le divinizábamos, pues eso nos permitía reconciliarnos entre nosotros y divinizar la propia violencia, perpetuando así el sistema de opresión, con nuevos chivos emisarios del sistema social y religioso.
Sólo así, ocultando la verdad, habíamos podido vivir y crecer sobre la tierra. Pero el Antiguo Testamento había comenzado a revelar la verdad, abriendo nuestros ojos para que pudiéramos descubrir el crimen y violencia que sustenta nuestra vida. De esa forma, reconociendo la inocencia del Chivo Emisario (de las víctimas) y confesando nuestro pecado (hemos matado a los inocentes), podíamos iniciar un proyecto distinto de vida reconciliada.

Utilizando términos freudianos, podríamos decir con R. Girard que la Biblia Israelita y sobre todo el Nuevo Testamento han sido el más eficaz y verdadero de los procesos psicoanalíticos de la historia humana. Esto es lo admirable: ha existido un pueblo que se ha atrevido a realizar un psicoanálisis radical, reconociendo la raíz de culpabilidad de nuestra historia (de su historia). Ese reconocimiento puede resultar doloroso. Por ello, es normal que muchos críticos modernos hayan querido reprimir este descubrimiento, volviendo a los dioses griegos (o a los ideales de poder de la modernidad) que nos descargan de la culpa.

6. Conversión al cristianismo y del cristianismo.

Como he dicho, R. Girard es un converso, pero no ha vuelto al cristianismo por rechazo de la modernidad sino todo lo contrario: por fidelidad a la modernidad. Su recuperación del cristianismo no ha sido resultado de una prueba científica sino efecto de una “revelación” de la novedad teológica del evangelio, que es capaz de iluminar y resolver la trama de violencia del mundo. No ha sido un retorno sino un paso adelante en el proceso cultural de nuestro mundo. Ha llegado el momento en que las mismas exigencias de la razón que sospecha de todo (que hacen Marx, Nietzsche y Freud) nos obligan a superar sus postulados.

De esa forma, al final de una larga parábola de secularización, que parecía desembocar en la negación del cristianismo, esa misma secularización ha vuelto a situarnos ante la novedad radical del evangelio. Lo que podía ser alejamiento (y en cierto sentido lo era) se ha vuelto principio de nuevo acercamiento. Hemos explorado hasta el final los caminos de la violencia y en la meta donde parecía que sólo existe destrucción volvemos a encontrar la luz del cristianismo. Así, a través de una especie de vinculación de opuestos, allí donde parecía que la violencia se absolutiza, encontramos un camino de superación de la violencia en Cristo.
Pero el gesto de Girard implica también una conversión del cristianismo. Ciertamente, la Iglesia había conservado en un sentido su verdad: el signo de la cruz había seguido proclamando ante el mundo el gran misterio de la inocencia del reo sacrificado por el gran sistema sagrado. Pero un tipo de teología más o menos oficial había pactado de hecho con la violencia asesina, interpretando a Jesús en claves sacrificiales: el Dios ofendido necesitaba una reparación y ha tenido que descargar sobre Jesús toda su justicia para así reconciliarse con los hombres.

Ese cristianismo sacrificial ha seguido aplicando al Dios de Jesús los principios de violencia del sistema, pues, a su juicio, la violencia se vence sólo con otra violencia más grande. En ese contexto, los hombres seguirían sometidos al terror de un Dios más alto y poderoso que descarga sobre ellos su agresividad, para mantenerlos sometidos. Ese Dios de violencia sacrificial seguiría estando al fondo de una visión apocalíptica de la historia, según la cual Dios resolvería al fin, con su violencia más alta y con su fuego de infierno, los problemas de violencia de este mundo. Ese Dios apocalíptico sería la violencia suprema de todas las violencias.

Pues bien, Girard afirma que ese Dios apocalíptico no responde a la raíz del evangelio, de manera que el mismo cristianismo violento debe convertirse y volver al evangelio. Sólo esa “conversión de Dios” puede hacer posible el surgimiento del verdadero cristianismo del futuro, según el evangelio. Esa conversión de Girard al cristianismo y del cristianismo al evangelio de la no-violencia contiene elementos que pueden resultar agradables para muchos teólogos, incluso tradicionales.

Entre los rasgos del pensamiento de Girard que pueden resultar más positivos para un cristianismo tradicional está su su manera de distinguir el Logos del evangelio de Juan y el logos violento de Heráclito, su forma de oponerse a un tipo de paganismo de Heidegger, su afirmación expresa (teológica) del nacimiento virginal de Jesús, como expresión de ruptura mesiánica, etc. Pero en el pensamiento de Girard hay otros elementos que parecen inquietantes para el cristianismo tradicional, porque obligan a formular la fe cristiana (la antropología) sobre bases distintas, como ahora indicaremos.

7. Una invitación al pensamiento cristiano. 

De manera consecuente, la teología cristiana había empleado unos principios filosóficos griegos (de tipo ontológico y violento), que parecen oponerse al evangelio. Pues bien, en contra de eso, Girard nos invita a elaborar una teología, sobre bases de antropología social no violenta (no helenista), asumiendo en esa línea algunas aportaciones de literatos y pensadores de la modernidad. Estas son sus propuestas básicas.

a. Vuelta al Jesús histórico. Girard quiere tomar los dichos principales del evangelio (sobre el Reino, sobre la no violencia, sobre la superación del talión, etc.) al pie de la letra, en su sentido más fuerte como indicación de un nuevo camino antropológico, viendo a Jesús como aquel que “rompe” los principios de acción-reacción (de lucha de todos contra todos) que parecen propios del sistema ontológico griego. Jesús conoció los mecanismos de violencia mimética y ese conocimiento le permitió ver las cosas desde otro nivel. No cumplió el papel que otros querían que cumpliera, sino que abrió un camino de revelación no violenta del misterio de la vida (de Dios) y lo llevó hasta el final, aceptando incluso la muerte. Jesús sabe que le van a matar y lo acepta; pero no muere como víctima que reconcilia a los violentos a través de la violencia que ejercen sobre él, sino todo lo contrario; Jesús muere revelando el carácter salvador de la no-violencia, del amor gratuito. Eso significa que Dios no se revela en el “sacrificio” de los que matan a Jesús, sino en la inocencia amorosa y no-violenta de Jesús. Sólo de esa forma, a modo de condena de todo sacrificio y de toda violencia, la muerte de Jesús puede presentarse como salvadora.

b. Pecado original y pascua cristiana. Girard ha puesto de relieve la importancia del pecado original, pero añadiendo que ese pecado sólo se revela y ratifica, sólo se descubre y se despliega en su potencia más profunda con el asesinato de Jesús, en representante de todas las víctimas inocentes. El verdadero Adán, el ser humano que comete el gran delito original-central de nuestra historia ha sido el conjunto de la humanidad que mata a Jesús, rechazando su apertura de gracia y su vida de amor gratuito, sin mecanismo alguno de violencia. En este contexto recibe su sentido la Pascua cristiana. Dios no ha respondido a la muerte de Jesús en clave de violencia: ni ratificando la acción sacrificial de aquellos que le matan (esa muerte ya no es sacrificio sino simple asesinato), ni vengándose con fuerza superior del Cristo muerto y matando así a los asesinos. El Dios de la pascua de Jesús rompe el círculo mimético de muerte y más muerte en que los hombres se habían encerrado, quebrando así el talión de una venganza que se iría así multiplicando por los siglos. La pascua es experiencia de comunión y gracia que se abre para todos, empezando desde el crucificado (desde los crucificados).

c. Revelación de lo diabólico y revelación de la gracia. Es significativo el hecho de que Girard rehabilite a los demonios (diablo), pero no en clave ontológico-personal, como espíritu autónomo y personal que tienta a los hombres, sino como la fuerza del conflicto mimético. Diablo es la envidia imitadora: el hecho de querer lo que otro tiene y, al quererlo, disputar con él. Diablo es el origen y la misma estructura de violencia que se ha ido imponiendo sobre el mundo.

Por eso se le puede llamar el anidios y príncipe del mundo. Pues bien, en contra del Diablo ha presentado Girard al Paráclito, que transmite la palabra y experiencia de la victoria de las víctimas. El Paráclito nos descubre la verdad de la no violencia, es decir, la posibilidad de una gracia que actúa y se despliega como principio de comunión y amor no viento entre los hombres. Ésta es la novedad fundadora del cristianismo: la víctima no está ahí para fortalecer en su violencia a los asesinos (para ser divinizada en gesto de inversión idolátrica) sino para mostrar a esos asesinos su pecado y abrirles a un espacio de reconciliación gratuita. De esa manera, partiendo de Jesús, puede edificarse una comunión de hombres liberados de violencia que invierten el deseo anterior y lo convierten en principio de amor, conforme a Rom 13, 9 donde el no desearás (que prohíbe la mímesis combativa) se transforma en amarás al prójimo como a ti mismo (querrás como propio el bien del otro). Este amor consiste en aceptar el deseo del otro como ser distinto, gozando en que se cumpla ese deseo, en clave de gratuidad.

Sobre esta base se edifica la Iglesia: los cristianos creen que Dios ha resucitado a Jesús, la víctima no violenta; creen que Dios no se ha vengado de los asesinos, pero ha abierto un camino de salvación desde los asesinados, un camino que se abre incluso para los mismos sacrificadores, a quienes se ofrece un camino de de perdón y gratuidad. Sobre la base de ese Jesús han edificado sus discípulos un ekklesia, una comunidad que rompe el esquema de violencia mimética. Desde aquí se puede hablar de un sacramento eclesial de las víctimas: todos los que han muerto asesinados, todos los que son rechazados y aplastados por un sistema (grupo victorioso) de violencia son signo de Dios sobre la tierra. La predicación de la Iglesia debe dirigirse en esa dirección: ella ofrece sentido (signo de Dios) a los derrotados de este mundo, ayudándoles a entender, a acoger y trasformar su situación.

Obras. Además de las ya citadas,

- Proust. A colection of critical essays, New York 1962;
- Dostoieski: du double à l’unité, París 1963),
- Literatura, mímesis y antropología (Barcelona 1984);
- Mentira romántica y verdad novelesca (Barcelona 1985);
- Shakespeare. Los fuegos de la envidia (Barcelona, 1995);
- Cuando empiecen a suceder estas cosas... Conversaciones con Michel Treguer (Madrid, 1996);
- Veo a Satán caer como el relámpago (Barcelona 2002); Aquél por el que llega el escándalo (Madrid, 2006);
-Los orígenes de la cultura: conversaciones con Pierpaolo Antonello y João Cezar de Castro Rocha (Madrid 2006).

Xabier Pikaza Ibarrondo. Orozko, País Vasco (1941), experto en Biblia y religiones. Ha sido religioso de la Orden de la Merced (mercedario). Católico convencido y practicante, fue profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre otras universidades. Tiene publicados varios libros.