lunes, 14 de febrero de 2011

ZEN BUDISMO EN LA VIDA Y EL TRABAJO - LEONARDO BOFF

EL ZEN-BUDISMO, FUENTE INSPIRADORA

El zen-budismo puede significar una fuente inspiradora para el paradigma occidental en crisis, así como para la vida cotidiana. Y ello se debe a que el zen no es una teoría o una filosofía. Leonardo Boff

El zen-budismo puede significar una fuente inspiradora para el paradigma occidental en crisis, así como para la vida cotidiana. Y ello se debe a que el zen no es una teoría o una filosofía. Es una práctica de vida que se inscribe en la tradición de las grandes sabidurías de la humanidad. El zen puede ser vivido por las personas más diferentes, sencillas amas de casa, empresarios o personas religiosas de diferentes credos.

Para el zen-budismo, lo más importante no está en la razón, tan importante para nuestra cultura occidental, sino en la conciencia. Para nosotros la conciencia es algo mental.

Para el zen-budismo cada sentido corporal tiene su conciencia: la visión, el olfato, el paladar, la audición y el tacto. La sexta es la razón. Todo se concentra para activar con la mayor atención posible cada una de estas conciencias, en las vivencias de cada día.

Tener una actitud zen es discernir cada matiz del verde, percibir cada ruido, sentir cada aroma, darse cuenta de cada toque. Y estar atento a los devaneos de la razón en su movimiento imparable.

Por eso, el zen se construye sobre la concentración, la atención, el cuidado y la integridad en todo lo que hacemos. Por ejemplo, expulsar un gato de la poltrona, puede ser zen; también, soltar a los perros de la perrera y dejarlos correr por el jardín. 

Se cuenta que un guerrero samurai, antes de una batalla, visitó a un maestro zen, y le
preguntó: «¿qué es el cielo y el infierno?». El maestro respondió: «para gente armada como tú, no pierdo ni un minuto». El samurai, ofendido, tiró la espada, y dijo: «por semejante falta de cortesía podría matarlo ahora mismo». Ahí le contestó con toda calma el maestro: «eso es el infierno». 
Con la calma del maestro, recapacitó el samurai, metió la espada en la vaina y se marchó. El maestro le gritó desde atrás: «eso es el cielo».

En medio de las diferentes situaciones acabamos compartimentando nuestra vida. La
actitud zen apunta a la completa integración de la persona con la realidad que vive. El zen busca el vacío. Pero ese vacío no es tal. Es más bien un espacio libre en el cual todo se puede formar. No nos podemos quedar atados a esto o aquello...

Cuando un discípulo preguntó al maestro «¿quién somos?», el maestro respondió
simplemente apuntando al universo: «somos todo eso». Eres la planta, el árbol, la montaña, la estrella, el universo entero. Cuando nos concentramos totalmente en esas realidades, nos identificamos con ellas. Pero eso sólo es posible si quedamos vacíos y permitimos que las cosas nos tomen totalmente. El pequeño yo va desaparecienco, para que surja el yo profundo. Es entonces cuando sentimos que somos uno con todo.

Este camino exige mucha disciplina. No es nada fácil superar las fluctuaciones de cada una de las conciencias y crear un centro unificador.

La búsqueda de esta unidad originaria tiene una base cosmológica. Hoy sabemos que todos los seres provienen de elementos físico-químicos que se forjaron en el corazón de las grandes estrellas rojas que después explotaron. Un día estábamos todos juntos en aquel corazón incandescente. Guardamos todavía una memoria cósmica de esta ancestralidad nuestra.

Por otra parte, sabemos también que tenemos el mismo código genético de base presente en todos los demás seres vivos. Venimos de una bacteria promordial, surgida hace 3.800 millones de años. Formamos la única y sagrada comunidad de vida. Al buscar un centro unificador, el zen nos invita a realizar este viaje interior. No hace falta decir que todo eso vale para todos, pero principalmente para mí.



Fuente: Servicio Koinonia

UNA HISTORIA DE PRIMAVERA: EL RAPTO DE PERSÉFONE

Una historia de primavera: el rapto de Perséfone


Desde los tiempos más remotos, el hombre, cuando no puede comprender el mundo externo que lo rodea, crea representaciones míticas. Así, la humanidad ha llegado ha mitificar desde la salida y la puesta del sol hasta los fenómenos atmosféricos, el crecimiento de las plantas, el nacimiento y la muerte. La primavera es la estación del renacimiento... así lo entendieron la gran mayoría de las religiones antiguas y, a partir de ello, levantaron muchos de sus mitos. En este contexto, la primavera es vista como lo muerto que renace. Una vez más ocurre el milagro: de los arboles deshojados renacen nuevos brotes y, una vez más, hay cosecha, es decir, vida.
 
Mahoma decía: "No hay gota en los mares, ni fruto en los árboles, ni planta en la tierra que no tenga en cada semilla un ángel que cuide de ella". La naturaleza está entonces ligada a lo sagrado y protegida por los guardianes de dios para que al hombre no le falte el sustento. Para algunos pueblos eslavos y escandinavos, por ejemplo, los templos consagrados a sus dioses eran bosques, lagos y árboles sagrados, pero todos celebraban festivales que podían durar semanas porque para todos los pueblos la primavera siempre era algo festivo.

Las diosas Démeter(1) y Perséfone(2) representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y la emergencia cíclica. En la antigua Grecia, el primer día de la primavera era el día en que Perséfone(2), prisionera bajo tierra durante seis meses, volvía al regazo de Deméter(1), su madre. 
Cuenta Homero que en el sureste de Europa hubo un tiempo en el que reinaba la eterna primavera. La hierba siempre era verde y espesa y las flores nunca marchitaban. No existía el invierno, ni la tierra yerma, ni el hambre. La artífice de tanta maravilla era Démeter(1), la cuarta esposa de Zeus(3). De este matrimonio nació Core, luego llamada Perséfone(2). Se trataba de una hermosa joven adorada por su madre que solía acercarse a un campo repleto de flores a jugar. Un día, pasó por allí el terrible Hades(4) con su temible carro tirado por caballos. Se encandiló con Perséfone(2) y la raptó para llevarla al subsuelo, su territorio. Deméter(1), al no encontrar a su hija y con una antorchas en cada mano, emprendió una peregrinación de nueve días y nueve noches. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a confesarle quién se había llevado a su hija. Irritada por la ofensa, Démeter(1) decidió abandonar sus funciones y el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra. Esta se quedó desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, se seca y las plantas no crecen. Ante este desastre Zeus(3) se vio obligado a intervenir pero no pudo devolverle la hija a su madre. Es que Perséfone (2) ya había probado el fruto de los infiernos (la granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, se pudo llegar a un acuerdo: una parte del año Perséfone (2) lo pasaría con su esposo y, la otra parte, con su madre.


Lo que este mito indica es que cuando Perséfone (2) regresa con su madre, Démeter(1) muestra su alegría haciendo reverdecer la tierra, con flores y frutos. Por el contrario, cuando la joven desciende al subterráneo, el descontento de su madre se demuestra en la tristeza del otoño y el invierno. Así se renueva anualmente el ciclo de las estaciones y así explicaban los griegos la sucesión de ellas: el otoño y el invierno son tristes y oscuros como el corazón de Deméter (1) al estar separada de su hija. La alegría y la serenidad retornan cuando vuelve con ella, es decir, cuando comienza la primavera. 

Referencias: Los dioses y sus símbolos
(1) Deméter
Diosa de la fecundidad de los campos, la Madre Tierra, diosa del trigo, que proporciona el pan. En la mitología latina es Ceres, que está representada como una digna matrona que porta dos antorchas, símbolo de nacimiento y de luz.

(2) Perséfone

Representa a la primavera. Para los romanos era Proserpina. 

(3) Zeus

Padre de los dioses, dueño y señor del cielo. 

(4) Hades

Dios de los infiernos que rige en el Tártaro o Mundo de los Muertos.

LA VISIÓN DE LOS ÁNGELES DESDE LA TEOSOFÍA

LOS ÁNGELES CUSTODIOS Y OTROS PROTECTORES INVISIBLES

Charles W. Leadbeater
Versión española de R. U. G.

Uno de los más hermosos caracteres de la enseñanza teosófica, a mi entender, es que devuelve al hombre las más útiles y saludables creencias de las religiones que ha abandonado. Hay muchos hombres que, creyendo que no deben resolverse a aceptar algunas de las más usuales, miran, sin embargo, volviéndose atrás, con algún sentimiento, las más hermosas ideas que tuvieron en su infancia. Surge en ellas
como un crepúsculo lleno de luz, y reconociendo el hecho, no pueden volver a su primitiva actitud como desean, aunque sean amables esas visiones del crepúsculo y la misma claridad no sea tan fuerte comparativamente con sus más bajos tonos. La teosofía viene, pues, en auxilio de esos hombres y les muestra que toda la gloria, la belleza y la poesía, vislumbres que oscuramente han columbrado en ese crepúsculo, existen como realidades vivas, y que en vez de desaparecer ante la luz del día, sus esplendores se extenderán con mayor intensidad por ella.
Esta enseñanza les devolverá su poesía sobre una nueva base, fundada en hechos científicos en vez de estarlo sobre una tradición incierta.

Un buen ejemplo de ello puede suministrarse con la que emprendo bajo el título de LOS ÁNGELES CUSTODIOS Y OTROS PROTECTORES INVISIBLES.

Hay una infinidad de preciosísimas tradiciones acerca de la custodia espiritual y de la mediación angélica que habrán por igual de creerse, si podemos verlos únicamente en nuestro camino para aceptarlos de un modo racional. He aquí lo que espero explicaros esta noche con cuanto su extensión lo consienta.
La creencia en semejante intervención es verdaderamente antiquísima. En las más primitivas leyendas de la India hallamos huellas de apariciones de las deidades menores en los momentos más críticos de los asuntos humanos.
Los poemas griegos están llenos de historias semejantes, y en la misma historia de Roma leemos que los dioses gemelos Cástor y Pólux guiaron los ejércitos de la naciente República en la batalla del Lago Régilo. En la Edad Media consignaremos que Santiago auxilió a las tropas españolas para que venciesen (1), y son muchos los cuentos de ángeles que vigilan sobre el piadoso caminante o que intervienen en el crítico momento protegiéndole con su brazo.
Es una “mera superstición popular”, dicen bastantes personas. Quizá; pero donde quiera
que encontramos una superstición popular muy extendida y arraigada, hallamos también por modo invariable algún rastro de verdad; verdad torcida y exagerada, si se quiere; pero verdad al fin. Y éste es el caso de nuestro ejemplo.
La mayor parte de las religiones hablan al hombre de ángeles custodios que están cerca de él en tiempos de aflicción y de trastorno. El Cristianismo no se exceptuó de esta regla; pero por sus pecados cayó sobre la cristiandad la tempestad que por una extraordinaria inversión de la verdad se llamó la Reforma, y por cuya espantosa explosión hubo numerosísimas pérdidas, de las que en gran parte no nos hemos
resarcido todavía. Que existía un terrible abuso y que la Iglesia necesitaba una reforma, no he de ponerlo en duda; es más: seguramente fue un verdadero castigo celeste por los pecados que había perpetrado. Así el llamado Protestantismo vació y obscureció el mundo de sus secuaces, porque entre muchas extrañas y tristes falsedades se encargó de difundir la teoría de que nadie ocupa los infinitos escalones que median entre lo divino y lo humano. Nos ofreció la extraña concepción de una constante y caprichosa oposición del Gobernador del universo con el actor de sus propias leyes y el resultado de sus propios decretos, y esa frecuencia en la súplica de sus criaturas, que aparentemente presumen conocer mejor que Él lo que les conviene.
Sería imposible. si uno pudiera llegar a creer tal cosa, desterrar de la mente la idea de que si tal oposición existiese, sería, en verdad, parcial e injusta. En teosofía no tenemos tal pensamiento, como ya he dicho en otra parte; tenemos nuestra creencia en una perfecta justicia divina, y por eso reconocemos que no puede haber intervención alguna, a menos que la persona auxiliada haya merecido tal ayuda. Pero aun entonces, no será por una directa intervención divina, sino por medio de aquellos agentes.
Sabemos también por nuestro estudio y nuestra personal experiencia que hay muchos escalones intermedios entre lo humano y lo divino. La antigua creencia en los ángeles y arcángeles está justificada por los hechos, pues así como existen varios reinos inferiores a la humanidad, los hay también que están por encima de ella.
Y los que están sobre ellos mantienen la misma posición sobre nosotros que nosotros respecto del reino animal. Sobre nosotros está el gran reino de los devas o ángeles, sobre ellos otra evolución que ha sido llamada la de los Dhyan-Choans, - aunque se dé este nombre a otros órdenes más inferiores -, y así progresivamente hasta llegar a las gradas de lo Divino. Todo es una gradación vital desde el propio Logos hasta el polvo que hay bajo nuestros pies; y de esa gran escala, la humanidad no es más que uno
de sus escalones. Hay muchos peldaños por debajo y por encima de nosotros, y cada uno de ellos está ocupado. Sería absurdo que supusiéramos que constituimos la más elevada forma del desenvolvimiento; la última etapa de la evolución. El que aparezcan en la humanidad hombres mucho más avanzados, muéstranos un estado superior y nos da un ejemplo que imitar. Hombres como el Buddha, como el Cristo, y como tantos otros menos ilustres, ofrecen ante nuestros ojos un gran ideal, que, trabajando, puede conseguirse por nosotros en el presente.
Ahora bien: si las intervenciones especiales en los asuntos humanos pueden efectuarse, ¿hemos de considerar a las huestes angélicas como los probables agentes empleados en ellas? Algunas veces, pero muy raramente, porque esos elevados seres tienen un propio trabajo que cumplir, relacionado con su lugar en el poderoso esquema de las cosas, y apenas si tienen relación o mediación con nosotros. Sin embargo el hombre inconscientemente, es por modo extraordinario tan fatuo, que se siente inclinado a pensar que todos los grandes poderes del universo deben estar vigilando sobre él y prontos a socorrerle, así en sus sufrimientos como en su propia locura o ignorancia. Olvida que no obra como una providencia bienhechora acerca de los reinos inferiores, y que no sale de su camino para adelantarse y ayudar a los animales. A veces representa para ellos como el papel del demonio según la ortodoxia, y destruye sus vidas vigorosas e inocentes que tortura y frívolamente consume para satisfacer tan sólo su degradado deseo de crueldad, bajo la convenida denominación de deporte. En otras ocasiones les mantiene en la esclavitud, y si les manifiesta algún cuidado, es sólo porque trabajan para él. Nada hace, empero, para que adelanten en su evolución en abstracto. ¿Cómo puede esperar, pues, de los seres superiores lo que está muy lejos de hacer con los que se
hallan un peldaño más bajos?
Bueno fuera que el reino angélico se entrometiese en sus propios negocios, no teniendo
más noticias nuestras que las que tenemos nosotros de los gorriones de un árbol. Puede ocurrir, sin embargo, que un deva auxilie en alguna tristeza humana o en alguna dificultad al que le mueva a piedad; y podrá ayudarnos, justamente, como debemos empeñarnos en asistir a un animal en un contratiempo, pero seguramente su poderosa visión reconocerá de hecho, que en el presente estado de evolución semejantes intervenciones pueden, en la mayoría de los casos, producir infinitamente más daño que bien. En las más remotas edades el hombre fue con frecuencia protegido por esos extraterrestres agentes, porque entonces no era aun nuestra infantil humanidad capaz de recibir las enseñanzas de los maestros; pero ahora que hemos llegado a la adolescencia hemos de suponer que nos hallamos en un estado en el que podemos proveernos de guías y protectores entre nuestro propio rango.
Hay además otro reino en la naturaleza que es muy poco conocido: el de los espíritus naturales o el de las hadas. Aquí también la tradición popular ha conservado la huella de la existencia de una suerte de seres que la ciencia no conoce. Se les ha dado una infinidad de nombres: ninfas, gnomos, elfos, duendes, silfos, ondinas, huestes, etc., etc.; y pocos países hay en los que la demótica no los halle. Son seres que poseen un cuerpo astral o etéreo, y que, por lo tanto, sólo bajo ciertas circunstancias pueden hacerse visibles al hombre. Por lo general evitan su vecindad, pues no gustan de sus salvajes
explosiones de pasión y de deseo; así es que por lo común se ven en algún sitio solitario y por algún montañés o algún pastor, que hacen sus trabajos lejos del importuno trajín de las gentes, y a veces ha ocurrido que una de esas criaturas ha llegado a unirse a algún ser humano y le ha consagrado sus servicios como vemos en las historias de los montañeses de Escocia; pero apenas, del mismo modo, puede esperarse una asistencia inteligente de entidades de esa clase (2).
Un auxilio tallo prestan los grandes adeptos, los Maestros de Sabiduría, hombres como nosotros, pero tan altamente evolucionados, que podemos considerarlos como dioses por sus poderes, su sapiencia y su compasión. Ellos se consagran por completo al trabajo de ayudar la evolución. ¿Pueden de un modo igual intervenir en los acontecimientos humanos alguna vez? Ocasionalmente acaso, pero de un modo
excepcional, porque tienen otras cosas más grandes que hacer. El ignorante llega a creer
que los adeptos deben venir a las grandes ciudades y socorrer al pobre; digo el ignorante, porque sólo uno excesivamente ignaro e increíblemente presuntuoso se aventura a dictar una conducta a los que son infinitamente más sabios y más grandes que él. El hombre sensato y modesto realizará lo que aquellos ordenen por su buena razón, e injuriarlos sería el colmo de la estupidez y la ignorancia. Tienen una misión
propia que realizar sobre planos más elevados; y así comunican directamente con las almas de los hombres y brillan sobre ellos como el rocío sobre las flores, llevándolas hacia arriba o adelante, lo que es una obra mucho más grande que curar, cuidar y alimentar los cuerpos, aunque esto también pueden hacerlo quizá. El emplearlos, pues, en actuar sobre el plano físico, sería despilfarrar una fuerza infinitamente mayor que la que pusieran nuestros más doctos hombres de ciencia en romper las piedras de un camino, a pretexto de que iba a resultar un bien para el mayor número, porque el trabajo
científico no aprovechará inmediatamente a los pobres. No proviene ciertamente del adepto una intervención física semejante, pues está muy lejos de emplearla a diario.
Los adeptos proceden de dos clases y en muchos casos son hombres como nosotros mismos y no muy lejos de nuestro propio plano. La primera categoría la constituyen lo que llamamos los muertos. Imaginámoslos como muy lejos; pero eso es una ilusión. Están muy cerca de nosotros, y aunque en su nueva vida no puedan generalmente ver nuestro cuerpo físico, pueden ver y ven nuestro vehículo astral, y por eso conocen nuestros sentimientos y nuestras emociones. Así saben cuando estamos angustiados,
cuando necesitamos ayuda y hasta procuran facilitárnosla. Hay, pues, un número enorme de positivos protectores que pueden ocasionalmente intervenir en los asuntos humanos. De un modo ocasional, pero no muy a menudo, pues el muerto procura adiestrarse en sí mismo, y así pasa rápidamente sobre lo que toca a las cosas terrenales; por eso los más altamente desenvueltos, como los hombres más útiles, son precisamente aquellos que han abandonado la tierra más pronto. Hay, empero, casos indudables en que los muertos han intervenido en los negocios humanos, y es verdad también que tales casos son más numerosos de lo que imaginamos, pues en muchos el hecho ha sido el
resultado de una sugestión en la mente de alguna persona viva aún sobre el plano físico, que ignoraba el origen de su feliz inspiración. Algunas veces, pero también muy raras, es necesario para el muerto la solicitud de aquel a quien ha de mostrarse, y es solamente entonces para que los que son tan ciegos sepan su buena intención hacia ellos. Por lo
demás, no pueden mostrarse siempre a voluntad de uno; hay ocasiones en que emplearían su protección, pero están incapacitados para efectuarlo y no siempre sabemos la oportunidad de su sacrificio. Hay muchísimos otros casos y algunos de ellos han sido referidos ya en mi obra: Al otro lado de la muerte.
La segunda categoría entre las que hemos establecido en los protectores, la constituyen
aquellos que son capaces de actuar conscientemente sobre el plano astral aun mientras viven, o quizá diríamos mejor, mientras se hallan en su cuerpo físico, pues las palabras vivo y muerto se emplean muy impropiamente en el lenguaje ordinario.
Estamos nosotros, sumergidos como nos hallamos en esta materia física, encerrados en la oscura y malsana niebla terrestre, cegados por el pesado velo que impide llegar hasta nosotros la luz y la gloria que resplandece a nuestro alrededor; somos seguramente los verdaderos muertos, y no aquellos que han arrojado a su tiempo el fardo de la carne y permanecen entre nosotros radiantes, regocijados, fuertes, mucho más libres y mucho más capaces que nosotros.
Aquellos que en el mundo físico han aprendido a usar del cuerpo astral, y en algunos
casos también del cuerpo mental, son usualmente los discípulos de los grandes adeptos ya mencionados. No pueden ejecutar la obra que los Maestros hacen, pues sus facultades no están desenvueltas todavía, ni pueden aún actuar libremente sobre aquellos planos sublimes donde aquellos producen sus magníficos resultados; pero pueden hacerlo a veces en los planos más inferiores, y están buenamente dispuestos a servir en cualquier camino los mejores pensamientos de Aquellos y a emprender tal
obra como está en su poder. Así a veces ocurre que viendo alguna desgracia o algún sufrimiento humano, que pueden aliviar con gusto, intentan lo que pueden hacer por él. A menudo pueden auxiliar a un vivo como a un muerto; pero hemos de recordar siempre que lo hacen bajo ciertas condiciones. y cuando tal poder y tal instrucción lo confieren a algún hombre, lo hacen también condicionalmente. Nunca usará de ellos egoístamente, ni los ostentará a la mera curiosidad, ni los empleará en averiguación de los negocios ajenos, ni hará lo que se llaman experimentos en las sesiones espiritistas; es decir, que no deberá hacer nada que pueda tomarse como un fenómeno sobre el plano físico. Podrá, si lo prefiere, enviar un mensaje a un muerto; pero está lejos de su poder
el devolverlo de un muerto a un vivo sin las directas instrucciones del Maestro. Pues el conjunto de los protectores invisibles no constituye en sí mismo un ministerio de policía, ni una agencia de información astral, sino que sencilla y tranquilamente hace tales obras como es dado hacerlas y como lo hacen.
Mucha gente piensa que la protección en este sentido puede ser perjudicial, temiendo una colisión con el actor de la gran ley de la Divina Justicia. Es en verdad una idea extraña suponer que el hombre contienda con la ley. Todos sabemos cuan a menudo sucede que nos empeñamos con todas nuestras fuerzas en auxiliar a un compañero, aun siendo incapaces realmente de hacer algo bueno por él. Este es un caso claro en el que no está en el destino del hombre que sea ayudado y así no podrá hacerse nada en beneficio suyo. Aun entonces nuestro esfuerzo no se perderá, aunque no se produzca el
efecto que hemos intentado. Esa tentativa siempre nos producirá un gran bien a nosotros mismos, y podemos asegurar también que producirá alguno en quien hemos tratado de auxiliar, aunque lo deseado no se haya cumplido justamente como hubiéramos querido. Es totalmente verdad que nadie puede obtener remisión de sus propias faltas, y que en toda desdicha recae en uno el resultado de un crimen cometido en otro tiempo. Pero esto no es una razón para aminorar nuestro esfuerzo en auxiliar a alguno.
Si sabemos que puede llegar al extremo del necesario sufrimiento, que ha de pagar justamente sus deudas y que necesita de una mano auxiliadora que le levante del lodazal, ¿por qué no hemos de ser nosotros la mano que haga esa buena obra? No hemos de temer jamás que nuestras débiles tentativas pugnen con las leyes de la Naturaleza, o que produzcan el menor embarazo a aquellos que las administran.
Veamos como un hombre es capaz de hacer tal obra y de dispensar la protección que hemos descrito; así comprenderemos cuales son los límites de su poder y veremos cómo nosotros mismos podemos, en alguna extensión, conseguirlos. Debemos primeramente pensar cómo el hombre deja su cuerpo en el sueño. Abandona el cuerpo físico de manera que queda en completo reposo; pero él mismo, su alma, no necesita descansar, porque no siente fatiga, y únicamente el cuerpo físico es siempre el que se cansa. Cuando hablamos, así, de la fatiga mental, no nos expresamos realmente bien, pues el cerebro, pero no la mente, es quien se cansa. En el sueño, pues, el hombre utiliza sólo
su cuerpo astral en vez de su cuerpo físico, y es únicamente el cuerpo lo que duerme, y de ningún modo el hombre mismo. Si pudiéramos examinar, penetrando en él, un salvaje durmiendo, probablemente hallaríamos que estaba casi tan dormido como su cuerpo, porque tendría una escasísima conciencia en el vehículo astral de su pertenencia. Sería incapaz de separarse de las próximas inmediaciones donde durmiese su cuerpo físico, y si intentase hacerlo volvería sobre sí despertando con terror.
Si examinamos un hombre más civilizado, como por ejemplo uno de nosotros mismos, encontraremos una gran diferencia. En este caso el hombre, en su cuerpo astral. de ningún modo permanecerá inconsciente, sino pensando muy activamente. Sin embargo, podrá tener muy pocas más noticias de su vecindad que el salvaje, aunque no sea por la misma razón. El salvaje está incapacitado para ver, y el hombre civilizado está muy sobre su propio pensamiento por lo que no puede ver, aunque quiera. Tiene tras sí la inmemorial costumbre de una gran serie de existencias en las que no ha usado las
facultades del astral, y así esas facultades, gradual y tardíamente, han desarrollado en él una costra, algo como un polluelo que vegeta en un huevo. Esa cáscara está compuesta de grandes masas de pensamientos egoístas, en los que de ordinario cae el hombre irremisiblemente. Todos aquellos que de un modo principal han llamado la atención de su mente durante la mayor parte de la vigilia, le continúan usualmente cuando cae dormido, y queda rodeado así de una valla hecha por él, por la que prácticamente nada conocerá de lo que pulula en lo exterior. De un modo ocasional, y muy raras veces,
algún choque violento de lo externo, o algún fuerte deseo de su propio interior, puede desgarrar esa cortina de nieblas por un momento y permitirle recibir alguna impresión definida; pero aun entonces la cortina vuelve a unirse inmediatamente y el sueño seguirá como antes.
¿Podrá estar despierto?, se preguntará. Sí; lo que puede ocurrir en cuatro diferentes casos.
Primero: en el más remoto futuro, la lenta, pero segura, evolución del hombre disipará indudablemente de un modo gradual esa cortina de niebla. Segundo: el hombre mismo, conociendo las causas del hecho, puede por un firme y persistente esfuerzo despejar el camino de su íntima obscuridad y por grados vencer la inercia resultante de las edades inactivas. Puede resolverse antes de dormir a intentarlo cuando deje su cuerpo, despertar y ver algo. Esto es sencillamente una precipitación del proceso natural, y no habrá peligro si tal hombre ha desarrollado de un modo previo su razón y sus cualidades morales. Si éstos faltasen, podrá muy tristemente apenarse, pues corre el doble peligro de perder los poderes que ha adquirido y de morirse de pánico a la presencia de fuerzas que ni puede comprender ni detener. Tercero: en ocasiones, ha ocurrido por algún accidente o por el empleo de ilegítimas ceremonias mágicas, que el velo no ha podido cerrarse de nuevo. En tal caso el hombre ha quedado en esa terrible condición tan admirablemente descrita por M me. Blavatsky en su cuento Una vida encantada (3), o por lord Lytton en su magnífica novela Zanoni. Cuarto: algún amigo de los que conocen perfectamente al hombre y que le creen capaz de resistir los peligros del plano astral y de hacer desinteresada mente el bien, puede hacer caer aquella cáscara y gradualmente despertarle a tan altas posibilidades.
Pero no hará tal a menos de creerle absolutamente seguro, con ánimo, con devoción y en posesión de las cualidades necesarias para obrar bien. Si en todos esos particulares ha sido juzgado favorablemente. será invitado y ya podrá unirse a la hueste de protectores.
Por lo que se refiere a la obra que hacen semejantes protectores, he ofrecido muchísimos ejemplos de ella en la obrita que he escrito bajo el título de Protectores invisibles; no repetiré, pues aquellos casos ahora, pero sí indicaré principalmente las diversas suertes de obras que efectúan de un modo más principal. Es natural que haya una gran variedad de géneros y que muchísimas de ellas no se efectúan físicamente; sin embargo podemos referirlas a dos clases: actuaciones en los vivos y actuaciones
en los muertos.
El proporcionar cohonorte y consuelo en la tristeza o en la enfermedad a un sujeto, es comparativamente una tarea facilísima para ellos, y uno puede estar así constantemente auxiliado sin saber por quien. Es lo que les pasa, con frecuencia, a las personas que experimentan una gran perplejidad y que a la noche se acuestan preocupadas con algún problema insoluble; en tal caso muchas veces pueden obtener una solución, o más bien ser ayudados por una decisión adecuada (4). Esto jamás se efectuará sugestionando o influyendo la mente de nadie; y no debemos pensar que el protector sea una especie de mesmerizador. Es muy fácil, también, que alguien imagine que el protector influye por un designio o un propósito deseado por él; pero eso sería violar uno de los más estrictos preceptos de su obra. Este caso puede presentársele al hombre que duda; pero aceptada esta opinión arguye a favor de lo contrario, pues aquél no deberá ejercer su poder aunque el hombre lo consienta hasta que se asegure que puede haber un desastre si su consejo no es aceptado. Pero hay muchísimos indagadores ardorosos que ansían realmente la luz, y el proporcionársela, como el disponerlos para que la produzcan, es uno de los más grandes placeres del protector. Las sugestiones pueden hacerlas, y constantemente las hace a escritores, predicadores, poetas, artistas, así para los asuntos
que escogen, como para la manera de tratarlos, y desde luego sin ningún conocimiento de parte del recipiente o recipiendario de la fuente de su inspiración. Además, piensa ser así un perfecto compañero dando tales nuevas y originales ideas, pero a lo que no da importancia, pues ningún protector desea acreditarse por lo que hace. Si poseyese tal sentimiento de autoglorificación, inmediatamente quedaría excluido del rango de protector. Muchos en muchas ocasiones tienen como un protector a su lado, a un
predicador o a un escritor, y pueden tras su inclinación ampliar y más liberalmente ver un asunto que él previamente ha visto; y aunque a veces es imposible alcanzar este favor, con todo en muchos casos se logra algo de ello del plano físico.
Frecuentemente esfuérzanse en apaciguar las discordias, y efectúan una reconciliación entre aquellos que hace tiempo se separaron por diferencias de opiniones o de intereses. A veces les ha sido posible advertir a los hombres de algún grave peligro que amenazaba sobre sus cabezas para que lo evitasen, y han existido casos en que tales advertencias se hicieron hasta en vista de cosas puramente materiales; pero lo más general es que se den esos avisos sobre peligros morales. De un modo ocasional, y en contadísimos casos, les permite ofrecer un solemne aviso a uno que lleva una vida crapularia para devolverle así al buen camino.
Cuando saben también que ha de ocurrir en un tiempo un particular trastorno a un amigo, esfuérzanse en defenderle y le prestan fuerza y confortan.
En las grandes catástrofes, también con muchísima frecuencia, se hace mucho por aquellos cuyo trabajo no reconoce el mundo exterior. A veces permiten que una o dos personas se salven; y así ocurre que con motivo de una temible y espantosa destrucción oímos que alguien ha escapado de ella, estimándolo como un milagro.
Pero esto acontece sólo cuando entre los que están en peligro hay uno que no debe morir en el trance, uno que debe a la ley Divina lo que no ha de pagarse en esa forma. En la gran mayoría de los casos, todo aquel que puede, hace algún esfuerzo para comunicar fuerza y ánimo frente al acaecimiento, y entonces después de llamar las almas así que llegan al plano astral, son acogidos y asistidos luego.
Esto nos lleva a considerar una de las partes más grandes e interesantes de nuestro trabajo: la protección de los muertos. Pero antes que tratemos de ella, hemos de destruir las ideas erróneas y ordinariamente equívocas que hay acerca de la muerte y de la condición de los muertos. Los muertos no están muy lejos de nosotros, no han cambiado entera y repentinamente, y no se han trocado en ángeles o en demonios. Son justamente seres humanos, exactamente como lo fueron antes, ni mejores ni peores, y están aun más cerca de nosotros que en otro tiempo, siendo sensibles a nuestros sentimientos ya nuestros pensamientos. Hemos de procurar libertarnos de esa antigua y extraña ilusión por la que un muerto es algo sellado y que nada puede hacerse por él. Hay enteramente -por extraño que parezca - cientos de pueblos que realmente creen que pueden pensar
y pedir por sus amigos mientras están en la vida; pero que en el momento que desaparecen, no sólo juzgan inútil, sino hasta malvado rogar por ellos y pensar en ellos cariñosamente. Parecerá increíble que un ser humano pueda mantener tan insana doctrina; pero es seguramente un hecho que aun hay en esta vigésima centuria quien se aferra a tan extraña superstición.
La verdad es exactamente lo contrario, pues precisamente cuando el hombre ha muerto, es cuando puede más fácilmente sentir y aprovecharse de los buenos y cariñosos pensamientos y oraciones de sus amigos. No tiene entonces el pesado cuerpo físico para exteriorizar su simpatía; pero vive en el cuerpo astral, que es el verdadero vehículo de la emoción, y así siente todo contacto e instantáneamente le contesta. Así es cómo irresistiblemente apénase el muerto cuanto se daña el egoísta. El muerto siente toda emoción que pasa por el corazón de sus amados, y si ellos se entregan desconsideradamente a la pena, lo que produce una correspondiente bruma de depresión sobre él, dificultan su estado que debían sus amigos haber comprendido mejor .
Hay también muchos auxilios que pueden suministrarse al muerto en diferentes respectos.
Primeramente, muchos de ellos, por no decir la mayor parte de los mismos, necesitan una explicación respecto del nuevo mundo en que se encuentran. Su religión debió haberles instruído sobre el caso y sus nuevas condiciones de vida; pero en la inmensa mayoría de los casos no se dice nada sobre el particular. Las horrendas falsedades extendidas tan industriosamente
Respecto al fuego eterno y otros horrores teológicos, hacen tanto perjuicio sobre el otro lado del sepulcro como sobre éste, y eso que, por supuesto, en este plano hay muchas vidas condenadas. Pues una vez más, aunque a una persona razonable le parezca increíble, hay pueblos que creen en ese grotesco y cruel absurdo.
Creen que a menos de ser sobrehumanamente buenos (y realizan lo contrario) están amenazados de un fuego futuro, y con frecuencia son también tan imposibles las condiciones de fe para alcanzar la “salvación”, que ninguno está seguro de haberlas llenado cumplidamente. Por esto ocurre que muchos de ellos se encuentran bajo una gran inquietud y que otros lo están, bajo un positivo terror. Necesitan ser auxiliados y confortados, pues cuando encuentran el terrible fantasma que ellos y sus antecesores
han engendrado tras los tiempos - ideas de un demonio personal y de una horrible y cruel deidad -, quedan reducidos a un lamentable estado de miedo, que no sólo es excesivamente terrible, sino muy malo para su evolución; lo que naturalmente cuesta mucho tiempo y trabajo al protector para ponerle en una comprensión más razonable.
Hay hombres a quienes esta entrada en una nueva vida parece que les da por primera vez una ocasión para verse a sí mismos como realmente son, y algunos de ellos se llenan entonces de remordimientos. Aquí otra vez los servicios del protector necesitan explicarse, pues lo que ha pasado ha pasado y el único efectivo arrepentimiento es resolverse a hacer nada más que esta cosa: que todo lo que ha podido hacer no se ha perdido para el alma; pero que debe empezar, desde luego, a buscarse a sí mismo y esforzarse en vivir la verdadera vida para lo futuro. Algunos de ellos se apegan apasionadamente a la tierra donde todos sus pensamientos e intereses se han fijado, y sufren mucho cuando la han perdido y suspiran por ella. Otros están aterrados por los pensamientos criminales que han cometido o por los deberes que han dejado incumplidos, mientras otros, a su vez, están acongojados por la situación de aquellos que han abandonado. Todos estos casos necesitan una explicación y a veces es también necesario para el protector guiar sus pasos sobre el plano físico con objeto de realizar los deseos del muerto, y así dejarle libre y franco el paso para más altos asuntos.
Los pueblos son muy inclinados a considerar la parte oscura del espiritualismo; pero no debemos olvidar nunca que han proporcionado una gran suma de bien en esta suerte de trabajo, dando a los muertos una oportuna intervención en sus negocios tras una súbita e inesperada partida.
Un hombre puede en ocasiones ser libertado de sus malas compañías, después de muerto, justamente como pudiera serlo durante su vida.
Hay hombres de todas clases, y los hay que, en vez de sentir remordimiento por sus malas acciones, se esfuerzan hasta en proseguirlas o continuarlas. El hombre que ha frecuentado los antros del vicio durante su vida, no es raro que continúe haciéndolo tras la pérdida de su cuerpo físico. Ahora bien: ciertas enseñanzas de toda suerte pueden suministrarse al muerto, que podrán ser de la mayor utilidad para él, no respecto de la vida que entonces vive, sino para el conjunto de sus existencias futuras. Sé cuanto resisten muchos a aceptar la realidad de la cosa, a comprender cómo los muertos están
cerca de nosotros, y cuan completamente el protector puede hablar y comunicar con ellos como si fueran físicos aún. Muchas gentes lo creen imposible y nos piden pruebas de ello. Yo no sé cómo podemos obtener pruebas si no estudiamos este asunto por nosotros mismos, examinando pacientemente la evidencia, y últimamente desenvolviendo en nosotros el poder de ver y oír todo esto por nosotros mismos.
Aquellos de nosotros para quienes todo esto es un asunto de la experimentación diaria, apenas procuran argüir sobre ello. Si un ciego viene hacia nosotros y principalmente trata de persuadirnos de que no es tal cosa como la vemos y que si lo creemos se lo mostremos, sufriremos bajo su in fortuna da alucinación siendo deferentes, pues no trataremos ansiosamente de perder el tiempo contendiendo con él. Nosotros diríamos: Lo he visto y mi experimentación diaria me lo ha mostrado; a otros hombres, creyentes o no creyentes, no les ha afectado el hecho. Yo pienso que el escéptico a veces olvida que no hacemos prosélitos, y que si él no puede creer, nadie sino él es el que pierde.
Es un hecho, pues, el que pueden directamente suministrarse enseñanzas a un muerto.
El no podrá adquirir detalles de su próxima vida terrestre; pero podrá, sin embargo, almacenar conocimiento en su alma, así que cuando esté próximo a presentársele sobre el plano físico, podrá enseguida comprenderlo, e instintivamente reconocer lo que es verdad. Otro punto es el de la disponibilidad del cuerpo astral por el deseo elemental. No tengo tiempo ahora para entrar en detalles de este proceso; pero es uno que reborda el progreso del hombre en los estados post-mortem, y el protector puede mostrarle cómo vencerá esas dificultades.
Seguramente es un feliz pensamiento el que el tiempo de más necesario reposo para el cuerpo, no es necesariamente un período de inactividad para el verdadero hombre interior. En un tiempo creí que el espacio concedido al sueño se malgastaba lastimosamente; pero ahora comprendo que la Naturaleza no hace un despilfarro en sus labores, como el perder un tercio de la vida del hombre. Desde luego, se requieren ciertas condiciones para esta obra; pero las he indicado ya tan cuidadosamente al final
de mi obra antes citada, que no necesito sino mencionarlas aquí: 1º  Se debe ser justísimo (one-pointed) y el trabajo de ayudar a los demás ha de ser el primero y principal deber de uno. 2º  Debemos tener sobre nosotros mismos un perfecto dominio; dominio sobre el temperamento y sobre los nervios. Nunca debemos guiarnos por las emociones, impidiendo que el trabajo se debilite gradualmente; sobrepongámonos al enojo y al miedo. 3º  Hemos de ser perfectamente serenos, tranquilos y complacientes. Los hombres sujetos a la desesperación y al cansancio son inútiles, pues una gran parte de su trabajo ha de ser cuidar y calmar a los demás, ¿y cómo podrían hacerlo los que
constantemente se hallasen en un mar de excitaciones o cansados? 4º  El hombre debe tener ciencia, ha de tener ya instrucción, aquí bajo, en este plano, de todo lo que puede sobre el otro, pues él no ha de esperar que los hombres pierdan un tiempo precioso en enseñarle lo que debe haber adquirido por sí mismo. 5º  Debe ser perfectamente desinteresado. Ha de estar por encima de los sentimientos disparatados y malsanos. No ha de pensar en sí propio, sino en el trabajo que hace; así es que deberá alegrarse
cumpliendo los más humildes deberes. sin arrogancia ni envidia. 6º  Le debe rebosar de amor el corazón. No será un sentimentalista, pero sentirá el intenso deseo de servir, de ser como el canal por el que el amor de Dios, como la paz de Este mismo, pase inteligentemente al hombre.
Se puede pensar que éste es un modelo imposible; pero por lo contrario es accesible a
cualquier hombre. Hará falta tiempo para ello; pero seguramente será un tiempo bien empleado. No nos separemos descorazonados, antes más bien pongámonos al trabajo ahora mismo, y esforcémonos en ser aptos para esta gloriosa empresa, y mientras la ejecutamos no debemos estar ociosos, sino esforzarnos en conducir una parte del trabajo a lo largo de sus líneas. Cada uno conoce algún caso de pena o de aflicción, sea entre vivos o entre muertos, no importa; si conocéis uno, pues, fijadlo en vuestra mente
cuando caigáis en el sueño y resolveos a ir hacia esa persona, cuando estéis libre de vuestro cuerpo, y empeñaos en confortarla. No podréis tener conciencia del resultado, no podréis recordar nada a la mañana siguiente, pero a buen seguro que vuestra resolución no será estéril, y que recordéis o no lo que habéis hecho, será muy cierto que habéis hecho algo. Algún día, más tarde o más temprano, se evidenciará que habéis obtenido un éxito. Recordad que así como ayudemos seremos ayudados; recordad que desde lo más bajo a lo más elevado estamos todos incluidos en una larga cadena de mutuos servicios, y que aunque estamos sobre el peldaño más bajo de la escala, llega desde esta tierra de niebla, a las regiones donde sempiternamente brilla la luz de Dios.

NOTAS

(1) Un caso más reciente, entre nosotros, es el de San Narciso en Gerona en el siglo XIX  (N. del T.)
(2) Entre nosotros hay un libro famoso, y más citado que leído, que trata de este asunto. Es el compuesto en Madrid; en 1677 por Fray Antonio Fuente Lapeña, bajo el titulo de El ente dilucidado, donde se dice que el duende «es un animal invisible secundum quid o casi invisible, trasteador».- Sección 4ª, subsección 5ª  (N. del T.)
(3) Véase Sophia, revista teosófica, año II, 1894. (N. del T.)
(4) En nuestro saber popular existe el prudente y oculto consejo que dice: “Consúltalo con la almohada». (N. del T.)

EL MITO DE LA CAVERNA - PLATÓN

EL MITO DE LA CAVERNA

"-Después de eso -proseguí - compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.
-Me lo imagino.
- Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
-Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
-Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?
-Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.
-¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro del tabique?
-Indudablemente.
-Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?
-Necesariamente.
-Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿ no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
- ¡Por Zeus que sí !
- ¿ Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?
- Es de toda necesidad.
- Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y , al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿ Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿ no piensas que se sentiría en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más
verdaderas que las que se le muestran ahora?
- Mucho más verdaderas.
- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿ no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?
- Así es.
- Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿ no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos ?
- Por cierto, al menos inmediatamente.
- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
-Sin duda.
- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito.
-Necesariamente.
-Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto.
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?
- Por cierto.
-Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquellos? ¿ O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y que preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre" o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida ?
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
- Sin duda.
- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿ no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿ no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?
- Seguramente.
- Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormente ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que ha en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mi me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la  causa de todas las cosas rectas y bellas,que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.
- Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.
- Mira también si lo compartes en esto: no hay que asombrarse de que quienes han llegado allí no estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo arriba; lo cual es natural, si la alegoría descrita es correcta también en esto.
- Muy natural.
- Tampoco sería extraño que , de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma suficiente a las tinieblas circundantes, se viera forzado, en los tribunales o en cualquier otra parte, a disputar sobre sombras de justicia o sobre las figurillas de las cuales hay sombras, y a reñir sobre esto del modo en que esto es discutido por quienes jamás han visto la justicia en sí.
- De ninguna manera sería extraño.
- Pero si alguien tiene sentido común , recuerda que los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse irracionalmente cuando la ve perturbada e incapacitada de mirar algo, habrá de examinar cuál de los dos casos es: si es que al salir de una vida luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una mayor ignorancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el resplandor. Así, en un caso se felicitará de lo que le sucede y de la vida a que accede; mientras en el otro se apiadará, y si se quiere reír de ella, su risa será menos absurda que si se descarga sobre el alma que desciende de la luz.

LOS SECRETOS DEL CORAZON (1931) - GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

La majestuosa mansión se encontraba bajo las alas de la noche silente, como la Vida bajo la envoltura de la Muerte. En su interior, una doncella sentada ante un escritorio de marfil, reclinada su bella cabeza sobre suave mano, como una lila marchita sobre sus pétalos. Miraba, alrededor de sí y se sentía una miserable prisionera que lucha por atravesar los muros del calabozo para contemplar a la Vida, marchando en el cortejo de la Libertad. 
Las horas pasaban como los espectros de la noche, como una procesión entonando el fúnebre canto de su pena, y la doncella se sentía segura derramando sus lágrimas en angustiosa soledad. Cuando no pudo resistir más su sufrimiento y se sintió en plena posesión de los secretos de su corazón, tomó la pluma y, mezclando lágrimas y tinta sobre el pergamino, escribió:

Amada hermana:

Cuando en el corazón se apiñan los secretos, y arden los ojos por las quemantes lágrimas, y las costillas parecen estallar con el creciente confinamiento del corazón, no se puede hallar otra expresión de ese laberinto salvo una oleada de liberación como ésta.
Las personas melancólicas gozan lamentándose, y los amantes hallan alivio y condolencia en sus sueños, y los oprimidos se deleitan cuando causan conmiseración. Te escribo porque me siento como un poeta que imagina la belleza de las cosas y compone en versos sus impresiones, presa de un poder divino... Soy como el niño del hambriento que llora por su alimento, haciendo caso omiso de la condición de su pobre y piadosa madre y de su fracaso en la vida.
Escucha mi dolorosa historia, querida hermana, y llora conmigo, pues sollozar es como una plegaria y las lágrimas de piedad son caridad porque surgen de un alma buena y sensible y no se derraman en vano. Fue la voluntad de mi padre que me casara con un hombre noble y rico. Mi padre era como la mayoría de los hombres ricos que, por temor a la pobreza, sólo gozan de la vida cuando pueden acrecentar su riqueza y agregar más oro a sus cofres, para ganar con su esplendor el favor de la nobleza, anticipándose así a los ataques de los días aciagos... Y ahora descubro que soy, con todo mi amor y mis sueños, una víctima sobre un altar de oro que odio, y dueña de un honor heredado que desprecio.
Respeto a mi esposo porque es amable y generoso con todos; trata de hacerme feliz y gasta su oro para complacer mi corazón, pero he descubierto que todas estas cosas no valen lo que un momento de verdadero y divino amor. No te burles de mí, hermana, pues ahora soy una persona muy instruida acerca de los anhelos del corazón de una mujer -ese palpitante corazón como un pájaro en el vasto cielo del amor-, como una copa vuelta a colmar con el vino de los tiempos, añejado para las almas sedientas... como un libro en cuyas páginas se leen capítulos de felicidad y desventura, regocijo y dolor, alegría y pesar. Nadie puede leer este libro, excepto el verdadero compañero que es la otra mitad de la mujer, y que ha sido creado para ella desde el principio del mundo.
Sí, me he convertido en la más sabia de las mujeres en lo que atañe al objeto del alma y el sentido del corazón, porque he descubierto que mis magníficos corceles y carruajes y relucientes cofres de oro y sublime nobleza no valen lo que una mirada de ese pobre joven que espera pacientemente, sufriendo los tormentos de la aflicción y la desventura... Ese joven oprimido por la cruel voluntad de mi padre, prisionero en la estrecha y melancólica celda de la Vida...
Por favor, querida mía, no urdas nada para consolarme, pues la calamidad por medio de la cual he descubierto el poder de mi amor es mi gran consuelo. Ahora miro hacia adelante a través de mis lágrimas, y espero la llegada de la Muerte, que me llevará donde pueda encontrarme con la otra mitad de mi alma, para abrazarlo como lo hacía antes de llegar a este extraño mundo.
No pienses mal de mí, porque cumplo con mi deber de esposa fiel y acato con paciencia y tranquilidad las leyes y reglas del hombre. Lo honro con mi mente, lo respeto con mi corazón y lo venero con mi alma. Pero Dios hizo que diera parte de mí a mi amado antes de conocer a mi esposo.
El cielo ha querido que pasara mi vida junto a un hombre que no me estaba destinado, y mis días se consumen en silencio de acuerdo con la voluntad divina, pero si no se abren las puertas de la Eternidad, continuaré con la bella mitad de mi alma y volveré la vista hacia el Pasado, y ese Pasado es este Presente... Miraré a la vida como la Primavera mira al Invierno, contemplaré a los obstáculos de la Vida como aquél que ha llegado a la cima de la montaña después de trepar por la senda más escarpada.

En ese momento, la doncella dejó de escribir y, ocultando el rostro en el hueco de sus manos, sollozó amargamente. Su corazón se negaba a confiar a la pluma sus más sagrados secretos, pero aceptaba derramar estériles lágrimas que se dispersaban rápidamente, confundiéndose con el éter, refugio de las almas de los amantes y del espíritu de las flores. Después de un momento retomó la pluma y añadió:
¿Recuerdas a ese joven? ¿Recuerdas los destellos que emanaban de sus ojos, y los signos de pesar en su rostro? ¿Recuerdas su risa, que hablaba de las lágrimas de una madre separada de su único hijo? ¿Puedes reconstruir su voz serena, como el eco de un distante valle? ¿Lo recuerdas cuando meditaba, escrutando nostálgica y plácidamente los objetos y hablando de ellos con extrañas palabras, para luego agachar la cabeza suspirando como si temiera revelar los grandiosos secretos de su corazón? ¿Recuerdas sus sueños y creencias? ¿Recuerdas todo esto de un joven a quien la humanidad contaba entre sus hijos, y a quien mi padre miraba con ojos de superioridad porque estaba por encima de la voracidad terrenal y era más noble que la grandeza heredada?
Debes saber, querida hermana, que soy una mártir de este mundo insignificante, y una víctima de la ignorancia. ¿Te condolerás de una hermana que se sienta en el silencio de la horrible noche para verter todo lo que su yo interior encierra, y revelarte los secretos de su corazón? Estoy segura que te condolerás de mí, porque sé que el Amor ha visitado tu corazón.

Llegó el alba, y la doncella se rindió al Sueño, esperando hallar sueños más dulces y placenteros que los que había hallado en la vigilia...

COMPATRIOTAS

¿Qué buscáis, Compatriotas?
¿Deseáis acaso que construya para
Vuestros gloriosos palacios, decorados
Con palabras vacías de sentido, o
Para vuestros templos techados con sueños?
¿O me ordenáis que destruya aquello
Que los mentirosos y tiranos han construido?
¿Debo desarraigar con mis manos
Aquello que los hipócritas y los malvados
Han implantado? ¡Decid cuál es vuestro insensato
Deseo!

¿Qué querríais que hiciera,
Compatriotas? Debo ronronear como
Un gatito para satisfaceros, o debo rugir
Como un león para complacerme? He
Cantado para vosotros, pero vosotros no habéis
Danzado; ante vosotros he llorado, pero
No habéis sollozado. ¿Debo acaso cantar
Y llorar al mismo tiempo?

Vuestras almas sufren los tormentos
Del hambre, y sin embargo el fruto del
Conocimiento es más feraz que
Las piedras de los valles.
Vuestros corazones se marchitan de
Sed, y sin embargo las fuentes de la
Vida manan junto a vuestros
Hogares. ¿Por qué no bebéis?

Tiene el mar sus flujos y reflujos,
La Luna, crecientes y menguantes
Fases, y las Épocas sus
Inviernos y veranos, y todas las
Cosas varían como la sombra
De un Dios futuro oscilando entre
La tierra y el sol, pero la Verdad no
Puede cambiarse, ni tampoco disiparse;
¿Por qué, entonces, intentáis
Desfigurar su semblante?

Os he llamado en el silencio
De la noche para mostraros la
Gloria de la luna y la dignidad
De las estrellas, pero habéis salido,
Sobresaltados, de vuestro letargo y cogiendo
Con temor vuestras espadas, habéis gritado:
"¿Dónde está el enemigo? ¡A él debemos matar
Primero!" Al alba, cuando
El enemigo llegó, os volví a llamar,
Pero no salisteis esta vez
De vuestro letargo, porque estabais
Encerrados en el miedo, luchando contra
Las procesiones de espectros de
Vuestros sueños.

Y os dije: "Trepemos a
La cima de la montaña y veamos la
Belleza del mundo." Y me
Respondisteis diciendo: "En las profundidades
De ese valle vivieron nuestros padres,
Y a su sombra vivieron, y en
Sus grutas fueron sepultados. ¿Cómo podríamos
Abandonar este lugar por otro
Que ellos no honraron?

Y os dije: "Vayamos a la
Llanura cuya magnificencia llega hasta
El mar." Y tímidamente me hablasteis,
Diciendo: "El rugido del abismo
Atemorizaría nuestros espíritus, y el
Terror a las profundidades consumiría
Nuestros cuerpos."

Os he amado, Compatriotas, pero
Mi amor por vosotros es doloroso para mí
E inútil para vosotros; y hoy os
Odio, y el odio es un diluvio
Que arrasa con las hojas secas
Y las temblequeantes casas.

He tenido lástima de vuestra debilidad,
Compatriotas, pero mi lástima sólo ha servido
Para aumentar vuestras flaquezas, exaltando
Y nutriendo la pereza, que
Es inútil a la Vida. Y veo hoy
Vuestra enfermedad, a la que mi alma aborrece
Y teme.

He llorado por vuestra humillación
Y sumisión; y aunque manaron mis lágrimas
Cristalinas, no pudieron encrespar
Las turbias aguas de vuestra debilidad;
Quitaron, sin embargo, el velo de mis ojos.
Mis lágrimas nunca han llegado a
Vuestros petrificados corazones, pero
Han disipado la oscuridad dentro de mí.
Me burlo hoy de vuestro sufrimiento
Pues la risa es como el airado trueno que
Precede a la tempestad, y que nunca ruge
Cuando la tempestad ha pasado.

¿Qué deseáis, Compatriotas?
¿Queréis que os muestre
El espectro de vuestro semblante sobre
El rostro de las quietas aguas? ¡Venid,
Ahora y ved cuán horrible sois!
¡Mirad y meditad! El miedo
Ha tornado vuestros cabellos grises como las
Cenizas, y la disipación ha marcado
Vuestros ojos convirtiéndolos en
Negros agujeros, y la cobardía
Ha tocado vuestras mejillas que parecen
Ahora tenebrosos despeñaderos del
Valle, y la Muerte ha besado
Vuestros labios, dejándolos amarillos
¿Qué buscáis, Compatriotas?
¿Qué pedís de la Vida a quien ya no os
Cuenta más entre sus hijos?

Vuestras almas se hielan en las
Garras de los sacerdotes y
Hechiceros, y tiemblan vuestros
Cuerpos ante las zarpas de los
Déspotas y los derramadores de
Sangre, y vuestro país se estremece
Bajo las botas en marcha del
Enemigo conquistador; ¿qué podéis, entonces,
Esperar, aunque estéis orgullosamente erguidos
Ante el rostro del sol? Vuestras espadas se
Herrumbran en sus vainas, y están rotas
Vuestras lanzas, y resquebrajados
Vuestros escudos; ¿por qué, entonces,
Permanecéis en el campo de batalla?

La hipocresía es vuestra religión, y la
Falsedad vuestra vida, y la
Nada vuestro fin; ¿por qué vivís,
Entonces? ¿No es acaso la
Muerte el único solaz
Para los miserables?

La vida es la determinación que
Acompaña a la juventud, y la diligencia
Que sucede a la madurez, y la
Sabiduría que persigue a la senilidad; pero
Vosotros, Compatriotas, habéis nacido viejos
Y débiles. Y se marchitó vuestra piel
Y se consumió vuestro cráneo, y luego os
Convertisteis en niños, que juegan
En el fango y se arrojan piedras
Unos a otros.

El conocimiento es una luz que enriquece
El calor de la vida, y todos los que la buscan
Pueden ser parte de ella; pero vosotros,
Compatriotas, perseguís la oscuridad
Y evitáis la luz, esperando que el agua
Mane de las rocas, y la
Miseria de vuestra nación es
Vuestro crimen... No perdono
Vuestros pecados, porque vosotros sabéis
Lo que hacéis.

La humanidad es un río brillante
Que canta en su cauce, llevando
Los secretos de la montaña hasta
El corazón del mar; pero vosotros,
Compatriotas, sois turbios
Pantanos infectados de insectos
Y serpientes.

El Espíritu es una sagrada antorcha
Azul, que quema y devora las
Plantas mustias, que crece en
La tormenta e ilumina
Los rostros de las diosa'!; pero
Vosotros, Compatriotas... vuestras almas
Son como cenizas que el viento
Dispersa en la nieve, y que
Las tempestades esparcen para siempre
Sobre los valles.

No temáis al fantasma de la Muerte,
Compatriotas, pues su grandeza
Y piedad se negarán a acercarse
A vuestra pequeñez; no os atemoricéis
Ante la Daga, porque rehusará
Alojarse en vuestros huecos corazones.
Os odio, Compatriotas, porque
Vosotros odiáis la gloria y la grandeza.
Os desprecio porque vosotros os despreciáis.
Soy vuestro enemigo, porque os negáis
A daros cuenta de que sois
Los enemigos de las diosas.

LA ENCANTADORA HURÍ

¿Hacia dónde me llevan, Oh Encantadora
Hurí, y cuánto más debo seguirte
Por este ríspido camino sembrado de
Espinas? ¿Por cuánto tiempo nuestras almas
Ascenderán y descenderán penosamente por este sinuoso
Sendero rocoso?

Como un niño que sigue a su madre, así
Te sigo, asido a tus ropas
Olvidando mis sueños y
Admirando tu belleza; mis ojos,
Presa de tu hechizo, están ciegos a la
Procesión de espectros que se cierne sobré
Mí, y me atrae hacia ti una fuerza
Interior que no puedo negar.

Detente y momento y déjame ver
Tu semblante; y mírame un
Momento: quizá descubra los
Secretos de tu corazón en tus extraños
Ojos. Detente y descansa, pues estoy fatigado,
Y tiembla mi alma de miedo al transitar
Esta horrible senda. Detente, pues
Hemos arribado a esa terrible encrucijada
Donde la Muerte abraza a la Vida.
¡Oh, Hurí, escúchame! Yo era libre
Como los pájaros, explorando valles y
Bosques, y volando por el vasto
Cielo. Al atardecer reposaba sobre las
Ramas de los árboles, meditando sobre los
Templos y palacios de la Ciudad de las
Coloridas Nubes, que el Sol edifica
En la mañana y destruye antes del
Anochecer.

Yo era como un pensamiento, caminando solo
Y en paz de Este a Oeste del
Universo, regocijándome con la
Belleza y alegría de la Vida, y cuestionando
El magnífico misterio de la
Existencia.

Yo era como un sueño que se deslizaba bajo
Las amistosas alas de la noche,
Penetrando por las ventanas cerradas
En los aposentos de las doncellas, retozando
Y despertando sus esperanzas... Luego me
Sentaba junto a los jóvenes y alborotaba sus
Deseos... Luego exploraba los cuartos
De los mayores y me adentraba en sus pensamientos
De plácido contentamiento.

Entonces tú cautivaste mi fantasía, y desde
Ese hipnótico momento me sentí como un
Prisionero arrastrando sus cadenas e
Impelido hacia un hogar desconocido...
Tu dulce vino, que ha robado mi voluntad,
Me ha intoxicado. y ahora descubro
Que mis labios besan la mano
Que con rigor me golpea. ¿Acaso no puedes
Ver con los ojos de tu alma la
Opresión de mi corazón? Detente un
Momento: estoy recobrando mis fuerzas
Y liberando mis cansados pies de las
Pesadas cadenas. He destruido la
Copa de la que bebí tu
Gustosa ponzoña... Pero ahora estoy
En tierra extraña, y perplejo:

¿Qué camino he de seguir?
He recuperado mi libertad, ¿Me aceptarás
Ahora como dispuesto acompañante,
Que mira el Sol con vidriosos
Ojos, y empuña el fuego
Con firmes dedos?

He desplegado mis alas y estoy
Pronto a descender, ¿Acompañarás a
Un joven que pasa sus días vagando
En las montañas como el águila solitaria y
Malgasta sus noches deambulando en los
Desiertos como el león inquieto?

¿Te contentarás con el
Afecto de uno que considera al amor
Sólo como un anfitrión y se niega
A aceptarlo como amo?

¿Aceptarás a un corazón que ama
Pero jamás se rinde? ¿Y que arde, pero
Jamás se funde? ¿Estarás cómoda
Con un alma que se estremece ante la
Tempestad, pero jamás se somete a ella?
¿Aceptarás como compañero a uno
Que ni esclaviza ni es un
Esclavo? ¿Serás mi dueña, pero sin
Poseerme, tomando mi cuerpo pero no mi corazón?
Entonces aquí está mi mano... estréchala
Con tu bella mano; y aquí está mi
Cuerpo... abrázalo con tus amantes
Brazos; y aquí están mis labios... prodígales
un beso profundo y embriagador.

MUERTOS ESTABAN LOS MÍOS
(Escrito en el exilio, durante el hambre en Siria)

"PRIMERA GUERRA MUNDIAL"

Los míos se han ido, pero yo aún existo
Llorándolos en soledad...
Muertos están mis amigos y por su
Muerte mi vida es nada más que un gran
Desastre.

Las colinas de mi país están inmersas
En lágrimas y sangre, pues se han ido los míos
y mis amados, y yo estoy aquí
Viviendo como lo hacía cuando los míos y mis
Amados disfrutaban de la vida y sus
Alegrías, y cuando las colinas de
Mi país estaban benditas y rodeadas
Por la luz del sol.
Los míos murieron de hambre, y aquel que
No pereció de inanición fue despedazado
Por la espada; y aquí estoy yo
En esta tierra distante, vagando
Entre gente feliz que duerme
Sobre lechos mullidos y que sonríe al día,
Y el día les sonríe.

Los míos tuvieron una muerte dolorosa
Y vergonzosa, y aquí estoy yo viviendo en la paz
Y la abundancia... Es esta una gran tragedia
Siempre representada en el escenario de mi
Corazón; a muy pocos les importa presenciar el
Drama, pues los míos son como pájaros
Con las alas rotas que la bandada deja atrás.

Si estuviera hambriento y viviera entre mi
Famélico pueblo, y si fuera perseguido junto con
Mis oprimidos compatriotas, la carga
De estos días negros pesaría menos
Sobre mis desasosegados sueños, y la
Oscuridad de la noche sería menos
Sombría ante mis hundidos ojos y mi
Apesadumbrado corazón y mi alma herida.

Porque aquel que comparte con los suyos
Los pesares y agonías sentirá el
Supremo alivio que sólo el sufrimiento
Y el sacrificio engendran. Y estará
En paz consigo mismo cuando muera,
Inocente junto a sus compañeros inocentes.

Pero no vivo con mi hambriento
Y perseguido pueblo, que camina
En el cortejo de la muerte hacia el
Martirio... Estoy aquí, al otro lado
Del ancho mar, viviendo a la sombra de la
Tranquilidad, y a la luz de la
Paz... Estoy distante de la triste
Arena y de los acongojados, y de nada
Puedo enorgullecerme, ni siquiera de mis propias
Lágrimas.

¿Qué puede hacer un hijo exilado por
Su hambriento pueblo, y de qué vale
Para su pueblo el lamento de un
Poeta ausente?

Si yo fuera una mazorca de maíz plantada en la tierra
De mi país, los niños hambrientos me
Seguirían para alejar con mis granos
La mano de la Muerte de su alma. Si fuera
Un fruto maduro de los jardines de mi país
Las hambrientas mujeres me arrancarían
Para alimentar la vida. Si fuera
Un pájaro volando en el cielo de mi país,
Mis hambrientos hermanos me darían caza y
Con la carne de mi cuerpo alejarían de
Sus cuerpos la sombra de la tumba.

Pero ¡Ay de mí! No soy una mazorca de maíz
Plantada en las llanuras de Siria, ni un
Maduro fruto de los valles del Líbano:
Esta es mi desventura, la muda calamidad
Que me humilla ante mi alma
Y ante los fantasmas de la noche...

Esta es la dolorosa tragedia que atiesa mi lengua
Y maniata mis brazos y me apresa, despojado
de fuerza, acción y voluntad.
Esta es la maldición marcada a fuego
Sobre mi frente
Ante Dios y ante los hombres.

Y a menudo me han dicho:
"La desventura de tu país no es
nada comparada con la calamidad que aqueja
Al Mundo, y las lágrimas y la sangre vertidas
Por tu pueblo no son nada comparadas
con los ríos de sangre y lágrimas
Derramados cada día y cada noche en los
Valles y llanuras de la tierra.

Sí, pero la muerte de los míos es
Una silenciosa acusación; es un crimen
Concebido por la mente de invisibles
Serpientes... Una tragedia sin
Música ni decorados... Y si los míos
Hubieran atacado a los déspotas
Y opresores para morir como rebeldes,

Yo hubiera dicho: "Morir por
La libertad es más noble que vivir a la
Sombra de la débil sumisión, porque
Aquel que abrace a la muerte con la espada
De la Verdad en la mano, se eternizará
En la Eternidad de la Verdad, pues la Vida
Es más débil que la Muerte, y la Muerte
Más débil que la Verdad.

Si mi nación hubiera participado en la guerra
De todas las naciones y hubiera muerto en el
Campo de batalla, yo diría que fue
La rugiente tempestad quien quebró
Con su furia las tiernas ramas; y una
Muerte violenta bajo un cielo de
Tormenta es más noble que morir
Lentamente en los brazos de la senilidad.
Pero no hubo salvación de esas
Fauces... Los míos cayeron
Y lloraron con los sollozantes ángeles.

Si un terremoto hubiera desgarrado
A mi país en dos y la tierra hubiera
Engullido a los míos en su seno,
Yo hubiera dicho: "Una gran ley misteriosa
Ha actuado por voluntad de la fuerza divina,
Y sería una locura si nosotros
Frágiles mortales, intentáramos escudriñar
Sus profundos secretos..."

Pero los míos no murieron en rebeldía;
No los mataron en el campo
De batalla; ni tampoco un terremoto
Destrozó mi país para avasallarlos.
La muerte fue su único salvador, y
El hambre su único menoscabo.

Los míos murieron en la cruz...
Murieron con las manos
Extendidas hacia Oriente y Occidente,
Mientras los despojos de sus ojos
Miraban la oscuridad del
Firmamento... Murieron en silencio.
Pues la humanidad había cerrado sus oídos
A sus gritos. Murieron por no
Favorecer a su enemigo.
Murieron por amar a sus
Vecinos. Murieron por depositar
Su confianza en la humanidad.
Murieron por no oprimir
Al opresor. Murieron
Porque eran las flores
Aplastadas, y no los aplastantes pies.
Murieron porque eran pacíficos.

Perecieron de hambre en una tierra
Rica en leche y miel.
Murieron porque se levantaron
Los monstruos del infierno y destruyeron
Todo lo que crecía en sus campos,
Y devoraron sus últimas reservas...
Murieron porque las víboras y
Los hijos de las víboras escupieron veneno
En el espacio donde los Cedros Sagrados y
Las rosas y el jazmín exhalaban
Su fragancia...
Los míos y los tuyos, Hermano
Sirio, están muertos... ¿Qué se puede
Hacer por los que mueren? Nuestros
Lamentos no paliarán su
Hambre y nuestras lágrimas no saciarán
Su sed; ¿Qué podemos hacer para
Salvarlos de la férreas garras del
Hambre? Hermano mío, la bondad
Que te impele a ofrecer una parte de tu vida
A cualquier ser humano que esté en
Camino de perder su vida, es la única virtud Que te hace digno de la luz del
Día y la paz de la
Noche... Recuerda, hermano mío,
Que la moneda que dejas caer en
La marchita mano que se tiende hacia
Ti es la única cadena de oro que
Enlaza tu rico corazón
Con el amante corazón de Dios.

LA VIOLETA AMBICIOSA

Había en un bosque solitario una bonita violeta que vivía, satisfecha, entre sus compañeras.
Cierta mañana, alzó su cabeza y vio una rosa que se alzaba, por encima de ella, radiante y orgullosa.
Gimió la violeta diciendo:
-Poca suerte he tenido entre las flores. ¡Humilde es mi destino! Vivo pegada a la tierra y no puedo levantar mi cara hacia el sol como lo hacen las rosas!
Y la Naturaleza la oyó y le dijo a la violeta:
- ¿Qué te ocurre, hijita mía? ¿Las vanas ambiciones se han apoderado de ti?
-Te suplico, oh, Madre Poderosa -dijo la violeta-, que me transformes en rosa, tan siquiera por un día.
-No sabes lo que estás pidiendo -respondió la Naturaleza-. Ignoras los infortunios que se esconden tras la apariencia de las grandezas.
-Transfórmame en una rosa esbelta -insistió la violeta-. Y todo lo que me acontezca será consecuencia de mis propios deseos y aspiraciones.
La Naturaleza extendió su mágica mano y la violeta se transformó en una rosa suntuosa.
Y en la tarde de aquel día, el cielo se oscureció y los vientos y la lluvia devastaron el bosque. Y los árboles y las rosas cayeron abatidas. Solamente las humilde violetas escaparon a la masacre.

Y una de ellas, mirando alrededor de sí, dijo a sus compañeras:
-Mirad, hermanas, lo que la tempestad hizo de las grandes plantas que se levantaban con orgullo e impertinencia. -Nosotros nos apegamos a la tierras-dijo otra-, pero escapamos a la furia de los huracanes.
Y dijo una tercera -Somos pequeñas y humildes, pero las tempestades no pueden con nosotras.
Entonces, la reina de las violetas vio a la rosa que había sido violeta, extendida sobre el suelo, como muerta. Y dijo: -Ved y meditad, hijas mías, sobre la suerte de la violeta ilusionada por sus ambiciones. ¡Que su infortunio les sirva de ejemplo!
Y oyendo esas palabras, la rosa agonizante se estremeció y, apelando a todas sus fuerzas, dijo con voz entrecortada: -Oídme, ignorantes, satisfechas y cobardes. Ayer era como vosotras, humilde y segura. Mas la satisfacción que me protegía también me limitaba. Podía continuar viviendo como vosotras, pegada al suelo, hasta que el invierno me envolviera con su nieve y me llevase hasta el silencio eterno, sin conocer los secretos y las glorias de la vida, más allá de lo que innumerables generaciones de violetas conocieron, desde que hubo violetas en el mundo.
"Pero escuché, en el silencio de la noche; y oí al mundo superior decir a este mundo: "El objetivo de la vida es alcanzar lo que hay más allá de la vida." Pedí, entonces a la Naturaleza -que no es sino la exteriorización de nuestros sueños invisibles- me transformara en una rosa. Y la Naturaleza accedió a mi deseo.
"Viví una hora como rosa. Viví una hora como reina. Y vi el mundo con los ojos de una rosa. Y oí la melodía del éter con los oídos de una rosa. Y acaricié la luz con los pétalos de una rosa. ¿Puede, alguna de vosotras vanagloriarse de tal honra?
"Muero ahora, llevando en el alma lo que el alma de violeta alguna jamás experimentó. Muero sabiendo lo que hay más allá de los horizontes estrechos en que nací. Y este es el objetivo de la vida.

LAS LETRAS DE FUEGO

Grabad sobre la placa de mi sepulcro:
"Aquí yacen los restos de quien escribió
su nombre en agua". KEATS.

¿Este es el fin de las noches?
¿Así nos extinguimos bajo los pies del destino?
¿Así nos doblegan los siglos y no nos guardan más que un nombre que escriben sobre sus páginas, en agua en vez de tinta?
¿Se apagarán aquellas luces y desaparecerán aquellos amores?
¿Se esfumarán aquellas esperanzas?
¿Destruirá la muerte todo lo que edificamos, o dispersará el viento todo lo que decimos?
¿Y la sombra cubrirá lo que hacemos?
¿Es esta la vida?
¿Es un pasado que se fue y desaparecieron sus restos? Es un presente que corre siguiendo el pasado, o es un futuro misterioso hasta tanto se haga presente o pasado?
¿Desaparecerán todos los placeres de nuestros corazones y todas las tristezas de nuestras almas sin saber su resultado? ¿Así debe ser el hombre, cual espuma de mar que al roce de la ventisca se desvanece y se apaga como si no hubiera existido?
¡No por mi vida! La verdad de la Vida es una vida cuyo principio no está en el pecho y cuyo fin no es el sepulcro. Estos no son más que unos instantes de una vida eterna.
Nuestra vida mundana, como todo lo que contiene, es un sueño a la par del despertar que llamamos la muerte horrorosa. Un sueño, pero todo lo que en él hemos visto y hecho quedará eterno en la perpetuidad de Dios.
La brisa lleva cada sonrisa y cada suspiro de nuestros corazones y guarda el eco de cada beso nacido del amor. Los ángeles cuentan cada lágrima que la aflicción vierte de nuestros ojos; y los espíritus que vagan en el infinito devuelven cada canción que la alegría ha improvisado en nuestras sensibilidades. Allí en el mundo venidero veremos la tristeza y sentiremos las vibraciones de nuestros corazones; allí recordaremos la esencia de nuestra idolatría, que despreciamos ahora, incitados por la desesperación.
El extravío que aquí llamamos debilidad aparecerá mañana como un necesario eslabón para completar la cadena de la vida del hombre.
Los trabajos penosos que no nos compensan, vivirán entre nosotros y publicarán nuestra gloria.
Las desgracias y los infortunios que soportamos serán aureolas de nuestro orgullo.
Eso... y si hubiera sabido Keats, aquel ruiseñor melodioso, que sus canciones aún siguen infundiendo el espíritu
del amor a la belleza en el corazón de los hombres, habría exclamado:

Grabad sobre la placa de mi sepulcro:
"Aquí yacen los restos de quien escribió
su nombre sobre la faz del cielo con letras
de fuego."